303 pasos de los míos (día II)

Día 2. Primera levantá. Laudes.

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Desde la ventana se ven venir las nubes por Huelva, como siempre.

A las 7.30 suena el despertador y me pregunto qué me lleva a hacer las cosas que hago. Pero me levanto sin hacerme caso, que ya me lo sé, y miro por la ventana. Ains. Me recojo el pelo y a juí, ¿quién se va a dar cuenta? Como decía Coco Chanel, vístete cada día como si tuvieras una cita con tu peor enemigo. El hermano hospedero, que discute con el hermano mayordeedad sobre si hay que hablar o no de las cosas del mundo. Cuatro generaciones de hombres-frailes conviven aquí. Pues él se dio cuenta: “No te reconocía con el pelo así, ayer lo tenías todo bonito, ¿por qué lo escondes?” Vale, anotado. Hermano, ¿el trabajo en qué consiste? Pues el tuyo consiste en descansar, e intentar ser buena (risas) y nosotros lo mismo de todos los días. Yo es que he venido a estar callada. Bien, pues calla entonces, yo no te pienso hablar. Se ríe y se aleja caminando como si bailara.

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Poniendo la mesa.

Entran en la capilla, como siempre, en silencio, chorreando paz, pero sin hábito. Gafas de motero uno, camiseta de propaganda otro, polo rosa un tercero, floripondios en la camisa, polo negro de marca #amímencantanesospolos el prior, qué guapos están casi todos los hombres con un polo negro, el prior también, otro con camisa azul con manga remangaíta como de la calle Sierpes lado afortunado, #túyasabes. Francamente atractivos varios de ellos. Las fotos de la web no están actualizadas, no los busquéis. Mientras mi cabeza intenta averiguar qué pasa aquí, suena el toctoc y a rezar. Busco en el libro y esta vez sólo me pierdo algo menos de la mitad de las oraciones y cánticos diversos.

Después de laudes, gracias siempre, nos vamos al desayuno y allí me entero de que los jueves tienen el día libre. Más informal que las comidas, autoservicio, si sobró pan, pues pan de ayer, sardinas en aceite, fruta, mantequilla y café. Hay también cereales, leche, infusiones, ¿y el cola cao? Y puedo tardar lo que quiera en comer, bendito sea Dios. Me limito a la fruta y el pan de siempre, por si acaso.

Cementerio en el jardín, rodeado por las ventanas y puertas del claustro.

Cementerio en el jardín, rodeado por las ventanas y puertas del claustro.

Al terminar el desayuno decido explorar el entorno, hoy no hay visitas culturales, que están holgando, y que no es moco de pavo visitar todos los caminitos que nos rodean, no hay manera de combinar ambas actividades sin perder la paz que he venido a buscar. Mucho que ver, mucho que andar, muy fácil de hacer todo desde el monasterio. Mucho turista.

Empiezo por el patio después de medir los pasos del claustro, y descubro el cementerio, vaya lujo, se ahorran la pena negra del tanatorio. En su casa, como debe ser. Claro que no todos tenemos un jardín así, ni queremos alimentar las plantas de cuerpo entero, sino siendo espurreados desde algún cenicero. Me entretengo haciendo cuentas con los números de las lápidas y deduzco que no hay centrales ni cementerios de residuos nucleares cerca. También me acuerdo de mi oculista: ¿este año te vas a comprar las gafas o tampoco? Prometo que me las compraré, en cuanto pueda y tache las prioridades de la lista de prioridades. A lo que iba. Mueren muy mayores. No me extraña. No les da el sol de pleno, no tienen familia gritona, no tienen hipoteca ni la quieren, ni se casan ni se divorcian, no se tienen que desplazar a los cementerios ni siquiera para que los entierren, lo mismo les da el hábito que el polo, llevan cada día los mismos zapatos y no se cabrean por comer fatal. El sonido del agua de la fuente central les acompaña y dan ganas de quedarse allí un buen rato. He dicho rato, que el de Arriba escucha y concede casi todo lo que pides. Ojito con eso. Yo pedí hace un tiempo que un tipo listo me quisiera y lo conseguí. Con los cementerios no quiero nada, salvo pasearlos y eso.

Por la puerta de la derecha salen señoras fantasmas ;)

Por la puerta de la derecha salen señoras fantasmas ;)

Subí a por ropa adecuada para caminantes, esto no lo hice bien, no esperaba este entorno y no vine del todo preparada, y al salir por la “puerta bajita” al claustro me di de bruces con los ojos muy abiertos de un niño de unos 9 años que jugaba dando saltos de piedra en piedra, y se quedó de ídem. “¡Ay!” ¿Cómo has entrado ahí? ¿Qué hay ahí dentro?” (pausa y escudriñe lento) … …  “Tú no eres monja. ¿Puedo entrar?”. “Estoy viviendo aquí tres días, no soy monja y ven, que te lo enseño”. La madre viene a reñirle por molestar, le digo que no me molesta, le dice que no me interrogue… y me interroga ella. En fin… Hago como que soy broker neoyorkina estresada y no maestra, que aquí no he venido a discutir, y se lo cuento todo… mirando al niño. Qué señoras más pesadas las madres. Yo también, claro.

Hotel con presunto encanto. Están de obras, habrá que ver.

Hotel con presunto encanto. Están de obras, habrá que ver.

Al salir del monasterio, a la derecha, están las obras del hotel que vendré a visitar cuando lo terminen. Un paso de peatones te lleva al Puente del Perdón y al camino hasta las Presillas, que visitaré al día siguiente. A la izquierda, la finca Los Batanes, que alberga el Bosque Finlandés y un albergue juvenil muy interesante para la chiquillería. En paralelo a la carretera, muy bien hecho y protegido, hay un camino peatonal para ir hasta el pueblo, Rascafría, donde descubrí la chocolatería más chachi piruli del mundo, y quedé con el dueño en volver el sábado a por mi pedido, que en el monasterio no tengo un sitio donde guardarlo sin que me preocupen los bichos, ni quería ir al pueblo en coche porque me sentiría culpable hasta el dolor. También estaba el peligro de que el silencio, el Zen, el cierre de la habitación a las 22:00 y algún detalle más, me obligara sin querer a zamparme la compra sin miramientos. La gente que somos de placeres, tenemos poca voluntad.

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Cero dificultad. Hay muchos bancos y sitios donde resguardarse si llueve. Y sombra, todo es sombra :(

El viaje andando al pueblo se me queda corto. Muy corto. No hay ni dos kilómetros. Pero hay chocolate. Y fiestas de la Virgen. Misa a las doce. Me cruzo con una señora y me viene la abuela Lola a la cabeza. No puedo separar la Iglesia de mi familia y de mi infancia, está todo enmarañado, enredado, sujeto con pegamento del que no puedo usar porque soy una manoplas y se me quedan siempre los dedos pegados. 
 
Vuelvo por donde he ido y se me queda corto otra vez, ¿ya estoy aquí? Entro en el arboreto Giner de los Ríos que está enfrente. Tengo un amigo muy listo, listísimo, que tiene el carnet mensa y todo y que lo sabe todo, todo, menos los nombres de los árboles. Y que se acuerda todos los años de mi cumpleaños. Dice que aprender de árboles es muy complicado.

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Sin caeite de palma ni porquerías añadidas.

 

Aquí me acuerdo de mucha gente, de muchas cosas. Mi cabeza escribe historias por el camino y las olvido en cuanto las “escribo”. Algunas son muy buenas y me da pena, otras me hacen reír, pero sé que es mejor que las olvide todas, y las olvido. Por eso no se las puedo mandar, porque las he olvidado, aunque me acechan debajo del flequillo.

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Cultura y práctica digital (I)

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Arte en las redes, por ejemplo.

Copypasteo un poquito retocado lo que escribí anoche en Facebook. Lo escribí porque se mofaron de mí y mis cosas y además lo hicieron de manera sibilina, como sólo las mujeres (educadas en el sexismo chungo) que nos creemos mejores que los demás, sabemos hacerlo: sin que lo parezca. He de decir en mi favor, que lo que pasó por mi cabeza fue: cuidao la tía esta, últimamente la veo desencajada, pobre… y sentí compasión. Ni ira, ni enfado, ni sufrimiento inútil.  Fue un pensamiento legítimo por incontrolable, pero que de ninguna manera escribiría para hacerle daño, ni siquiera para darle “un toque”, algo muy de moda entre “amigos”. ¿Quién soy yo para dar toques a nadie? Bastante tengo con darme los míos cada mañana a mí misma y con saber que así me ve mucha gente a mí también (algo de lo que por cierto, no me hago cargo, no es asunto mío). Digamos que los únicos toques que admito (en las redes) son los de señores guapos, autónomos económica y emocionalmente, y que me invitan a café, porque me encanta decir que no. Pero de presuntos amigos, nanay, me aburro, ya practicaron conmigo lo suficiente de pequeña y de mediana, como para llevarme al hartazgo y la rebeldía, algo que cansa mucho. Paz, sólo admito paz. Vale, y algún café.

Sin embargo, también me pasó otro pensamiento por la cabeza, así en general, en plan 2015-08-05 16.21.48“qué mal estamos los externos”… Y de ahí a la Escuela siempre me queda un salto chiquito. La Escuela es ese sitio donde te putean después de haberte puteado en tu casa, y en ambos casos no puedes quejarte por: a) ellos son más fuertes y b) lo hacen por tu bien y, empeorando mucho el cinismo, lo hacen por amor, ¿cómo vas a protestar?  Y de ahí a revisar lo que voy a trabajar en la nueva asignatura, un paso. Porque en este currículo escrito por gente a la que quiero mucho y en la que confío (perfectos no son, lo siento, pero me fío), dice cosas que no encajan con lo que los adultos practicamos. Si eres padre o madre de chiquillería en edad, yo lo leería.

Lo que escribí fue:

Yo no me lo creía antes, pero es verdad que en Facebook se hace daño, se juzga, se condena, se ríen de una (o de otra) y se aprende mucho también.

A mí me encantan las redes sociales, quiero mucho cuando quiero, que no es a menudo ni a mucha gente, y soy muy seca de carácter, pero no me suelo reír de nadie, ni ironizar sobre sus cosas. Menos aún, utilizar la posible información que aquí pueda ver (o en otras redes), en su contra. Suelo cuidar los comentarios a los hombres que tienen pareja, para no molestar a su pareja. Los comentarios que puedan afectar a terceros, o dejar en mal lugar a mis amigos, no los hago. Y aún así, ojo, se puede meter la pata (especialmente si reírte de casi todo es tu modus vivendi original y la gente no entiende o no acepta tus ironías y/o bromas).

Si alguien no me gusta, no lo leo. Debería empezar también a no permitir que me lea cualquiera. Lo he anotado en la libreta de papel donde voy apuntando lo que vamos a estudiar este año en la nueva asignatura, Cultura y práctica digital, que estrenamos en el Estado Andaluz este próximo curso. La chiquillería debe saber qué escribir y qué no escribir. Y que cuanto mayores sean, más cuidado han de poner en lo que escriben, y en cómo tratan a los demás. En las redes, y fuera de ellas. A más edad, más ridículos se ven cuando se ríen de los demás.
Personalmente, los niños y niñas que machacan a otros, o se ríen, los ningunean, etc., aunque sea en plan “leve”, pasan conmigo una buena temporada, prioritariamente escribiendo sobre sí mismos. No me acaban de caer mal, pero me cuesta a veces apreciarlos del todo, el prejuicio por lo que les he visto hacer me coloca en mal lugar y me obliga a ponerme en sus zapatos. Pero cuando lo veo en personas adultas, con licenciaturas de ringo rango a veces, con una cultura general que supongo que la tienen pero que, sobre todo, les sirve para tapar los agujeros emocionales (sin bromas, que os veo venir) y la falta de autoestima, a costa de ningunear a los demás, o de hacerles ver que saben menos, me asusto. Eso es, me asusto. ¿Cómo vamos a cambiar el mundo con estos mimbres? Si los jipis actuamos como basura, ¿qué podemos esperar de los carcamales? Y estos son los modelos que abundan en esta nuestra comunidad de vecinos y vecinas, que es la sociedad occidental, oriental y medio pensionista. Porque yo soy separatista andaluza, pero tontos habemos en todas partes, la verdad.

Aquí (en FB) escribo, difundo, leo, digo tonterías, gasto bromas, guardo sitios que mis amigos visitan, por si algún día yo puedo ir, me sorprendo con cosas que leo y que no esperaría de personas con estudios y presunta bondad natural, pero no digo nada.

A veces me he enfrascado en debates inútiles con gente que, como yo, ya estaban es posesión de la verdad, con lo que aprendí a evitar los susodichos debates, porque no queríamos debatir, sino ganar.

Pero no recuerdo haber ridiculizado a nadie. Y mira que se me daría bien… Recursos irónicos, habilidad, velocidad e información, no me faltan. Pero no tengo mala leche, soy en general una mujer casi feliz. Así que no lo hago. Según mis estudios, la gente que hace daño y se ocupa de los demás en Fb, es gente con demasiado tiempo libre o que querría estar en otro sitio distinto al que está.Aquí valdría el modelo “la vieja del visillo”.  El otro caso es que alguien te caiga mal, pero eso con dejar de seguirlo debería bastar.

Me da mucha alegría cuando aparece algún amigo o amiga de la infancia y veo que están tan guapos como siempre, y que se acuerdan de mí. Eso me lo ha traído este chisme. Agradecida.

Tenemos asignatura nueva y va de identidad digital, herramientas 2.0, gadgets, va de trabajo en red, cooperativo, va de diferenciar un navegador de un buscador, que los nativos digitales no saben diferenciarlo, salvo si tienen una madre redicha y maestra, o similares.

Esta asignatura nueva va de, cómo no, netiqueta, robótica, gamificación y competencia lingüística para moverse bien en la maraña que les toca vivir.

Pero en mis clases, sobre todo, va a ir de buenas maneras, de buenos tratos, de respeto. Voy a intentar hacerles comprender que reírse de otros no les convierte en mejores, menos aún si lo hacen escondiéndose detrás de una pantalla, o de una excusa. Menos aún si lo hacen cuando ya son mayores, cuando crean saber mucho de muchas cosas. Nada que estudien les servirá si no son buenas personas, incluso cuando nadie les vea, cuando no haya aplausos. También les enseñaré a no creerse los aplausos.

Intentaré buscar ejemplos prácticos, digamos un entrenamiento, que nos ayude a ver nuestro propio ego, nuestra propia miseria, antes que la de los demás, para aprender así a usar la tecnología para el bien propio primero, y el común después, y no perder el tiempo viviendo vidas ajenas mientras la propia se va por el desagüe más feo y apestoso del Fb, por ejemplo.
Valdrían igual otras redes, pero esta es más fácil de “analizar”.

Va a ser un año muy interesante. Espero tener salud para poderlo disfrutar y seguir aprendiendo.

Y a quienes me echaron flores en Facebook por este comentario, decirles que sin el equipo que andamos trabajando gratis, libres y porque sí, en la sombra y en red, yo no sabría las cosas que sé. Normalmente hablamos de las cosas negativas de Internet, asustamos a la chiquillería con amenazas y no es este el enfoque que yo quiero darle. Ya participé con Mariano Hernán de coordinador y Aníbal, Fernando, Gregorio, Diego, Guillermo, Rosa… en proyectitos que chiquitos ellos, hablaban de algo tan importante como ver el lado bueno de la vida: ¿Cómo puedo usar Internet, los portales y las redes sociales para que mi vida y mi trabajo sean mejores? (A los malos sólo les concederemos audiencias como ésta, y además lo haremos para aprender, si acaso, lo que no es. Dato innecesario cuando sabe bien lo que es bueno para ti y los demás).

(Articulillo corregido y aumentado. Por mejor escrito, se lo dedico a Pedro Quílez y por largo, a mi amiga Rafi Rumí, una de las amigas de la infancia que me ha devuelto Facebook ;))

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Cuarto regalo que recibo por ser “buena” en las redes y fuera de ellas. Los aplausos no me llegan, los berridos tampoco; los libros y los cuadros, sí.

P.D. Mi Instagram es privado (semi) porque a todos nos gusta tener un sitio de recreo donde poder desbarrar con algo más de relax de lo habitual. Y en cuanto tenga un rato lo limpio de niños y niñas de los que te pinchan la pelota si no juegas con ellos. Algo que también explicaré en clase: no es obligatorio contestar, admitir ni relacionarte con quien no quieras. Ni un besito a la fuerza. Con todo esto resuelto, las raíces cuadradas las aprenden solos ;P

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303 pasos de los míos (Día I)

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Navacerrada

Día 1. La llegada.

El viaje desde Madrid hasta el Real Monasterio de Santa María de El Paular es feo al principio, y una preciosidad después. Recordé por el camino a aquel tipo, cuántos tipos así, que vivía con su señora, presidenta de varias cosas caritativas, en Collado Villalba y me invitaba #porlosDMdelTuíter #quémina, a visitar “de su mano” la Sierra de Guadarrama, de la que estaba enamorado. ¿Viene tu señora?, le pregunté, y a duras penas seguimos siendo amigos un par de meses más. Me contó tanto bueno que tenía ganas de ir. No me dijo nada de bicis, motos, atascos y gente histérica por la carretera, pero yo me fijo en todo y enseguida me di cuenta. Pues lo dicho, precioso, aquel tipo tenía razón, al menos en algo. La vida, que es muy autónoma ella, decidió que yo no me metiera en follones cuando no podría soportarlo, ni que visitara esta sierra tan hermosa, hasta ahora. ¿Cuántas vidas harán falta para conocer España entera, abuelo? Depende, nena, depende.

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Último descubrimiento. Están realizando la obra necesaria para que “nos visiten, sobre todo, grupos de niños y les podamos contar la historia”.

Doy vueltas al mismo pedazo de diez metros de carretera sin ser capaz de ver la entrada al monasterio. Aparco y miro incrédula los carteles. Ya sabía que, pegadito al monasterio, había un hotel de lujo, ahora cerrado y en reformas. Pero aquello… No doy crédito cuando le pregunto a un señor que empujaba un carro de cemento… ¿Cómo? ¿Aquí? ¿Otra vez #estoydeobra? Pues sí. Los pies llenos de tierra sin estar en alguna playa bonita, es algo que no llevo bien.

El monasterio está semiempantanado con unas obras que prometen dejarlo hecho un pincel. Restauración completa, descubrimientos varios y planteamiento didáctico de los monjes, que esperan visitas masivas de estudiantes. El claustro mide 303 pasos de los míos (creo que unos 170 metros) y ya está arregladito con pinturas de Vivente Carducho, florentino él, y que francamente, yo no pondría en mi casa, pero que cuentan la historia de los cartujos de una manera muy gráfica en el estilo pop-art de la época.

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Pinturas de Carducho en el Claustro y acceso a las habitaciones.

Del mismo modo que no me gustan nada las pinturas, las penas no son lo mío, y aunque aprecie su valor, cada pieza de madera, cada ladrillo, cada bloque de granito, cada planta, tumba o farola, despiertan mucho más mi entusiasmo y mis ganas de averiguar. Sólo la entrada desde la obra exterior (dentro de la zona monástica donde se hace vida, no hay albañiles), por una puerta de madera de convento, directamente al claustro, me causó una congoja que no podía explicar. Dos lagrimones me cayeron sin previo aviso. No es igual visitar un lugar histórico-espiritual, que vivir en él, lo intuía y ahora lo sé. Imaginar a la Isa, la Católica, atravesando esa puerta de su estilo, es emocionante. Claro que imaginar al pintor pintando la película también, pero a cada quien le emocionan cosas distintas, por eso todos tenemos nuestro público y nuestros detractores, no hay más. Total, que lloré y el hermano hospedero se partía de risa. Lolita, Lolita, ¿te llamo María Dolores? No… Vale, vale.

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#estoydeobra Los arquitectos y técnicos varios vigilan y comentan los trabajos.

Aparco donde todos los turistas que descubro detrás de las hormigoneras y viniendo de no se sabe dónde, ¿qué hace aquí tanta gente? A estas alturas hay días que me encanta estar con gente y muchos que no quiero estar con nadie, y a pesar de que me daba mucho susto venir sola a un monasterio, a estar sola con gente que quiere estar sola, me molesta un poco ver esta feria, no me lo esperaba. “No me gusta la gente en general y menos si somos muchos, porque tienes que escuchar y adaptar la escucha a cada uno, y a mí eso siempre me resultó pesado. A lo mejor por eso soy fraile y no padre de familia”, y se ríe. El hermano con más años del monasterio (82) es de Posadas, mi pueblo, y se acuerda de mi padre y mi padre se acuerda de él. Vuelvo a constatar que en este mundo ya no quedan agujeros para esconderse, y aprendo.

#estoydeobra

#estoydeobra

Perdón, creo que me he perdido. ¿Qué buscas? La hospedería del monasterio. Ah, pues te has perdido, pero poco. Me invita a esperar y llama al hermano hospedero que viene a recibirme, explicarme, contarme, darme llaves, decirme horarios, costumbres y normas y yo le digo: ¿Y esta obra?… Lolita, Lolita, no me prestas atención. Ya, es que me lo sé, lo he leído en la web, pero que había albañiles no tenía ni idea. Y me cuenta la película resumida y que ellos están allí cuidando todo lo que pueden, pero que no es suyo, sino del Estado y desde hace mucho. El Ministerio de Cultura lleva invertidos allí unos cuantos de euros y ellos viven de hacer de cicerones, la hospedería y la tienda. Y del cepillo.

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Habitación con vistas a la obra y las nubes, qué pesadas.

Se sube conmigo en el coche y me lleva a la parte trasera del edificio, que son tres, donde está la hospedería, pasillo femenino. Parte externa habitaciones mixtas (nadie pregunta por bodas ni papeles). Ellos duermen donde los monjes (que se dejaron la puerta abierta y tiene aquello una pinta estupenda). Más tierra al bajar del coche, mas albañiles. Socorro. Cuando ya estaba a punto de decirle que me iba pa mi casa, abrió la puerta y se me encogió el corazón cuando me cayeron en la cabeza tantos años de historia. Ya lo dije. Dos lagrimones y el hermano hospedero me miró riéndose… Vaya, vaya… Primera puerta a la derecha. Una de esas puertas que hay en todos los claustros y que siempre quise saber qué encerraban. Pues más puertas, pasillos, más habitaciones, otra puerta cerrada y nunca acabas sabiéndolo todo, como la vida real de tus abuelos o las cosas del querer, por ejemplo, aquí todo es infinito.

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A la derecha, las habitaciones. A la izquierda, las bienaventuranzas.

Tras el feliz encuentro con el claustro, me llevo un susto al atravesar esa puerta. Bajas y subes dos escalones en medio metro, sin venir a cuento, y te encuentras con las escaleras de aquel colegio de monjas, todo igual pero más viejo. Se nota que no hay manos ni dinero para mantener aquello bien. Sigo los dibujos de la camisa del hermano hospedero, y le pregunto de dónde es. Cabo Verde. Entiendo, no podría ser de Valladolid. Negro como un tizón, caminando que casi baila, sonrisa permanente, vaqueros y camisa de flores, no es lo que normalmente esperas en un monasterio y sin embargo tardé un buen rato en darme cuenta de que iba vestido de paisano. Mientras charlamos y me explica, yo como siempre sin enterarme de todo, llegamos a la zona noble y respiro aliviada. Un pasillo absolutamente nuevo y limpio (limpiamos los inquilinos) está lleno de habitaciones dignas con camas de colegio mayor. Es curioso a lo que se acostumbra una. En esas camas de 80 dormíamos dos, más felices que perdices, y a mí ahora no me llega con 140, que me despierto en diagonal. Me enseña el cuarto de la limpieza y me informa de que viene un señor de Sevilla, solo, esta misma tarde. No tenemos arreglo, le digo. ¿Quién? La humanidad, hermano, la humanidad. Y se ríe. Yo sólo te voy contando. Y se vuelve a reír.

Día 1. Sexta, comida y recreo.

Puerta de la cocina vista desde el refectorio.

Puerta de la cocina vista desde el refectorio.

Un poco despistada, me acuerdo de lo leído en la web y de cómo me resulta imposible no asociarlo a la vida de un colegio, de un trabajo. Todas las horas se anuncian con un timbre. La fidelidad al horario es respuesta a una llamada; cumplirlo es una exigencia del bien común y expresión de caridad. Así se contribuye al orden y la paz, valores que busca el huésped. Me gusta. Muchos trabajos se desmoronan porque las personas no están en su sitio a la hora que tienen que estar, y dañan el trabajo de los demás.

No sigas flechas ajenas.

No sigas flechas ajenas.

Decido ir con lo puesto para no llegar tarde el primer día, que esto no es el EABE, y aquí ser gurusa no cuenta. Sigo los carteles de los turistas pero al revés, y llego a la Iglesia. Muy impactante. Otra puerta más y la capilla donde sí toca sentarse y esperar a que den las dos. Empieza a entrar gente, casi todos son hombres, algún matrimonio mayor, dos señoras de entre 40 y 50, y poco más. Y entran los monjes, esta vez sí, con el hábito que los hace. Son nueve. Nueve. Para esa mole de edificio medieval. Uno de ellos, además, esta “en prácticas”, a ver si, 22 años. Otro con patilla a la última, treinta años, le pega cualquier cosa menos el hábito, que maneja con soltura para sentarse sin arrugarlo. El silencio es total y sólo se oyen los zapatos y el ruido del aire que levantan los escapularios, hechos de tela negra y pesada, aunque menos que los que recuerdo de pequeña. Todo el mundo se acerca a una mesita llena de libros y yo hago lo propio. Está marcado lo que se canta y lo que se lee, o lo que leen cantado y lo que cantan leyendo, la cosa es que cuando pillo por dónde van, la Sexta ha terminado. Eso sí, he disfrutado de la voz del hermano Balhisay, que además de ser el cantor de la casa, es el prior. Como al empezar, se oye el toctoc en la madera, el prior golpea su reclinatorio con los nudillos y hala, a comer en pandilla.

Mientras comemos, el hermano lector, lee. Su voz me gusta más que la del hermano cantante prior.

Mientras comemos, el hermano lector, lee. Su voz me gusta más que la del hermano cantante prior.

Más callados aún que en Misa, me quedo atrás para ver qué hacen los de delante, una estrategia muy manida pero muy útil. Hice bien. Otro impacto entrar al refectorio y ver a la peña delante de las mesas, cada uno en su sitio, en silencio total, esperando a estar todos para agradecer los alimentos, cómo es posible que ya no recordara que lo hacíamos en mi casa cada día (no sin muchos problemas por las risas y las broncas de mi padre). Me voy a una mesa sola y el hermano hospedero, el único que nos habla, me dice que tararí, y me pone donde me toca, aunque no sé porqué me toca ahí y no en otra parte. Ellos tienen sitios fijos. La comida es corriente, bastante mala desde el punto de vista nutritivo y de quien sabe guisar bien y barato, lo de los chefs es otra cosa que no viene a cuento del comer, la cocina del macho alfa no es el tema aquí, sino la salud. No comen bien, y yo mientras esté aquí, pues tampoco. Y como no puedes ayudar… Otra cosa es el vino, que sí me gustó (ahora bebo vino) y sobre todo, me ayudó a tragar mejor. Tanto es así que el cebollón fue considerable. Vaya entrada triunfal hice. Menos mal que no te hablan ni para reñirte.

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Comer corriendo no es comer, es engullir.

Es muy emocionante comer, aunque sea mal, en un sitio como este mientras uno de los monjes con voz de George Clooney te lee  algo. Digo algo porque no me enteraba de nada con el tintineo de los cubiertos, los platos que los recogen demasiado rápido y el ansia que me entró cuando descubrí, gracias al silencio que se hizo, que estaban esperando a que yo terminara el primer plato para seguir con el segundo. Me pareció en un momento que el prior me miraba mucho y el hermano recogedor de mesas también, pero pensé que era por ser la nueva. Pues no. Si comes despacio y vienes aquí, tienes  un problema: te miran para ver si has terminado. ¿Sabes eso de ser una señora mayor y sentirte como una niña? Pues yo sí (y no sólo en lo malo).

Toctoc. De pie, volvemos a rezar. Yo no, porque no me lo sé más que a cachos y paso de meter la gamba. Termina el prior y salimos despacio y en silencio cada quien para donde le plazca, algunos a fumar, a pesar de que el monasterio es enemigo del humo. Hay desplazamientos muy suaves por la piedra, nadie habla, si acaso alguna pregunta muy bajito, siento cosquillitas en la nuca, y me voy a dormir la mona.

Tras la siesta reparadora, visita al patio, vueltas al Claustro, gulusmear, lo llamaba mi abuela. Y darte cuenta de que otra vez hay que ir a rezar. Qué rápido se pasa el tiempo aquí.

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Capilla de diario.

Día 1. Vísperas, Eucaristía, cena y a dormir. Misa. Hay Misa. Reconozco que me cuesta un poco, a veces el lenguaje, el mensaje, las oraciones, me enfadan. Otras veces encuentras verdaderas joyitas entre ellas. Pero vamos, que a mí lo que me dan es ganas de levantar la mano y opinar. Lo pienso mejor y, como me pasa últimamente en las redes, me agotan las discusiones y voy dejando pasar algunas. Otras no puedo o no quiero. Ora et labora. Eso debe dar mucha paz. Algo así he sentido yo este año pasado, tan denso, tan vivo y a la vez tan en paz, viviendo el momento, y no huyendo de (casi) nada.

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Habitación con vistas.

A las 22:00 hay completas en otra capilla, pero ya me parece que es mucho y me voy a leer y a tontear con las fotos, a esperar que no llueva y que no haga más frío del que tengo. De camino a la habitación, descubro una rendija en el suelo, pegada a la pared del jardín: climatizador para que las pinturas no se estropeen. Ya sé dónde dormir si tengo frío…

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Monólogo vaginal emocional, que no hay nada más Inside Out

A quienes piensan que una maestra-directora de colegio debería guardar las formas y no decir palabrotas, tengo algo importante que decirles: Agradecida por su opinión.  Y una pregunta que hacerles: ¿Coño es una palabrota y coach, cocreta, mileurista, quad, amigovio y ¡¡¡PAPICHULO!!! no?.

Esto sí, miembra no.

En un mundo en el que tiene que venir Pixar a removernos los cimientos emocionales (Inside Out) porque solitos no sabemos, y en el que personas con estudios (muy) superiores, de ambos sexos y de más de 40-50 años se remueven incómodas en sus sillas con los Monólogos de la vagina, que yo diga palabrotas, no tiene ninguna importancia. Debería ser, en todo caso, aconsejado por la OMS ya que la OCDE no lo hará porque, como bien acata la LOMCE, lo que interesa es producir más que vivir: aquí estoy yo, todo el verano trabajando. A mi bola, pero trabajando. Más obediente a los ministerios no la hay, ergo, et pour tant, al menos, déjame decir palabrotas, ¿no?.

Hoy no tengo ganas de escribir, que el verano es para pasarlo empapada y a eso voy, pero diré algo rápidamente que me inquieta, y por si además le sirve a alguien.

No tenemos nada superado (me refiero a la vagina y todo lo que la rodea más allá de las caderas de cada una) y no podemos reducir el mundo emocional y de la pena-alegría (pena es más flamenco que tristeza, más nuestro, más mío) a las películas de Disney-Pixar, por más que me-nos gusten, por más que nos hiciera llorar cuando aquel recuerdo desaparecía en el vertedero (hace poco no conseguía yo acordarme de los apellidos de un señor por el que creí morir y tuve que buscarlo en Google, #adoroInternet), o cuando el amigo invisible renunciaba a nuestra compañía para dejarnos crecer, eso que antes llamaban madurar (parece que el lenguaje sigue sin ser inocente, ¿miedo a la vejez?, ¿crecer como personas no es lo mismo que madurar? ¿mindfulness no es igual que meditar, respirar, o estáte quieta un rato, coño?).

Y las gafas, claro…

La pinta de las muñecas en Inside es demoledora. Fea y gorda la tristeza y tipín como el que yo tenía cuando era joven, la hapiness. No, no es igual alegría que hapiness, que te juegas el puesto de trabajo por un solo idioma, con la de idiomas que hay mucho más aptos para vivir y amar que el inglés, andevapará, a pesar de Shakespeare.

Pues yo me veo mona y sexy…

Servidora es del Córdoba y bética por amor, así que el Asco me representa-ba de adolescenta-pro. Verde me pasaba el día. Qué insufrible era, ni yo me aguantaba. Y nadie me entendía. Ahora, al ver la película y leer los posts sobre la misma, me sigue pareciendo que soy una incomprendida y que somos muchas personas así.

Y el miedo… Muy por encima de todo nos vive el miedo… Y lo ponen como si fuera tonto.

Y no lo es. El miedo es quien manda en nuestras vidas, no la alegría innata que casi todos tenemos. Ojalá mandara en mí mi alegría inmensa, te ibas a enterar. Pero el miedo que nos enseñan para que, precisamente, no gane la alegría, para que no seamos libres (sin miedo, el negocio de la moda y la cosmética se irían al garete, por ejemplo), para que no vayamos adonde queramos, y para que no besemos la boca que realmente queremos besar,  y no la que debemos. Ignora la película al miedo y su poder para hundirnos y hacernos perder lo que realmente importa. Y al miedo no le gana la alegría, no manda en él. El miedo sólo se vence con Amor. Del bueno.

En Inside Out (no me gusta el título en castellano), las emociones básicas (muy básicas) que interactúan entre ellas (muy poco) se quedan (para mí) en la superficie de lo que nos pasa. Esa amígdala reina… Ese aprendizaje a sufrir desde pequeñas (colonia en el coño y alabanzas a los testículos del brother, no ayudan a quererse), esa vida de cada quien, con sus mijitas importantes, no sale en la película.

La vergüenza. ¿Hay sentimiento más castrador que el de sentir vergüenza de una misma? ¿Y la vergüenza ajena? Yo me imagino en la piel de la Infanta, de Granados, de Felipe González, lo que ha madurado, de la jueza #unvestidocadadía, tan tiesa que es difícil imaginarla amando, de cualquiera de esta gente que nos toma por tontos, y siento una vergüenza que no me pertenece, que me incomoda muchísimo y que me lleva a no querer ser de donde soy, con lo que me gusta mi país (Cádiz, Sierra Morena, el Río, el Cabo y Nagüeles),  y el Estado que nos explota (risas). Ignoramos la vergüenza y hacemos como que no existe y, lo que es peor, decimos a niños y niñas que no la sientan, como si eso fuera posible, y acaban avergonzándose de nosotros, sus mayores, por pedirles que no sean.

La niña protagonista (puestos a romper la pana, hubiera preferido un niño para hablar de temas emocionales, pero sé que es más fácil con las niñas, y se han ido a lo fácil) tiene una vida regalada hasta que, en el peor momento, le pasa algo realmente gordo. Mi amiga Mari Carmen se mudó a Madrid cuando teníamos 13 años. Nos fuimos a llorar al puente de mi pueblo, escondidas, ese que tiene los ojazos del revés, que sólo hay dos en el mundo y uno tenía que estar en Malenilandia, y creíamos morir. Hemos vuelto a vernos después de 25 años y hemos retomado la amistad, pero aquello que nos robaron fue muy grande: ella estuvo dos años en Móstoles (donde sigue) sin mirar a su padre. ¿Cómo no fueron capaces de enseñarnos que aquello era inevitable y no personal?. Yo odiaba a todo el mundo, supongo que en defensa propia.

Total, que está muy bien la película para que los padres y madres tengan un recurso facilón sobre cómo ayudar a gestionar lo que sienten niños y niñas (sin olvidar que nosotros aún no sabemos). También está muy bien como herramienta didáctica (David, encarga cuarto y mitad de dividís). Y ha removido muchas conciencias, hemos llorado y disfrutado en el cine y nos hemos vuelto a ver como niños y niñas (ejercicio altamente recomendable). Pero es conveniente no olvidar que sólo es un esquema.

Magnífica expresión de cara para un sentimiento muy común que no solemos aprobar: el “odio” a los progenitores. El Cuarto Mandamiento y sus secuelas insanas.

Dentro de nada, Riley ya no será una niña. Buen momento elegido por los guionistas, la edad más fácil y llevadera. Deberían continuar la historia: Riley puede verse en breve ninguneada por ser niña, acosada por ser niña, violada por ser niña, sufrir una ablación (hay quien lo llama cultura) por ser niña, sin estudios por ser niña, de cuidadora familiar por ser niña, asfixiada al sol del verano bajo un pañuelo y sentada mirando cómo se bañan ellos, y también le pasa por ser niña.

Claro que ya no sería una película para Disney-Pixar y entonces es cuando creo que no debemos ignorar los Monólogos de la vagina, y menos aún, a la propia vagina, al coño soñado.

(Texto escrito a petición de Carlos, aunque no sé si era esto lo que esperaba ;P)

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Un año de Amor (del bueno).

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Diseño regalo de Néstor Alonso Arrukero al colegio donde trabajo.

Lo hemos pasado terriblemente mal en muchos momentos.
Hemos trabajado por encima de las posibilidades de nuestros sueldos y de nuestros gobernantes.
Hemos casi llorado en ocasiones por diversos motivos.

No hemos tratado mal a nadie. Y no hemos reaccionado (casi) cuando nos han tratado mal.  Hemos procurado hacer oídos sordos a la maledicencia (y casi lo hemos conseguido).
Hemos disfrutado como niño y niñas cuando hemos recibido ayuda y apoyo, que han sido muchas veces, de muchas personas, ninguna sospechosa de nada malo. Nos ha hecho tanta ilusión…

Hemos tenido mucha suerte porque nunca hemos estado mal los tres a la vez (salvo un día de la semana pasada). Pero no nos hemos rendido ni un día, sólo a veces nos hemos ido a dormir, a desconectar, a volar, a ponerle flores a los muertos…

Hemos intentado comprender el dolor ajeno, con razón o sin ella, enfadados a veces, dándonos permiso para hacer la vista gorda (durante un tiempo) para cuidarnos. Y hemos dejado cosas que nos dañaban, ayudándonos a tomar decisiones (personales también).

No nos ha importado, ni nos importa, la vida de la gente, lo que piensan o lo que imaginan, sabemos que los suponeres son, por definición, tóxicos. Hemos mirado dentro y hemos mirado a los ojos, especialmente de los y las que importan. Hemos intentado aislarnos de todo para ver sólo colegio y educación.

Hemos resistido a quienes han intentado que no fuéramos un equipo. A las advertencias de que no funcionaría porque no somos excelentes como el ministro saliente. Porque yo no hablo inglés, porque Mela no hace surf y porque el Porri no sabe guisar. Sabemos que nos han insultado, y nos hemos reído. O hemos dicho “Jo, qué pena, no?” (adivina quién). Yo he atiborrado a David con salmorejo, Mela a mí con tortas integrales y ella ha comido manzanas. Hemos comido en el comedor, con la chiquillería… qué experiencia ;)

Nos hemos reído mucho. Muchísimo. Nos hemos partido de risa enterrados en papeles y problemas. Hemos aprendido palabras nuevas como borrasca, sor, big, Basta!, despedido!, ¡¡No!!, Vále! (con tilde), y cientos más, todas de gran utilidad para la humanidad. Eso sí, en diversos idiomas.

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Uno de julio de 2014. Íbamos al Ayuntamiento y no, no fue premeditado.

Hemos cumplido juntos un año y lo vamos a celebrar. Los tres juntitos. Cada uno siendo como es. Sin necesidad de pensar igual, medir igual o ser igual de listos. Sin necesidad de competir ni ser mejores que nadie. Hemos cumplido un año porque hemos trabajado como mulas, porque nos hemos escuchado, porque hemos sabido ceder, no presumir, esperar, preguntar, buscar y encontrar una solución para cada problema.

Algún mosqueo hubo. Alguna cosa habrá aún por decir. No somos ni queremos ser perfectos porque nos queremos como somos, porque cada uno de los tres puede con lo que los otros dos no podrían. Porque nos hemos repartido las tareas y los problemas.

Hemos crecido. Ya no nos reconocemos en aquellos tres que no sabían por dónde empezar y que cada día veían su plan de trabajo roto por las circunstancias casi siempre ajenas.

Ahora nos queda recoger. La sensación de no habernos movido de allí en un año es extraña, pero ya no tenemos miedo, sólo ideas para mejorar lo que no hemos hecho bien y no repetir nuestros errores (que han sido muchos menos que los de Séneca, por ejemplo).

¿Y qué va a ser de mí cuando estos dos se vayan a sus respectivas vacaciones? Pues que les voy a echar mucho de menos, ¡¡¡¡¡¡pero aquí!!!!!

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Para gustos, los colores… a mí me gusta mi tierra.

Porque hemos creído en nosotros mismos y en los otros dos, hemos cumplido un año de Trabajo, Escuela y Amor.

Y un millón de gracias a quienes nos han sostenido más en silencio y nos han ayudado a portear los miedos, aliviando el peso y enseñándonos cómo funcionan los sistemas ;))

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Diario lectivo de una directora en prácticas (y junio)

Ya está, se acabó. O mejor dicho: ya está, por fin puedo empezar “en serio”.

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Cara A del programa de la semana cultural que nos ha hecho crecer como personas y profesionales.

APTO, dice el papel. Ese apto, que es apta, responde a la evaluación que durante el curso se ha llevado a cabo sobre mi gestión y la de 51 colegas más en la provincia de Sevilla y que tiene estas porciones: informe del Consejo Escolar, informe de la Inspección, actividad durante todo el año y aprovechamiento en el curso para la Dirección en prácticas, informe de mi tutora (personal traineresa) en dicho curso, informe del Director del CEP de la zona del colegio donde trabajo, y una memoria de autoevaluación que debí enviar a la Comisión Provincial que finalmente decide con el análisis de todos estos datos… Parece que en la escuela pública se tiene claro el proceso. Nada que ver con poner a alguien a dedo para gestionar alguna cosa.

Me gusta que haya tanto de donde tirar. No hubiera sido capaz de presentarme a la selección si hubiera sido una elección, no disfrutaría igual si me hubiera puesto el dueño del colegio, ni siquiera me gusta que los colegios tengan más dueños que los niños, las niñas y sus familias. Y ahora estoy dándome cuenta del mogollón en el que me he metido.

Yo lo veo. Cuando le digo esto a mi amiga la científica, se ríe. Y es que lo veo. Y también veo lo que no va a poder ser. E intento aceptarlo mientras voy pergeñando estrategias que eliminen o minimicen lo que no veo ni quiero ver.

Quiero ver que, con el sostén de los nuevos libros de texto, somos capaces de mejorar la formación del alumnado sin perder de vista que el libro no es el que me hace maestra. Quiero una convivencia pacífica en el centro que sea generadora de actividad, cambio y discusión, no quiero una paz muerta. Coeducación, TIC, TAC, TEP, huerto, paliar la falta de recursos para que la inclusión que pregonan unos la pongamos en marcha otros… quiero ver gente que no tiene porqué quererse, ni admirarse, pero que sabe respetar al otro, a la otra y a las cochinitas del patio. Quiero unas normas que la comunidad califique de razonadas y razonables, normas que todo el mundo conoce y respeta. Un Plan de Convivencia que incluya todo eso y que no defina lo que es un parte de siete maneras sin haber inventado antes el itinerario a seguir para que nadie necesite un parte, una amonestación, ni una bronca. No, no hablo del nirvana. Hablo de unos mínimos y de alcanzar un bienestar personal de cada quien que redunde en el bienestar global sin tenerlo que analizar mucho. Lo sé, no es fácil, pero yo no lo veo imposible.

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Cachito del borrador nacido inmediatamente del “¡anda, tengo una idea!”. Lo llaman de muchas maneras en inglés, para mí es la pizarra de pensar del despacho de Dirección.

La convivencia que integra tantas facetas, que es poliédrica como la vida, como nosotros, junto con el análisis, el desarrollo y la puesta en práctica del trabajo por, con y en competencias clave, esas de toda la vida pero con tinte europeo ahora, es mi siguiente donde pongo el ojo pongo la bala.

Ya no quiero saber nada de este año que termina. No es razonable teniendo en cuenta que queda un mes de trabajo y un verano de escribir el Proyecto Educativo, pero siento lo mismo de siempre: ganas de tirar el bolígrafo por la mitad, el cuaderno sin terminar y empezar otros nuevos. Blanco, sin manchas, el cuaderno nuevo siempre es una nueva oportunidad, una ilusión que sirve para arrancar sin miedo (o sin conciencia, que sirve igual). El cuaderno de papel, ese que es íntimo y no interrumpe el viaje a los adentros como hace el ipad, pide a gritos ya que le cuente qué planes tenemos, qué planes tengo, y cómo lo vamos a contar para que las personas que deben ponerlos en práctica los tomen como lo que son, y no como otra cosa. Hacerse entender. Comunicarse bien. Elegir bien las vías. Curar los contenidos de los mensajes para no malinterpretar ni permitir que me malinterpreten. Ha llegado el momento de ponerse seria, de perder el miedo, de no pedir perdón por haber sido capaz.

Hoy dejo también esta columna. Escribo la última sobrando ya el subtítulo de “en prácticas”. Ha sido un año de enorme crecimiento personal. Un año de renunciar voluntariamente a otras cosas para centrarme en esta. Me ha gustado la experiencia del mindfullness obligatorio vivido. No es un colegio fácil, ni pequeño, ni que permita tener horario de funcionaria, pero es el colegio donde trabajo y me gusta mucho. Ha sido un año de pérdidas pero también de encuentros y reencuentros, de aclarar quién estaba y quién no. Ya me lo avisó un jefe supremo: prepárate para que gente a la que consideras tu amiga deje hasta de hablarte. Yo me reí de su ocurrencia. Ya no me río. Siento una profunda tristeza por lo que he perdido, pero es mucho más lo que he ganado, así que lo doy por bueno. Ya hace mucho que no espero que se quede conmigo nadie que no quiera quedarse, ni siquiera me lo planteo la mayor parte de las veces, lo que no quiere decir que no sienta lo que toque sentir.

Aquí está la prueba de que no mandamos en nada. Si a mi familia se le ocurre, yo no podré ni evitarlo.

Aquí está la prueba de que no mandamos en nada. Si a mi familia se le ocurre, yo no podré ni evitarlo.

Lo dicho, se acabó. Termino mi perorata agradeciendo y abrazando a mis amigos. Dos personas muy especiales han llegado a mi vida este año, más ellas. Gracias Pablo, gracias Carmen.

Y sobre todas las cosas, quiero dedicar el último párrafo a mis enemigos, a mis detractores (suena importante, que no?), a quienes me hacen daño sin conocerme, porque ellos me enseñan cada día lo que debo cambiar en mí porque no me gusta.

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Diario (lectivo) de una directora en prácticas (mayo)

Mayo. He llegado a mayo con buena salud aparente y mejor salud mental. Me siento francamente bien. Ni siquiera yo confiaba del todo en mí, pero desde hace ya más de un año tomé la determinación de ir a todas partes con mi miedo escénico, mi miedo a equivocarme, mi miedo al rechazo, al fracaso y a alguna gente. Y miedo a que todo eso me costara una enfermedad. ¿A que cuesta creerlo? Pues así es.  Por alguna razón que no alcanzo a comprender, me aterran la estulticia y la mala leche. Y cuando van de la mano, el pánico se apodera(ba) de mí y no sabía qué hacer con todo eso. Pero ya no me pasa, ahora sólo me sorprenden algunas cosas.

Tengo un trabajo que a mí me parece que es muy sencillo, hermosísimo, y que por eso que llamamos prosperar, se ha terminado convirtiendo en un negocio, en algo muy complicado, en una tarea liosa que, si no la dominas, te domina ella a ti y acabas llorando por los rincones (lo he visto muchas veces). Además, es un trabajo que, en el caso de la escuela pública, deja poco margen de maniobra. La creatividad (no, la de dibujar bien o ir a museos no, la otra) se siente amenazada casi continuamente por numerosos motivos del más variado pelaje. Pero si consigues darle la vuelta…

Llegué a la Dirección del centro por derecho, sin ayuda y con mucho miedo. También por eso que llaman casualidad o “nada sucede por error”. Pero sobre todo, una vez que surgió la oportunidad, tomé la decisión de intentar conseguir el puesto (éramos tres aspirantes) por pura necesidad. He pasado más miedo pensando e imaginando, que haciendo (¿a que os suena?). He olvidado el miedo cogiendo al toro por los cuernos y tirando el capote a la basura, que yo no he venido a este mundo a torear a nadie (aunque sepa). He venido a trabajar, a intentar cambiar cosas que, en mi humilde opinión, deben cambiar en el sistema educativo en general y en mi colegio en particular. Pero sobre todas las cosas,  decidí optar a este puesto para aprender de mí y de mis posibilidades, y para no decepcionar a mis hijos.

Cuando tomé la decisión hasta tuve una gripe severa que me metió en la cama un par de días de Navidad. Me imaginé mil veces a mí misma fracasando, llorando y sufriendo… pero nada de eso ha pasado. Justamente estos días se está desarrollando la evaluación de los 51 directores y directoras en prácticas que hemos estado estudiando y ejerciendo este curso en la provincia de Sevilla.

Creo honestamente que debería estar aterrada en este momento, pero no lo estoy. El Consejo Escolar cree que he hecho un trabajo excelente. La Inspección aprueba con agrado mi labor y apoya mis propuestas de mejora y cambio, y mi formación. El curso para directores y directoras en prácticas que, con buen criterio,  la administración educativa andaluza obliga a realizar, lo he superado con holgura. Y casi todos los niños y niñas del colegio, en número de 780, me sonríen, me conocen y saben que me llamo Lola. La tranquilidad me acompaña a pesar de que me duelan y me cabreen cosas que no puedo comprender. Lo que aprendo y crezco me sirve de consuelo. Las personas nuevas que llegan a mi vida y las que voy recuperando me alimentan. No tengo nada que objetar, estoy muy agradecida.

No, claro que no. Todo no es bonito y espectacular. El primer trimestre creí morir con David y Carmela. El segundo trimestre me rendí. Dejé de empeñarme en cambiar a nadie y empecé a cambiar yo (más). He metido muchas patas, he olvidado cosas que había que hacer, he tomado decisiones que no han gustado a todo el mundo, he vivido momentos tremendamente duros. A veces pienso en el número 780 y en sus edades y me aterra que les pase algo, que se vayan sin lo que es suyo, que alguien pueda hacerles daño mientras yo estoy cerca y no me doy cuenta. He leído normativa en vez de novelas. He tenido que decirle a otras personas lo que tenían que hacer y la respuesta no siempre ha sido positiva. Me he despertado a media noche con la cabeza llena de cosas, de ideas, de respuestas, y he tenido que levantarme a escribirlas en un papel para poder seguir durmiendo. Alguna gente ha dejado de hablarme o mirarme (muy poca, por cierto), otra me mira con recelo o asco sin disimulo, y hay quien me hace la pelota. Suponen lo que pienso, elucubran sobre mis intenciones y me recuerdan la rabia que eso me daba a los quince años cuando lo hacía mi madre. Trauma superado, ya no me hago cargo de la imaginación ajena. Lo que usted piensa de mí, no es asunto mío.

Todo esto es importante e interesante. Muy gratificante hasta lo negativo, por lo mucho que se aprende. Pero ahora toca hacer balance con una misma. De todos los informes que la comisión que otorga el apto o no apto debe conocer, sólo me falta superar el más difícil: la memoria de autoevaluación que tengo que elaborar en estos días. Sé dónde he metido la pata y dónde he acertado. Sé que he sido honesta y que a veces me he rendido. Pero es muy difícil para mí contárselo a un grupo de personas que van a decidir por mí si puedo seguir intentando o no cambiar un cachito de mundo que siempre me ha interesado muchísimo: la escuela donde disfruto y trabajo para ganarme la vida, y que ayudo a financiar con mis impuestos.

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