Diario lectivo de una directora en prácticas (febrero)

Venía pensando por la calle, que es cuando mejor pienso, caminando por la vida, y pensaba en eso que llaman ahora liderazgo y, más concretamente, liderazgo educativo. Como soy directora en prácticas, novata y poco aficionada a aparentar que soy lo que no soy, y además me cuesta la propia vida sujetar el entusiasmo (la gente lo llama genio, pero yo, que soy la que está dentro de mí, sé que es entusiasmo y ganas de hacer cosas diferentes), meto patas que siempre tienen arreglo y que me están haciendo crecer ligerita. Nada más recomendable y productivo para hacerse mayor que meterse en un buen lío profesional, emocional o de los dos a la vez. El remix de ambos es para cuando quiero sacar nota, y ahora no es el caso.

Y pensaba ese mismo día, también, en Sir Ken Robinson y su acusación gratuita acerca de que las escuelas no son lugares donde desarrollar la creatividad. Probablemente tiene razón si nos referimos al alumnado. Bueno, probablemente no, tiene razón. Pero si hablamos de escuela pública y maestras, maestros y directoras en prácticas, la escuela pública es un campo de entrenamiento perfecto para que nos distingan con el Nobel Pro de la Creatividad Mundial.

¿Y por qué la escuela pública es un gimnasio para la creación? Porque en la escuela pública cabe todo. Inclusión lo llaman. Yo entendía como inclusión la aceptación natural de la diferencia y la atención a las necesidades especiales de cualquier índole, tamaño y condición. Solidaridad, cooperación, atención, escucha activa… Pero cada día y casi cada hora se dan situaciones que van de lo normal a lo sorprendente y son situaciones que hay que resolver en un suspiro, incluyan o no. Casi todas tienen que ver, por regla general, con la inclusión de medio pelo que estamos siendo capaces de ejercer unos y otras. Olvidamos también que no sólo incluimos al alumnado con sus individualidades constitucionales, sino al profesorado y a las familias con sus ídem. Casi tres mil personas entrando y saliendo por la misma puerta cada mañana no puede ser más que una maravillosa oportunidad de ejercer la ciudadanía responsable, la profesionalidad de calidad, o la bajuna más impensable en el lugar sagrado donde pasan su infancia los niños y niñas de nuestra, presuntamente superior, sociedad.

Sobre el papel, en la legislación, en los proyectos educativos incluido el mío, y en las cartas al director, está todo muy bonito, muy bien: comunidad que aprende, equipo de profesionales, familias participativas, administración proveedora… Otra cosa es la perversa realidad, esa señora tan molesta de la que nos pasamos la vida huyendo sin caer en la cuenta de que ella es, precisamente, la Vida. Por ejemplo, queremos que lo diferente no lo sea (misión imposible, lo diferente es diferente), y queremos, sobre todo, que no nos afecte. Las familias no aceptan a sus hijos e hijas tal como son y las maestras y maestros nos irritamos cuando algún niño o niña no responde a lo que creemos que es lo adecuado. Creyendo, encima-además, estar en posesión de la verdad acerca de lo que es normal y adecuado. Queremos que niños y niñas que apenas pueden sostenerse o llevar una vida normal debido a sus enfermedades o circunstancias (de las que podríamos hacer un listado casi infinito) permanezcan cinco horas lectivas sin hacer nada inapropiado y además escuchándonos y aprendiendo de una manera muy determinada y única. Obviamente, no funciona.

Claro que hay casos que impresionan por su dureza. Precisamente ahí es donde sale, el profesional, la profesional, con su valentía, su capacidad de adaptación, su amor y su tiramiento de la programación diaria y cerrada a la papelera. ¡Ay, Sir Ken Robinson! ¿Ha probado usted a trabajar en un sitio en el que hay grandes expectativas y tienes que apañarte con el personal que haya en calidad y cantidad? Pues yo lo estoy probando ahora, y nunca pensé que esta que lo es, que según mi maestra no servía más que para las matemáticas, se esté convirtiendo en una artista de la creación y la originalidad. Si eso no es creatividad que venga usted y lo vea.

Me atrevería a decir, sin ánimo de molestar, si acaso para defender lo que es mío como madre, maestra y contribuyente, que la escuela privada no dispone de semejante recurso de aprendizaje. Por razones obvias. Seleccionan al personal mayor y menor, eligen su ideario, ponen puertas al campo con el apoyo de las familias y controlan hasta lo incontrolable. Sin embargo, la escuela pública es variopinta, la hay en buenísimos barrios y en el peor de ellos, en ciudades y sobre todo, en pueblos. Viene a ser entonces que el liderazgo educativo, en el que venía pensando, es uno y trino. O politrino. Y el desarrollo de la creatividad y el crecimiento personal se ven reflejados en la seriedad con que las personas desarrollan su trabajo y en la profesionalidad con la que ejercen ese desarrollo.

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Diario lectivo de una directora en prácticas (enero)

Leo en todas partes sobre las cosas que debería hacer la escuela por nuestra sociedad. La escuela pública, claro.

Mejorar la formación del alumnado para mejorar la sociedad, subir el nivel y la excelencia como el IVA, con esa facilidad y por decreto. ¿Que si lo veo posible? Pues claro que lo veo, si no lo viera no estaría aquí, echando horas que nadie me pagará, máxime teniendo en cuenta que últimamente no me pagan ni las que son de ley, y eso que hay no-recortes, que si hubiera sí-recortes no quiero ni imaginar. Ahora bien, ¿que si es fácil y la escuela puede sola? Rotundamente, no.

Vuelvo al inicio. Ya lo he dicho muchas veces, no podemos hacernos cargo de la vida de los niños, las niñas, sus familias y sus cosas. No es que no queramos, es que no nos quedan horas. A veces, no nos queda energía. Y otras, no tenemos la sabiduría. Tenemos que enseñar raíces cuadradas en Infantil de 3 años, por si viene alguien a hacernos una prueba externa y además, conseguir que, mientras, sean felices. Así están preparados para salir airosos de las propuestas de cualquier instituto y ser humano docente, sea cual sea su ideología metodológica. Sí, la metodología tiene ideología.

Lo que acabo de escribir es una caricatura, pero está basada en hechos reales. Entro en algunas redes y leo a una experta, que no trabaja a diario en la escuela, diciendo que hay que romperlo todo y ser felices. Mientras la leo, me hago preguntas… ¿Cómo lo haría ella, que yo soy incapaz? Para empezar, la inspectora, el delegado, el alcalde y las limpiadoras no me darán permiso para ir con la maza tirando tabiques, salvo que aumenten la ratio. Tampoco van a dejar que la clase de Música dure cinco horas y la de Matemáticas 45 minutos. Si las Matemáticas son “divertidas” y se aprenden “jugando” y son útiles para la vida real, casi nadie entiende lo que haces y parece que la maestra no trabaja o es “excesivamente moderna”, no cultiva el esfuerzo, la disciplina y todo aquello que hará el provecho de las personas. Así, es difícil no sucumbir a la paz espiritual que proporciona el libro de texto, sus ejercicios pares e impares para los martes y jueves, y dejar de complicarse la vida. Apuesto a que la experta, el experto, no pasaría el filtro del aguante perpetuo que soporta a veces en la escuela la gente así, de mal vivir. De hecho, este filtro solo lo pasan algunos elegidos, gente que no se rinde y acaba felizmente agotada y, a veces, agitada.

Neuroeducación emocional feliz y contenta, llamaría yo a esta corriente que nos arrastra, la del marketing pedagógico que da tanto de sí en las charlas TED propias y ajenas. Las emociones y sentimientos legítimos se olvidan entre un maremágnum de ideas sueltas u ordenadas en libros, sobre lo que es la obligatoria felicidad y la educación emocional que niños y niñas (decimos) necesitan con urgencia, como si los mayores estuviéramos como una flor y preparadísimos para semejante empresa. Que no digo yo que algo no se pueda hacer, desde la escuela y desde su dirección, pero inventarse asignaturas impartidas por no sabemos quién, no va a cambiar el alma de nadie así como así. Ya se hacen cosas interesantes que no interesan, porque no hacen ruido ni dan réditos. Pero funcionan, aunque no lo digas en un blog.

Ahora que todo el mundo sabe de todo, especialmente de educación, esa actividad que pesa a tanta gente (progenitores, docentes y legisladores de variado pelaje), que no da dinero a corto plazo, esa educación pública, a la que pocos conocen pero todos denigran, nos manifestamos en las redes sociales (el debate analógico no existe apenas en el día a día de los colegios) luchando, decimos, por conseguir una educación que haga personas felices. Como si la docencia y quienes escriben las leyes (no siempre malas) pudieran transmitir lo que no son capaces de vivir y, como los padres que intentan enseñar a sus hijos a no mentir con los pies metidos en un pozo de mentiras propias, obligamos a las heridas a no doler, a las penas a no llorar y a la risa a salir solo los días de fiesta. Y eso, aunque lo escribas en un blog, no funciona.

También en las redes leo sobre el enfoque emprendedor en educación, el disciplinado, la ley del esfuerzo y el sufrimiento que lleva al éxito. La idea recurrente de que antes de la Logse estábamos mejor, como si alguien hubiera aplicado la Logse. Acaban casi de caer en la cuenta los sabios, defensores de la Enciclopedia Álvarez, de que las criaturas salen de la escuela sin saber guisar, planchar o hacer la declaración del IRPF. Hablan del emprendimiento como si de una tragaperras se tratara, olvidando que la mayor y mejor empresa que se puede llevar es hacerse cargo de una misma. O uno mismo. ¿Escuchamos emprendimiento e imaginamos al Tío Gilito?. Tenemos un problema. Otro más.

Seguimos. Neurociencia. Tecnología. Educación sexual. Y vial. Y económica. Y científica. Y el arte es imprescindible y ayuda a todo, hay que fomentar la creatividad, que lo dice Sir Ken en TED. Haz todo eso y además, prepara dos pruebas externas al año, este año. Es agotador a veces ver cómo engordan los papeles de los colegios, las “necesidades del alumnado”, lo pronto que deben aprenderlo todo, estén o no preparados, la pelea tediosa entre los defensores de Finlandia, Corea, PISA y la happy-felicidad, que además soy bilingüe. Encontronazos y palos de ciego, formación voluntaria, y a veces mediocre, para un trabajo que debería tener los mimos más grandes jamás soñados, que se mezcla con unas pretendidas necesidades que no he visto en los ojos de ningún niño, de ninguna niña.

La escuela anda pisoteada desde hace mucho por múltiples sitios, algunos incomprensibles e inesperados, como cuando se pisa, con minúsculas, a sí misma. Y sin embargo, resiste. ¿En qué condiciones? Depende de muchos factores. De quien manda, de quien ha dejado de mandar, de quien obedece o no… La escuela es un ser vivo que cambia cada año y, ahora lo sé, cada mes, semana y hasta cada día es una sorpresa, en cada momento puede ocurrir algo que le da la vuelta y así es como, con esfuerzo y disciplina, estoy desarrollando mi espíritu emprendedor y aprendiendo acerca de mi neurosis creativa.

Y francamente, soy casi feliz.

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McQ #10años

Acabo de leer a tu niña en Facebook. Te echa de menos, pero ya es una mujer, tiene un novio estupendo y la veo feliz.

Otras cosas apenas han cambiado y algunas han ido patrás que no serías capaz de creerlo. O a lo mejor sí, que muy “jipis” nunca fuimos. Ya casi no lloro cuando me acuerdo de ti, me sale más bien una sonrisa y cuando cuento alguna cosa tuya, de las que no me gustaban, añado “el muy capullo”. Nunca fuiste un capullo. Yo lo sé.

La gente se acuerda mucho de ti y siempre hablan de lo bueno que eras. Ya sabes que yo quería que no fueras tan bueno, que protestaras, que te fueras de donde te dañaban, ahora te pido perdón por meterme en tu vida. Te pido perdón por creerme más lista que tú. Te pido perdón por todo lo que no hice bien. Tenía tanto miedo de que nos pasara algo, que la que se pasaba era yo. Os pido perdón a los tres por hacerme la hermana mayor.

Las nenas están bien, rebeldes y muy guapas. Una con su amor y la otra peleando con tus sobrinos. Ya está bien de todo lo demás. Yo peleando por un sitio en el mundo y sin acabar de encontrarlo, pero me gusta el camino. Ahora soy la directora (en prácticas) del colegio y te reirías si me vieras. Tío, somos tan mayores… y seguimos siendo muy niñas en muchas cosas, ya sabes que nos cuesta cumplir las normativas. Y la rabia que a ti te daba eso.

Los niños, ya no tan niños, se acuerdan de aquel 28 de diciembre en el que te fuiste sin decirnos adiós. Me enfadé mucho. Yo nunca escuchaba el teléfono, aquel móvil que ahora parece un dinosaurio. Pero aquel día, en un bar lleno de gente, lo dejé en el bolso, me fui al baño y aún así, escuché que sonaba. No entiendo cómo pude escucharlo, pero lo escuché. ¿Fuiste tú silbándome al oído? Qué rabia me daba que me hicieras eso.

Cogí el teléfono al salir del baño. O llamé yo. No lo recuerdo. Después de cogerlo y escuchar algo sobre ti lo estampé en el muro del bar. La gente me miraba y yo no recuerdo lo que decía, sólo sé que estaba muy enfadada contigo. No quería ir a verte pero me llevaron. Allí estaba el Feo, José Antonio, tu amigo del alma; sentado en un sillón estuvo más de doce horas mirando al suelo sin hablar con nadie. Estábamos todos contigo, esperando una explicación que nadie esperaba, pero que sirve como excusa cuando la desesperación, la impotencia y el miedo nos dejan sin palabras.

Me ofrecieron un tranquilizante. No lo quise, no estaba nerviosa, estaba enfadada. Muy enfadada. Ahora sé por qué estaba así. Era mucho más fácil cabrearme contigo, como de costumbre, que aceptar que no volvería a verte, que te habías ido así, tan tontamente. Era más fácil cabrearme que sentir el dolor infinito de haber perdido a mi compañero de fatigas, a mi rival el día de los Reyes Magos, a mi amigo en la pandilla, a mi protector cuando los ligones no te gustaban, a mi sparring, a mi hermano mayor.

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Diario (lectivo) de una directora en prácticas (diciembre)

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Jornadas de in-formación para el papel de la Dirección.

Hoy la cosa va de mandar y de formación. De esto último no es de lo que voy a hablar, pero como viene al hilo y si no, yo lo enhebro, me gustaría que en algún momento alguien nos mandara y nos obligara a formarnos, como actividad incluida en el sueldo, por si sirviera de algo construir una cultura del aprender a aprender a lo largo de la vida para el profesorado y no sólo para el alumnado.

Mandar, según la RAE, que nunca se equivoca, sería una fuerza que va del superior al súbdito, ordenar, imponer, que leído así de pronto asusta mucho cuando hablamos de Escuela. Ya en la acepción cinco habla de encomendar o encargar algo, que viene siendo distinto. Y en la seis, se manifiesta la voluntad de que se haga algo. No me fijo en las demás, no me dicen nada a la hora de reflexionar sobre lo que me toca, que es dirigir un centro educativo con la normativa LOMCE y las instrucciones pertinentes. Están todas en la Red, las instrucciones y las normas, así que no las voy a glosar aunque me den ganas de irme derechita a la acepción tres de dicho término.

En Andalucía, donde nací, resido y ejerzo, cuando un ser humano opta y consigue trabajar de director o directora de un centro educativo, debe hacer, sí o sí, una formación que, estimo, es bastante completa. Y “gratuita”, de momento. Pongo las comillas porque la formación que estoy recibiendo, la paga el contribuyente, a quien estoy muy agradecida. No me veo pagando un máster a estas alturas de mi vida profesional. Y en esa formación, nos avisan continuamente de cuánto, cómo y cuándo debemos mandar en mi caso, para ser una efectiva lideresa pedagógica y no morir en el proceso.

Pleno infantil en el Ayuntamiento

Pleno infantil en el Ayuntamiento

La normativa nueva dice que debo mandar mucho. De hecho, una mamá en el ConsejoEscolar que acabamos de constituir, me dijo que se había presentado como sin entusiasmo, porque según ha leído en la LOMCE, “la que mandas eres tú”, así que para qué voy a venir. Visto así, no es de extrañar la escasa participación de las familias a la hora de votar a sus representantes en el órgano de gobierno del centro. También en algunos sitios, oficiales ellos, me dicen que debo mandar. Mi abuelo me llamaba madre priora, y siempre me han dicho que soy mandona. Sin negar ninguno de estos ataques gratuitos, que me sirven para vigilarme y verme, confieso que mandar no me disgusta, pero tampoco me entusiasma, porque agota. Y mirando a mi alrededor, salvo excepciones, veo cansancio, desbordamiento e ilusión a manos llenas en el resto de mis colegas en prácticas.

Agota decidir en solitario qué se va a hacer, cómo, cuándo y dónde. Agota conseguir desarrollar un proyecto, aunque sea en solitario, agarrarse al “yo mando” y comprobar que el proyecto no funciona porque el presunto súbdito no obedece. No hay que olvidar que los súbditos de que hablamos tienen derechos adquiridos legales y saludables y otros que ni una cosa ni otra, pero muy difíciles de erradicar. Difícil, no imposible. Pero agota.

Exposición de juegos artesanales.

Exposición de juegos artesanales.

Sin embargo, hay maneras de dirigir, y hasta de mandar, que no agotan. Por ejemplo, mandar sobre una misma. Eso relaja, no agota. También, mandar con, que no sobre, un equipo de personas que no tienen por qué pensar como yo, que hacen sus aportaciones, su parte, que ven lo que yo no veo y que me regalan sus opiniones, agota menos.

Y si te agota, ¿por qué lo haces? Esto sí que me lo sé. Lo hago porque me agota más no poder cambiar lo que no me gusta. Me cansa más aguantar. Y mandar, en caso de necesidad, acaba siendo la única manera de cambiar según qué cosas. Ya vendrá la evaluación, o no, a ponerme en mi sitio. Por suerte, la mayoría de las cosas se pueden hacer sin dar órdenes, en equipo, cooperando, colaborando, delegando, aceptando que no siempre tenemos razón. Sería terrible que un colegio dependiera del criterio de una sola persona, por excelente y lista que esta pueda ser, qué empobrecimiento. Hasta puede que aparentemente todo funcionara como dicen que debe, pero a poco que escarbas, cuando uno solo es el dueño del cortijo y no hay capataces y equipos de jornaleros cualificados, el dueño acaba alquilando la finca a un gestor que sepa sacarle rendimiento. Y yo no quiero eso para mi Escuela. El plan es otro y lo voy a esbozar un poquito aquí.

Captura de pantalla 2014-12-26 a las 20.45.52Primero, debo trabajar de la mano, cuidando mucho y escuchando más, al equipo directivo. La Jefatura de estudios es fundamental para que el alumnado consiga los mejores resultados humanos y académicos. La Secretaría es la sonrisa que recibe a las familias, que ayuda a resolver sus dudas, que tiene las llaves y que las usa bien. Nos acompañan una monitora-secretaria y una conserje que son el alma de la puerta, pasillos y ventanilla. Hay un equipo directivo expandido, imprescindible, el equipo técnico de coordinación pedagógica, ETCP, que vela porque se cumplan los acuerdos que nos llevarán a la mejora de aquello que dijimos. Y completando el cuadro, los equipos de Ciclo y el Claustro. Los y las coordinadoras de Planes y programas son también una pieza fundamental que conecta lo académico con lo transversal, con la vida.

Segundo, debo y quiero formar equipos de trabajo reales con las familias. Los que marca la ley y doscientos más: para el huerto, la navidad, el laboratorio móvil, las subvenciones, el acompañamiento… No estamos preparados para una comunidad de aprendizaje, pero sí para hacer comunidad y aprender en ella. Ya lo he vivido antes, a pequeña escala, en el aula. Y sé que funciona. ¿Por qué no iba a funcionar haciéndolo a lo grande? Tenemos el Consejo Escolar atiborrado de padres y madres deseando ayudar, participar, conocer. Y el perfil de delegado y delegada de aula, de padres y madres, es una figura imprescindible para que todas las familias conozcan y se sepan parte de la comunidad. Y las mamás de la AMPA, imprescindibles. Vamos a trabajar de la mano, a lo largo de todo el curso, en aquello que creamos prioritario, urgente, obligatorio y, también, vamos a compartir momentos de alegría, celebración y conversación distendida.

Asamblea de delegados y delegadas de aula con la directora y la jefa de estudios.

Asamblea de delegados y delegadas de aula con la directora y la jefa de estudios.

Finalmente, el alumnado, en las asambleas de centro, será un termómetro claro de cómo vamos. Hay pocas evaluaciones que, sin serlo, sean más certeras que las opiniones, ruegos y preguntas que hacen los niños y niñas en estas reuniones. Y, como de momento estamos sólo poniendo los cimientos, sus aportaciones y propuestas son una bocanada de aire fresco cuando el hartazgo empieza a hacer mella y el fantasma de las ganas de mandar acechan.

Yo sé que no funciona el ordeno y mando en un centro educativo. No funciona el decretazo. Estamos intentando encontrar otra cosa. Ya veremos, llegado el momento, lo que aquí funciona.

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Diario (lectivo) de una directora en prácticas (noviembre)

Los días de la semana y los meses del año se escriben con minúsculas.

IMG_7415Este paseo empezó el 1 de julio, pero la avalancha de actividad tiene ahora dos meses de edad. Nunca he tenido más ganas de Navidad que este año, y no hablo de regalos, bullas, luces ni pavo relleno, que no me gusta nada. Y además estamos celebrando Halloween con ahínco y temperatura primaveral, así que no ha lugar a semejante ensoñación del ánimo. Trabajar, trabajar, trabajar.

Trabajar aunque no se note.
No es que esté cansada ni desilusionada.
planopatioNi remotamente. Cada vez tengo más ganas de poder hacer mi trabajo, ese que llaman de lideresa pedagógica, y del que no acabo de ver el momento en que lo pueda iniciar. La vida
del colegio no me deja trabajar. La vida del colegio es eso, vida. Y está muy viva. Hay días
que tanto, tanto, que dan ganas de matarla.
Entre quejas, papeles, protestas, papeles, desmanes, papeles, alguna caricia, papeles y
más papeles, a ratos encuentro un momento para pensar en la mejor manera de solucionar
este problema tan grave que nos tiene secuestrados. Y lo pinto. Y pinta bien. Luego llego al sitio y el cuadro no encaja con el color de la pared que otras personas, con el mismo derecho que yo, o no, han elegido para ese día. Y aprendo a esperar.
La Administración, que también soy yo, no siempre cumple su función o atiende a sus
responsabilidades, pero ya sabemos aquello del voleibol educativo que sumado al marketing pedagógico mal entendido, es una rémora importante en la vida de un centro. El yo no he sido, yo no tengo la culpa, eso no es de mi área y etcétera, nos mantienen en un poco a poco desesperante, pero que tiene pinta de ser cómodo para la mayoría, ya que, en caso contrario, las cosas cambiarían.
En pleno calor otoñal y celebraciones bilingües, estamos también en pleno proceso electoral para la renovación completa del consejo escolar y es momento de reflexión, por ejemplo, acerca de la responsabilidad que no asumimos en general y que tiene consecuencias en particular. “A mi hijo no le pasa nada, no tengo ninguna necesidad de meterme en líos” es una expresión que no descubro ahora desde mi sitio provisional (todo lo es, nada es para siempre), sino que la llevo escuchando años y años. Yo misma hubiera querido ser así, pero no pude. Me gusta participar en mi vida, y mi trabajo es parte de mi vida. Me gusta un mínimo de dignidad en mi vida, y dignificar mi trabajo forma parte de mi vida. No me gusta que me mangoneen y, por eso mismo, he procurado participar siempre en todo lo que he podido y que no me hiciera daño, algo que no siempre he conseguido.
Ni que me dejaran participar ni salir ilesa de todo. Sea como fuere, cada vez que he tenido que decir algo que no me gustaba, llevaba en el bolsillo una propuesta, una alternativa, alguna idea, muchas veces erróneas, pero siempre honestas y con miras a cambiar un sistema que yo sé que no funciona, sino que solo sobrevive, a veces a duras penas. Pero casi nunca me las han aceptado.
Captura de pantalla 2014-11-06 a las 23.07.05Por eso, ahora soy directora. En prácticas. Y sigo siendo yo y sigo diciendo lo que no acabo de ver claro, y me sigo equivocando sin miedo a reconocerlo. Y sigo saliendo a veces contenta, a veces escaldada. Y veo como mucha gente como yo insiste sin quemarse, sin descanso, en cambiar lo que no funciona. No se trata de si está bien o mal, esa dicotomía en la escuela solo hace daño. No se trata de si tú eres de mi palo o del contrario (la gente suele ser del suyo propio), sino de si sé cuál es mi función diaria, cuál es mi sitio, qué tengo que hacer cuando llego al colegio y cuando entro en mi aula. Esto no es bueno o malo, es saber o no saber, hacer o no hacer.
A veces, en las organizaciones donde el voluntariado aún tiene cabida, y lo público tiene esa peculiaridad, la voluntad depende de los afectos y, más aún, de los desafectos.
De ahí que la tarea monumental sea encajar las emociones, sentires y sensibilidades diversas con un trabajo que, sin perder esta característica propia, que nos hace crecer como individuos y como sociedad, no acabe olvidando y dejando a un lado la necesaria, imprescindible y urgente actividad que, en momentos cada vez mayores, debe ser estrictamente profesional, sin depender de si me apetece o no.
Yo no siento que las personas concretas, me gusten o no, sean las que condicionan mi modo de ver el funcionamiento de los colegios en los que he estado y del que dirijo ahora mismo. Es obvio que se está mejor entre amigos, entre gente que te escucha, que aprecia lo que haces y que se siente, cómo no, apreciada, querida y escuchada.
Es obvio que el sistema no funciona cuando hay engranajes que llevan siglos sin aceite y se atascan, se atascan, se atascan, mientras esperamos que el desatascador sea siempre
el otro. Y, también es obvio que, a pesar de tanta obviedad, como quiera que hay gente
que llega y sabe cuál es su sitio, lo que le toca, y además lo hace con alegría y profesionalidad, esto funciona a pesar de los desbarajustes, el alumnado aprende a pesar de nosotros, las familias van encajando cuál es su sitio y cada mañana, al lado de unos cuantos desbarajustes, ocurren cien milagros chiquitos que hacen que el desastre no nos coma.
Yo tengo un plan, solo uno. Es tan sencillo, tan barato, tan poco espectacular, que
me va a costar un imperio ponerlo en marcha, pero lo conseguiré.

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DIARIO (LECTIVO) DE UNA DIRECTORA EN PRÁCTICAS. OCTUBRE.

Lidiando con la estulticia. Así podría ser el titular de estos últimos días vividos como directora en prácticas. Este título me sale cuando estoy enfadada con el mundo y, sobre todo, cuando estoy enfadada conmigo misma (soy una mujer básicamente feliz, pero no idiota) y veo la parte que pongo yo en todo eso de desgastarnos y desgastar a los demás con conversaciones interminables, repetidas y sin apenas contenido, y en las que nos enzarzamos creando bucles interminables de tonterías varias, que solo sirven para pasar, año tras año, casi sin pena ni gloria pedagógica, por esas aulas del mundo. Lamentablemente, no es solo una mala praxis del mundo docente. Tenemos una inestimable colaboración en el mundo familiar, últimamente vía WhatsApp, y en la Administración, que sigue poniendo el voto por encima del niño.
Cuando se hacen planes para cambiar el mundo, el de una, se hacen sobre bonito, faltaría más. Sueñas con una escuela diferente donde se pongan por delante de cualquier otra consideración los niños y niñas del curso en curso, y luego, si eso, te ocupas de lo demás. Pero eso no es real. O no lo es del todo.Y, lo que es peor, en muchos casos, ni siquiera parece que le importe (mucho) a (casi) nadie.
Es increíble como, a pesar del amor que decimos derrochar por la infancia, la propia y la ajena, cada día y cada hora hacemos cosas que dañan a los sujetos de nuestro presunto amor. Es increíble como, a pesar de ser la mayoría de nosotros, la inmensa mayoría del profesorado, eso que llamamos buenos profesionales, se nos va la olla continuamente y hacemos dos mil cosas al día, todas urgentes (dicen), todas cargadas de certezas (esas que empiezan todas las guerras) y todas encaminadas al bien común y la paz mundial, que diría una miss cualquiera (por eso a mí nadie me llama “Seño”); y, sin embargo, no hacemos lo que hay que hacer. En la misma situación están familias y Administración, que marean la perdiz, echan balones fuera y no hacen lo que tienen que hacer. El voleibol, deporte educativo mundial.
Surfear mejor que voleibolear

Apenas llevo unos días de directora en prácticas y ya puedo decir, y digo, que me siento bien a pesar de las zancadillas, la maledicencia y todo lo que no se puede demostrar, pero que casi todo el mundo sabe. Una de las peores cosas que estoy experimentando es la sensación de falta de libertad. No poder decir lo que sabes, lo que ves, lo que te llega sin pedirlo o, sencillamente, lo que te dé la gana decir; eso lo echo mucho de menos, a pesar de que tampoco es que esté inmersa en la Escuela del Silencio. Qué lástima no tener una boca prestada. Tampoco puedo contarlo todo cuando es bueno, no crean que estoy emitiendo un mensaje negativo en todo su ser. Me están pasando tal cantidad de cosas maravillosas que contarlo igual resultaría cargante. Me lo quedo para mí y los míos.
Estoy siendo muy feliz en este nuevo puesto de trabajo donde cuesta mucho pasar un día sin que alguien te enmiende la plana, sin que te hagan propuestas inviables, sin que alguien te culpe de su (su, he dicho su, no mi, ni tu, sino su) falta de iniciativa y quiera que te hagas cargo de sus cosas. Apagar fuegos, hacer kilómetros por los, afortunadamente, amplios espacios del colegio, escuchar, recibir sin cita y hasta ofrecer la cajita de pañuelos que escondo en el cajón del despacho de Dirección a quienes llegan a hacer terapia más que a hablar de educación.
Hay una parte fea, muy fea, de la sociedad en la que vivimos, que se refleja en la escuela, y que tiene que ver con el mal perder de las personas. O que también podría llamarse intolerancia a la frustración, la no aceptación de que la vida es cambiante y que los derechos son para todas las personas, y no para unas cuantas. La soberbia, lo llamaba mi abuelo, un señor que tenía poco de demócrata, pero a quien le sobraba el sentido común. Esa soberbia de creer que lo sabemos todo, de creer que somos mejores que los demás, de despreciar todo lo que no esté a tu servicio o a tu gusto, esa soberbia, digo, es la que nos está impidiendo mejorar los resultados de las pruebas externas. No te digo nada de la situación del ser interno.
Esa soberbia no es exclusiva de nadie ni de un sector concreto. Es un mal general. Es un vivir fuera que nos hace descuidar el dentro. Es un ocuparse de las vidas ajenas porque la nuestra, probablemente, nos aterra. Es no saber transmitir a los niños y niñas, con la mejor de las herramientas, que es el ejemplo, un saber estar pacífico, amable, respetuoso y sereno, a pesar de que son esas mismas habilidades las que les exigimos sin ningún tipo de pudor. Una vez más, docentes, familias y Administración jugamos este juego neurótico de exigir sin dar, de hablar sin saber, de odiar sin conocer.
Soy feliz en este trabajo que me agobia a ratos cortos, muy cortos, que me entusiasma
las más de las veces, que veo pisoteado por agentes externos; que no dejo pisotear y que disfruto junto a mis compañeros y compañeras disfrutones. Porque nada sucede por error, hemos formado un equipo maravillosamente imperfecto viviendo un inicio de curso que no olvidaremos jamás, pero que, cada noche, cuando estamos solos en el corazón del colegio, antes de irnos a casa, acabamos diciendo: ¿Y lo que nos vamos a reir cuando nos acordemos de este agobio? ¿Y la satisfacción que vamos a sentir ante cada logro por pequeñito que sea? ¿Y la suerte que tenemos de estar acompañados por gente tan buena como la que sabemos? Eso sí, este año no ligamos, ¿lo sabéis?
Y estamos, estoy, muy agradecida a esa parte grande de la docencia, las familias y la Administración que, a pesar de todo, no se rinde, no calla, y sabe que algún día, cuando menos te lo esperas, los buenos resultados del trabajo bien hecho y el ejemplo honesto terminan dando el maravilloso fruto de la buena educación.

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DIARIO (LECTIVO) DE UNA DIRECTORA EN PRÁCTICAS

(El artículo del Periódico Escuela del mes de septiembre)

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A veces, una no tiene más remedio que hacer cosas que no tenía pensado hacer. Y se recicla en directora de colegio. Eso me ha pasado a mi. Las que somos un poco inquietas, pensamos o decimos directamente: “Esto no me gusta. Yo lo haría de otra manera” dando por supuesto que será mejor, creyendo que nunca nos vamos a encontrar en la situación que estamos mejorando con la palabra o el pensamiento. ¿A alguien no le ha pasado?.
“Cambia tú y cambiará el mundo”, repetía yo sin parar a mis hijos, a mi alumnado, a veces incluso me lo decía a mí. Y, francamente, todavía estoy convencida de que eso es así, sin duda alguna. Pero una cosa es repetir, leer, disfrutar y dejar que te impregne un mensaje así y otra bien distinta, ponerlo en práctica en las situaciones vulgares y cotidianas de la vida.
Y así es como, a veces, una se topa de cara con los propios consejos, sin haberlo solicitado. Hablar a los hijos, a los amigos, al alumnado, o a la familia, de una oportunidad de cambiar algo que no te va bien, añadiendo “pero yo no haré nada, no tengo ganas de líos”, provoca en ellos, ampliamente sermoneados con el famoso mensaje de Gandhi, una reacción que puede darte el empujón definitivo: “Si no piensas hacer nada, no vuelvas a ilustrarme con frases lapidarias”. Ya saben, tu hijo, tu espejo. También hay quien, comprendiendo que Gandhi no somos todos, te dice: “Si te va a costar la salud, ni lo intentes”. Ya saben, tu otro hijo, tu otro espejo.
Hay quien te anima y quien te desanima. Quien cree que dirigir un colegio es un puesto prestigioso y quien lo considera una tortura. Hay quien te dice: “Yo no lo haría, pero si los que están no se quieren ir, no puede ser tan difícil”. Y, faltaría más, no escasean quienes esperan que te la pegues el primer día. Incluso te avisan de los kilos que vas a perder y de la mala cara que se te pondrá. Encuentras apoyos incondicionales que no hacen nada por ti y todo lo contrario, y aprendes, porque ya lo sabías, que todo está bien así, que cada quien hace lo que puede y, aunque apenas he empezado, ya veo a la Vida, la de siempre, paseando por el pasillo del despacho de Dirección.
Recuerdo al director de mi primer colegio, el XXV Años de Paz de un pueblo andaluz muy castigado por la miseria, repartiendo carpetas de piel, con llave, y bolígrafos a juego, a todo el claustro, como un señorito que ha pagado de su bolsillo. Ya entonces apuntaba maneras (él también) y mi primera pregunta en un Claustro fue: “¿Por qué se gasta el dinero de los niños en carpetas para los maestros?”. Por aquel entonces yo no usaba lenguaje inclusivo, era absolutamente esclava de la RAE y de alguna cosa más. No recuerdo lo que me dijo porque el grito me asustó tanto que dejé de oír lo que decía. Un maestro que ya entonces trabajaba por proyectos y que me adoptó para que no me mandaran a galeras, se reía a carcajadas y me dijo: “Qué valiente, algún día te lo dirán a ti”. Yo nunca seré así, pensé. Así que no he comprado carpetas de piel este verano.
Además del cambio de puesto de trabajo y, después de treinta años de tutora sin respiro, coincidir con cambios legislativos del tamaño de nuestra enésima ley educativa, la LOMCE, con un borrador curricular andaluz que no está aprobado pero que aprobarán, con los recortes visibles y los invisibles, y con las consecuencias que todo esto está teniendo, no voy a negar que la emoción es, si cabe, aún mayor. Cuando era pequeña lo llamaba susto, ahora lo llamo emoción y aprendo a gestionarla.
¿Hacemos módulos de 45 minutos? ¿De 55 minutos? Mientras Tonucci pregona lo malo que es hacer módulos por esas universidades y nos rompemos las manos aplaudiéndole, y mientras compartimos vídeos de TED donde Sir Ken Robinson nos acusa de matar creativos, y Gardner nos llama antiguos, nosotros seguimos la normativa y perdemos el tiempo en encajar minutos y segundos en un afán inútil de controlar lo incontrolable y, eso sí, cumpliendo a rajatabla la ley. Hay que trabajar competencias y cubrir objetivos. No podemos adoctrinar pero la Religión puntúa y los Valores cívicos y sociales son su alternativa. Debemos enseñar espíritu emprendedor desde un puesto de funcionario y al mismo tiempo examinamos, que no evaluamos, al alumnado con números y pruebas iguales para todos. No puedo seguir poniendo ejemplos porque se me acaban las palabras que me dejan escribir aquí, pero quería hacer constar que es muy difícil lidiar con tanto toro y tan poco trapo, mientras una sociedad que no se parece en nada a la finlandesa, te exige que seas Finlandia.
Y así, pensando en todo esto, es como este verano he leído currículos en vez de novelas. Instrucciones en vez de ensayos o cómics. Ya sé, ya sé que el verano es largo y hay tiempo para todo, pero la primera vez de lo que sea, siempre es diferente, densa, ansiosa, emocionante, feliz y acaparadora. Hoy he decidido que, como siempre, voy a escuchar a los demás y a dejar que decida mi corazón. Voy a aprender humildad y voy a vivir aquí y ahora, lo que toque.
Mientras escribo estas líneas, pienso en las personas que me han acompañado en este verano tan extraño en el que las vacaciones han sido una cosa rara que ha pasado demasiado rápido. Se llaman Javier, Carlos, Pepe, Carmela, David… y Manolo. Gracias a todos ellos por no dejarme sola.

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