Un año de Amor (del bueno).

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Diseño regalo de Néstor Alonso Arrukero al colegio donde trabajo.

Lo hemos pasado terriblemente mal en muchos momentos.
Hemos trabajado por encima de las posibilidades de nuestros sueldos y de nuestros gobernantes.
Hemos casi llorado en ocasiones por diversos motivos.

No hemos tratado mal a nadie. Y no hemos reaccionado (casi) cuando nos han tratado mal.  Hemos procurado hacer oídos sordos a la maledicencia (y casi lo hemos conseguido).
Hemos disfrutado como niño y niñas cuando hemos recibido ayuda y apoyo, que han sido muchas veces, de muchas personas, ninguna sospechosa de nada malo. Nos ha hecho tanta ilusión…

Hemos tenido mucha suerte porque nunca hemos estado mal los tres a la vez (salvo un día de la semana pasada). Pero no nos hemos rendido ni un día, sólo a veces nos hemos ido a dormir, a desconectar, a volar, a ponerle flores a los muertos…

Hemos intentado comprender el dolor ajeno, con razón o sin ella, enfadados a veces, dándonos permiso para hacer la vista gorda (durante un tiempo) para cuidarnos. Y hemos dejado cosas que nos dañaban, ayudándonos a tomar decisiones (personales también).

No nos ha importado, ni nos importa, la vida de la gente, lo que piensan o lo que imaginan, sabemos que los suponeres son, por definición, tóxicos. Hemos mirado dentro y hemos mirado a los ojos, especialmente de los y las que importan. Hemos intentado aislarnos de todo para ver sólo colegio y educación.

Hemos resistido a quienes han intentado que no fuéramos un equipo. A las advertencias de que no funcionaría porque no somos excelentes como el ministro saliente. Porque yo no hablo inglés, porque Mela no hace surf y porque el Porri no sabe guisar. Sabemos que nos han insultado, y nos hemos reído. O hemos dicho “Jo, qué pena, no?” (adivina quién). Yo he atiborrado a David con salmorejo, Mela a mí con tortas integrales y ella ha comido manzanas. Hemos comido en el comedor, con la chiquillería… qué experiencia ;)

Nos hemos reído mucho. Muchísimo. Nos hemos partido de risa enterrados en papeles y problemas. Hemos aprendido palabras nuevas como borrasca, sor, big, Basta!, despedido!, ¡¡No!!, Vále! (con tilde), y cientos más, todas de gran utilidad para la humanidad. Eso sí, en diversos idiomas.

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Uno de julio de 2014. Íbamos al Ayuntamiento y no, no fue premeditado.

Hemos cumplido juntos un año y lo vamos a celebrar. Los tres juntitos. Cada uno siendo como es. Sin necesidad de pensar igual, medir igual o ser igual de listos. Sin necesidad de competir ni ser mejores que nadie. Hemos cumplido un año porque hemos trabajado como mulas, porque nos hemos escuchado, porque hemos sabido ceder, no presumir, esperar, preguntar, buscar y encontrar una solución para cada problema.

Algún mosqueo hubo. Alguna cosa habrá aún por decir. No somos ni queremos ser perfectos porque nos queremos como somos, porque cada uno de los tres puede con lo que los otros dos no podrían. Porque nos hemos repartido las tareas y los problemas.

Hemos crecido. Ya no nos reconocemos en aquellos tres que no sabían por dónde empezar y que cada día veían su plan de trabajo roto por las circunstancias casi siempre ajenas.

Ahora nos queda recoger. La sensación de no habernos movido de allí en un año es extraña, pero ya no tenemos miedo, sólo ideas para mejorar lo que no hemos hecho bien y no repetir nuestros errores (que han sido muchos menos que los de Séneca, por ejemplo).

¿Y qué va a ser de mí cuando estos dos se vayan a sus respectivas vacaciones? Pues que les voy a echar mucho de menos, ¡¡¡¡¡¡pero aquí!!!!!

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Para gustos, los colores… a mí me gusta mi tierra.

Porque hemos creído en nosotros mismos y en los otros dos, hemos cumplido un año de Trabajo, Escuela y Amor.

Y un millón de gracias a quienes nos han sostenido más en silencio y nos han ayudado a portear los miedos, aliviando el peso y enseñándonos cómo funcionan los sistemas ;))

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Diario lectivo de una directora en prácticas (y junio)

Ya está, se acabó. O mejor dicho: ya está, por fin puedo empezar “en serio”.

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Cara A del programa de la semana cultural que nos ha hecho crecer como personas y profesionales.

APTO, dice el papel. Ese apto, que es apta, responde a la evaluación que durante el curso se ha llevado a cabo sobre mi gestión y la de 51 colegas más en la provincia de Sevilla y que tiene estas porciones: informe del Consejo Escolar, informe de la Inspección, actividad durante todo el año y aprovechamiento en el curso para la Dirección en prácticas, informe de mi tutora (personal traineresa) en dicho curso, informe del Director del CEP de la zona del colegio donde trabajo, y una memoria de autoevaluación que debí enviar a la Comisión Provincial que finalmente decide con el análisis de todos estos datos… Parece que en la escuela pública se tiene claro el proceso. Nada que ver con poner a alguien a dedo para gestionar alguna cosa.

Me gusta que haya tanto de donde tirar. No hubiera sido capaz de presentarme a la selección si hubiera sido una elección, no disfrutaría igual si me hubiera puesto el dueño del colegio, ni siquiera me gusta que los colegios tengan más dueños que los niños, las niñas y sus familias. Y ahora estoy dándome cuenta del mogollón en el que me he metido.

Yo lo veo. Cuando le digo esto a mi amiga la científica, se ríe. Y es que lo veo. Y también veo lo que no va a poder ser. E intento aceptarlo mientras voy pergeñando estrategias que eliminen o minimicen lo que no veo ni quiero ver.

Quiero ver que, con el sostén de los nuevos libros de texto, somos capaces de mejorar la formación del alumnado sin perder de vista que el libro no es el que me hace maestra. Quiero una convivencia pacífica en el centro que sea generadora de actividad, cambio y discusión, no quiero una paz muerta. Coeducación, TIC, TAC, TEP, huerto, paliar la falta de recursos para que la inclusión que pregonan unos la pongamos en marcha otros… quiero ver gente que no tiene porqué quererse, ni admirarse, pero que sabe respetar al otro, a la otra y a las cochinitas del patio. Quiero unas normas que la comunidad califique de razonadas y razonables, normas que todo el mundo conoce y respeta. Un Plan de Convivencia que incluya todo eso y que no defina lo que es un parte de siete maneras sin haber inventado antes el itinerario a seguir para que nadie necesite un parte, una amonestación, ni una bronca. No, no hablo del nirvana. Hablo de unos mínimos y de alcanzar un bienestar personal de cada quien que redunde en el bienestar global sin tenerlo que analizar mucho. Lo sé, no es fácil, pero yo no lo veo imposible.

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Cachito del borrador nacido inmediatamente del “¡anda, tengo una idea!”. Lo llaman de muchas maneras en inglés, para mí es la pizarra de pensar del despacho de Dirección.

La convivencia que integra tantas facetas, que es poliédrica como la vida, como nosotros, junto con el análisis, el desarrollo y la puesta en práctica del trabajo por, con y en competencias clave, esas de toda la vida pero con tinte europeo ahora, es mi siguiente donde pongo el ojo pongo la bala.

Ya no quiero saber nada de este año que termina. No es razonable teniendo en cuenta que queda un mes de trabajo y un verano de escribir el Proyecto Educativo, pero siento lo mismo de siempre: ganas de tirar el bolígrafo por la mitad, el cuaderno sin terminar y empezar otros nuevos. Blanco, sin manchas, el cuaderno nuevo siempre es una nueva oportunidad, una ilusión que sirve para arrancar sin miedo (o sin conciencia, que sirve igual). El cuaderno de papel, ese que es íntimo y no interrumpe el viaje a los adentros como hace el ipad, pide a gritos ya que le cuente qué planes tenemos, qué planes tengo, y cómo lo vamos a contar para que las personas que deben ponerlos en práctica los tomen como lo que son, y no como otra cosa. Hacerse entender. Comunicarse bien. Elegir bien las vías. Curar los contenidos de los mensajes para no malinterpretar ni permitir que me malinterpreten. Ha llegado el momento de ponerse seria, de perder el miedo, de no pedir perdón por haber sido capaz.

Hoy dejo también esta columna. Escribo la última sobrando ya el subtítulo de “en prácticas”. Ha sido un año de enorme crecimiento personal. Un año de renunciar voluntariamente a otras cosas para centrarme en esta. Me ha gustado la experiencia del mindfullness obligatorio vivido. No es un colegio fácil, ni pequeño, ni que permita tener horario de funcionaria, pero es el colegio donde trabajo y me gusta mucho. Ha sido un año de pérdidas pero también de encuentros y reencuentros, de aclarar quién estaba y quién no. Ya me lo avisó un jefe supremo: prepárate para que gente a la que consideras tu amiga deje hasta de hablarte. Yo me reí de su ocurrencia. Ya no me río. Siento una profunda tristeza por lo que he perdido, pero es mucho más lo que he ganado, así que lo doy por bueno. Ya hace mucho que no espero que se quede conmigo nadie que no quiera quedarse, ni siquiera me lo planteo la mayor parte de las veces, lo que no quiere decir que no sienta lo que toque sentir.

Aquí está la prueba de que no mandamos en nada. Si a mi familia se le ocurre, yo no podré ni evitarlo.

Aquí está la prueba de que no mandamos en nada. Si a mi familia se le ocurre, yo no podré ni evitarlo.

Lo dicho, se acabó. Termino mi perorata agradeciendo y abrazando a mis amigos. Dos personas muy especiales han llegado a mi vida este año, más ellas. Gracias Pablo, gracias Carmen.

Y sobre todas las cosas, quiero dedicar el último párrafo a mis enemigos, a mis detractores (suena importante, que no?), a quienes me hacen daño sin conocerme, porque ellos me enseñan cada día lo que debo cambiar en mí porque no me gusta.

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Diario (lectivo) de una directora en prácticas (mayo)

Mayo. He llegado a mayo con buena salud aparente y mejor salud mental. Me siento francamente bien. Ni siquiera yo confiaba del todo en mí, pero desde hace ya más de un año tomé la determinación de ir a todas partes con mi miedo escénico, mi miedo a equivocarme, mi miedo al rechazo, al fracaso y a alguna gente. Y miedo a que todo eso me costara una enfermedad. ¿A que cuesta creerlo? Pues así es.  Por alguna razón que no alcanzo a comprender, me aterran la estulticia y la mala leche. Y cuando van de la mano, el pánico se apodera(ba) de mí y no sabía qué hacer con todo eso. Pero ya no me pasa, ahora sólo me sorprenden algunas cosas.

Tengo un trabajo que a mí me parece que es muy sencillo, hermosísimo, y que por eso que llamamos prosperar, se ha terminado convirtiendo en un negocio, en algo muy complicado, en una tarea liosa que, si no la dominas, te domina ella a ti y acabas llorando por los rincones (lo he visto muchas veces). Además, es un trabajo que, en el caso de la escuela pública, deja poco margen de maniobra. La creatividad (no, la de dibujar bien o ir a museos no, la otra) se siente amenazada casi continuamente por numerosos motivos del más variado pelaje. Pero si consigues darle la vuelta…

Llegué a la Dirección del centro por derecho, sin ayuda y con mucho miedo. También por eso que llaman casualidad o “nada sucede por error”. Pero sobre todo, una vez que surgió la oportunidad, tomé la decisión de intentar conseguir el puesto (éramos tres aspirantes) por pura necesidad. He pasado más miedo pensando e imaginando, que haciendo (¿a que os suena?). He olvidado el miedo cogiendo al toro por los cuernos y tirando el capote a la basura, que yo no he venido a este mundo a torear a nadie (aunque sepa). He venido a trabajar, a intentar cambiar cosas que, en mi humilde opinión, deben cambiar en el sistema educativo en general y en mi colegio en particular. Pero sobre todas las cosas,  decidí optar a este puesto para aprender de mí y de mis posibilidades, y para no decepcionar a mis hijos.

Cuando tomé la decisión hasta tuve una gripe severa que me metió en la cama un par de días de Navidad. Me imaginé mil veces a mí misma fracasando, llorando y sufriendo… pero nada de eso ha pasado. Justamente estos días se está desarrollando la evaluación de los 51 directores y directoras en prácticas que hemos estado estudiando y ejerciendo este curso en la provincia de Sevilla.

Creo honestamente que debería estar aterrada en este momento, pero no lo estoy. El Consejo Escolar cree que he hecho un trabajo excelente. La Inspección aprueba con agrado mi labor y apoya mis propuestas de mejora y cambio, y mi formación. El curso para directores y directoras en prácticas que, con buen criterio,  la administración educativa andaluza obliga a realizar, lo he superado con holgura. Y casi todos los niños y niñas del colegio, en número de 780, me sonríen, me conocen y saben que me llamo Lola. La tranquilidad me acompaña a pesar de que me duelan y me cabreen cosas que no puedo comprender. Lo que aprendo y crezco me sirve de consuelo. Las personas nuevas que llegan a mi vida y las que voy recuperando me alimentan. No tengo nada que objetar, estoy muy agradecida.

No, claro que no. Todo no es bonito y espectacular. El primer trimestre creí morir con David y Carmela. El segundo trimestre me rendí. Dejé de empeñarme en cambiar a nadie y empecé a cambiar yo (más). He metido muchas patas, he olvidado cosas que había que hacer, he tomado decisiones que no han gustado a todo el mundo, he vivido momentos tremendamente duros. A veces pienso en el número 780 y en sus edades y me aterra que les pase algo, que se vayan sin lo que es suyo, que alguien pueda hacerles daño mientras yo estoy cerca y no me doy cuenta. He leído normativa en vez de novelas. He tenido que decirle a otras personas lo que tenían que hacer y la respuesta no siempre ha sido positiva. Me he despertado a media noche con la cabeza llena de cosas, de ideas, de respuestas, y he tenido que levantarme a escribirlas en un papel para poder seguir durmiendo. Alguna gente ha dejado de hablarme o mirarme (muy poca, por cierto), otra me mira con recelo o asco sin disimulo, y hay quien me hace la pelota. Suponen lo que pienso, elucubran sobre mis intenciones y me recuerdan la rabia que eso me daba a los quince años cuando lo hacía mi madre. Trauma superado, ya no me hago cargo de la imaginación ajena. Lo que usted piensa de mí, no es asunto mío.

Todo esto es importante e interesante. Muy gratificante hasta lo negativo, por lo mucho que se aprende. Pero ahora toca hacer balance con una misma. De todos los informes que la comisión que otorga el apto o no apto debe conocer, sólo me falta superar el más difícil: la memoria de autoevaluación que tengo que elaborar en estos días. Sé dónde he metido la pata y dónde he acertado. Sé que he sido honesta y que a veces me he rendido. Pero es muy difícil para mí contárselo a un grupo de personas que van a decidir por mí si puedo seguir intentando o no cambiar un cachito de mundo que siempre me ha interesado muchísimo: la escuela donde disfruto y trabajo para ganarme la vida, y que ayudo a financiar con mis impuestos.

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El #EABE15 sólo podía ser lo que ha sido: el triunfo de la humildad

Para análisis sesudos tengo yo amigos y amigas que los hacen. Entre muchas y estupendas crónicas, me gustan siempre las de Juanma Díaz, inmediato y amigo estupendo, y en esta ocasión el trabajo impecable donde están todas las crónicas y fotos, de Lourdes Giraldo. Siempre fui buena eligiendo personas, hasta cuando me equivoco.

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Multiculturalidad.

Como hacemos con niños y niñas en la escuela y la familia; como hacemos entre adultos; como hacemos con todo, comparamos los EABEs unos con otros como si tuvieran algo que ver. Y además lo hacemos mal (quien lo haga, que yo no he sido) porque lo hacemos evaluando y/o devaluando. Esta enfermedad no es eabera, es mundial y difícil de erradicar incluso entre quienes nos oponemos con ahínco. Yo no consigo dejar de hacerlo. De momento estoy en la etapa de lo hago, me doy cuenta, rectifico si puedo y si no, me perdono. Pero no me gusta, que ya es algo.

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El que no sale nunca, sale aquí. ¡Bien!

No recuerdo un EABE en que comiéramos mejor que en el comedor del colegio de Casares. Ni un baile más divertido que el de esa misma noche. Se criticó la no horizontalidad o algo así. A mí me encanta que me cuenten cuentos (aunque procuro no creérmelos) porque me relaja, así que no me importa nada sentarme en un salón de actos tradicional (a ser posible con buenos sillones en la ponencia de las 16 horas, que ya hay que ser) y que me cuenten cosas. Así que me pareció perfecto. Estábamos tantos amigos y amigas que yo no me fijé en más. Las noches de juerga en aquella plaza de pueblo la veo difícil de repetir, aunque no ningunea a otras memorables aunque más pausadas. Aquellas risas en Carmona fueron tremendas. Y en Úbeda sufrí mucho por mis amigos y hasta me vestí de normanda, mi segunda nacionalidad después de la andaluza ;P

En Carmona disfruté my way liándola parda y ayudando en la organización. En Algeciras apenas pude estar. En Almería di la nota y no quiero acordarme. En Guadix conocí a Jordi Adell y a Concha. Y a muchísima gente a la que quiero mucho. Ni me acuerdo qué comimos. Sé que disfruté mucho y que lo pasé huyendo de un plasta al que no hemos vuelto a ver. Por aquel entonces la Consejería hacía acto de presencia silencioso. Este año ha estado en glorioso. Todo evoluciona, por regla general a mejor; a veces, hay que recular para coger impulso. La vida misma.

En algunos EABE ha habido suerte y se ha encontrado apoyo a porrillo. En otros, algunos compañeros-amigos se han visto muy solos. El de Córdoba, para mí, ha sido un resumen de todo lo bueno de los anteriores, salvo alguna cosa (que tiene que ver con la comida y cena comunes, que son muy desobedientes, que mira que se lo dije, que hoteles sólo para dormir ;D). Vaya por delante que la comida decía “cocktail” y no “perol”. Partiendo de ahí, el fracaso ya estaba garantizado. Ponerme a mí en la “puerta”, el segundo fallo, porque me puse moraíta de comer.

Uno de los grandes éxitos de este EABE, desde mi sentir que no tiene que ser el de nadie, ha sido la humildad. He visto la Córdoba llana, seria pero no infeliz, humilde y sabia. (También tiene cosas chungas, pero eso que lo digan otros).

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Él es más listo, pero yo soy cabezona.

Actividades manuales, juego a porrillo, TIC con alma, aprendizaje horizontal, choques por los pasillos que han sido muy divertidos, ganas de verlo todo porque todo era interesante y bueno, cooperación a todas horas, tranquilidad con el horario que un poco más y lo cumplimos, profesionalidad sin presumir de nada, música, emociones, innovación más allá de las máquinas, y patios, dos patios en el CEP, uno con césped y otro sin él, para que vivamos de todo. Hemos mirado más adentro que nunca. Decía Josefina Aldecoa que el carácter cordobés es como los patios: hermosura sin alharacas, compartir casa hacia adentro, belleza interior. Y encima, Córdoba está guapa por fuera.

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Gracias, Lourdes por la imagen.

No los voy a nombrar porque ellos saben quienes son y ya están más que nombrados, renombrados. Mis sénecas favoritos, nada que ver con la útil plataforma donde trabajamos casi todos, no han cogido el micrófono, no han perdido la sonrisa, no han dejado de ayudar, de pensar, de trabajar. Han aguantado que les hagamos quitar lo de quitar andaluz, vote quien vote, que una cosa es ser horizontales y acogedores y otra regalar la casa. Nos han puesto a trabajar de una manera que ni el de Palma ha sido capaz de decirles que no. Y hemos disfrutado mucho. Yo he visto a las personas humanas disfrutar mucho.

Eso sí, alguna desobediencia hubo. Siesta me pillaba lejos la mansión, pero ponerme yo a resolver a las 9 de la noche, después de medio EABE  y una semana cultural que pa mí se queda, los códigos QR en la Corredera en vez de ponerme morada de salmorejo en Casa Salinas, era mucho pedir. Y me consta que tras resolver la primera cuestión de la gymkana realista virtual, el escaqueo fue masivo. Pero la actividad era preciosa y ya la vamos copiando mucha gente, magnífica para las competencias clave.

Gran regalo la ausencia de guruses, gurusas y vendedores de humo. Gran regalo tanta gente de la escuela pública aprendiendo por vicio y por convicción y con cero cargo al erario público (yo sé como hago mis cuentas). Me gustarían más EABEs y menos premios docentes, sobre todo los unipersonales, porque cada día lo tenemos más claro, este trabajo es de equipos, por equipos y para equipos, y de ese mejunje sale el beneficio individual y personal al que yo jamás renunciaría, ni haría renunciar al alumnado. Mi incapacidad para aceptar castigos me lleva inevitablemente a la misma incapacidad para creer en los premios. De pequeña sufría a chorros con ellos. Y ya lo dijo Séneca, “todo lo mío lo llevo conmigo”, independientemente de lo mucho o poco que viaje, de lo mucho o poco que me quieras tú.

Magnífico EABE, para mí el mejor por muchos motivos personales, y como participanta, porque he visto en él ese clic que sientes cuando después de muchos pasos, llegas a la comprensión certera de alguna cosa importante. De aquellos ingredientes primeros, este salmorejo.

Nota personal. Lo de antes era impersonal, jeje. Me ha gustado ver en el EABE cordobés a personas que normalmente sólo veo en ambientes menos amigables. Me ha gustado ver caras nuevas. Me ha gustado ver-me tranquila. Me ha gustado mucho mi segundo pueblo (el primero es malenilandia, Posadas, y el tercero Tomares, sevillana nunca me sentiré salvo fuera de Andalucía, #yosoyasíN).

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Diario (lectivo) de una directora en prácticas. Abril aguas mil.

Captura de pantalla 2015-04-26 a las 10.39.00Dice la gente que hay que mantener las formas, que las formas son muy importantes, y yo cada día estoy más convencida de que eso es verdad. Tanto es así, que gracias a las buenas maneras y al mantenimiento de las susodichas formas, se urden las mayores y mejores mentiras de la humanidad y salen unas úlceras del tamaño del Kilimanjaro. Y también, cómo no, gracias a las buenas formas, vivimos mejor. Eso me lleva siempre a querer saber, porque estoy aprendiendo a comportarme, qué buenas formas son saludables y cuáles no.

Yo no quiero que nadie me grite, ni gritar yo. No quiero perder los papeles, los nervios, no me gusta que la gente me vea enfadada. Bueno, no me gustaba. Ahora no es que esté encantada de que eso suceda, pero digamos que no me preocupa sobremanera. Sí es verdad que me ocupo, y más ahora que represento a una institución educativa, en mejorar cada día mis maneras y mis formas, pero lo hago desde dentro, porque no veo en mis modelos cercanos que hacerlo desde fuera funcione. Es decir, no quiero mejorar mi dicción, mi apariencia, o mi quedar bien. Lo que yo quiero es mejorar como persona, quiero mejorar mis afectos, quiero mejorar mi trabajo, quiero representar con dignidad a “mi colegio” y que “mi colegio” me represente con dignidad a mí, y sé que para eso una de las cosas que importan, aunque no sea de las más importantes, son las formas. La cosa es que creo que si consigo cambios internos personales, o aproximarme, estoy convencida de que no necesitaré mejorar mis formas, porque mejorarán solas.

¿Y por qué me ocupo tanto de esto? Porque he visto que el alumnado, en su gran mayoría, adopta las formas de sus mayores, también en el colegio y también más de lo que pensamos. El poder de un tutor o una tutora que manipula a través de las formas y maneras, buenas, malas o pretendidamente neutras, es muy grande. Es un tema delicado para ser tratado públicamente, quizá, pero lo suficientemente importante para no seguir ninguneándolo, mirando hacia otro lado.

Conozco gente que mantiene el tipo hasta el despelleje, y gente que no tiene tipo. Mis favoritos son quienes no tienen que mantener nada porque tienen un tipazo interior que les mantiene el exterior con un estilo personal propio, con una consideración seria hacia los demás, con una profesionalidad que va más allá de la tonta excusa de quien la airea para no tener que dar explicaciones. De ellos quiero aprender y últimamente apenas veo al resto, se van volviendo invisibles, se diluyen en el horizonte de mis dos mil horas de trabajo sin que me dé tiempo de acordarme de su existencia, hasta que pasa algo. Y recuerdo aquel refrán que habla del diablo, de su rabo y del tiempo libre que tiene (el diablo, no el rabo).

Estas buenas gentes de las que aprendo tantísimo son directores y directoras de otros centros que me ayudan, me asesoran, y me tutorizan en el curso de Dirección para novicios que estoy haciendo por Orden, y disfrutando cuando me gusta lo que me cuentan. Y es mucho lo que estoy aprendiendo, en contra de la opinión de mucha gente que creen que los cursos de formación no sirven para nada (otra cosa que sirve a quien escucha y no al revés).

Por el contrario, mi mayor aversión es a las personas que hablan bajito, pausado, utilizando un lenguaje pretendida-mente correcto, que dan vueltas y vueltas sobre lo mismo encantadas de escucharse o, podría ser, perdidas en la inmensidad de la lengua que creen dominar y obviamente no controlan. La mismísima niña del exorcista son estos seres humanos, adecuados en sus formas externas, aunque sus ojos no engañen a nadie porque les dan vueltas en las órbitas en cuanto les llevas la contraria. Cuando dicen serena y lentamente “déjame terminar, yo no te he interrumpido a ti”, o “no me hables así, yo te estoy hablando bien”, escupen sobre ti una batería completa de balas explosivas invisibles de tal forma que, si no te conoces bien, si no tienes claro que no eres tú, sino que eso es suyo, puedes acabar explotando con toda la razón del mundo, especialmente si eres alérgico a la manipulación, el victimismo y la violencia encubierta (véase cualquier debate televisivo para aprender lo que no hay que hacer).

Estas personas suelen ser personas muy irrespetuosas cuando algo no sale como quieren. O cuando no son quienes controlan la situación, la que sea. Son personas, a veces, que de tanto mantener el tipo y vivir colgadas del quedar bien, de la búsqueda de la perfección aparente, sufren tanto que el día que menos te lo esperas, te lían la de San Quintín por nada y menos. Como estas virtudes no suelen ir solas, la cobardía las completa y adorna y pueden llegar a utilizar a otras personas, e incluso a menores, para lanzarte sus dardos. Es lo que hacen muchos padres y madres también cuando tienen conflictos en el hogar. Es gente que antes fueron niños y niñas y que, en algún lugar y momento, aprendieron mal lo que necesitamos hacer bien.

Las personas que de verdad son artistas de las buenas formas, quienes las tienen debajo de la piel y no temblando en los pelillos del bigote, son básicamente personas que no hacen daño a nadie, que se ocupan de su parcela para que el sistema funcione, que conocen sus derechos pero sobre todo sus deberes, que se miran a sí mismas antes de juzgar y condenar al de enfrente, que gestionan bien su frustración, que no guardan basura para dentro de un tiempo, que viven y dejan vivir. Estas personas saben que un grito a tiempo no las convierte en menos válidas y tienen la paciencia suficiente para que sus hechos hablen por ellas. De esas personas son de las que estoy aprendiendo yo, y estoy disfrutando en gordo.

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Diario lectivo de una directora en prácticas (marzo)

Religión y Cultura digital en el nuevo currículo andaluz (Decreto 97/2015)

Religión y Cultura digital en el nuevo currículo andaluz (Decreto 97/2015)

Una de las cosas más difíciles de enseñar, porque casi nadie la ha podido aprender, es la capacidad de, con cariño, no dejarse manipular por nada ni nadie. Ardua tarea si vienes, como solemos venir, de una educación punitiva, culpabilizadora y que te hacía-hace responsable de lo tuyo y de lo suyo de quien sea. Lamentablemente, no es suficiente con hacer un par de sesiones en cursos de habilidades sociales, un fin de semana de arteterapia o un curso de verano para trabajar el perdón. Tampoco  se evapora la culpa leyendo libros de aprender a decir no cuando quieres decir sí, y viceversa. ¿Y esto a qué viene? Pues viene.

Conozco a muchos directores y directoras que andan sufriendo a chorros por el tema de la autonomía pedagógica de los centros, también llamada “del cuando le conviene a la Administración”. Una, como directora, no tiene voz ni voto en cosas que son realmente importantes en la vida de un centro. Sin embargo, “me pasan” la patata caliente y ardiente del posible incremento de las horas de Religión en los centros. ¿Qué ocurre con esto? Que hay quien cree que de él o de ella, director o directora, en prácticas o con pedigrí,  depende la suerte laboral de su compañera o amiga, maestra de Religión en el colegio que dirige. Yo, sin embargo, no siento ese peso. Sé que no depende de mí. Yo no contrato ni despido a nadie. Como presidenta de tribunal de oposiciones, tampoco pude hacer mucho cuando vi que se colaba un interino sin más mérito que la pura vejez y se quedaba fuera un novato con una pasión y sabiduría dignas de la escuela pública que queremos y necesitamos. Y como el fútbol, esto parece que es así y nadie lo remedia.

Personalmente, hubiera querido la Religión fuera de la escuela para mis hijos. En su lugar, hubiera puesto jardinería o taller de escritura, dos actividades altamente espirituales, yo diría que casi conventuales. Quizá hubiera pedido a su colegio que trabajaran (bien) las TIC y las TAC, y no hubiera tenido que darles clases particulares yo misma. “Mamá, ¿qué hacen con esto los niños que no tienen madres maestras?”, me preguntó una vez el pequeño. Buena pregunta. En vez de tener lo que yo quería, tuvieron clases de nada a cambio de que otros niños y niñas tuvieran clases de Religión. A lo largo de la escolaridad son muchas horas perdiendo oportunidades. Tuve que autoengañarme a mí misma para no sufrir diciéndome que algo aprenderían, pero no coló, porque las mentiras no suelen colar. Ahora viven de las rentas de mis clases particulares más que de las clases del colegio, también en lo referente a su espiritualidad y sus creencias, porque no se sienten culpables de nada, casi nunca. Qué envidia me dan.

Con respecto al sentir de los directores y directoras que conozco, mi respuesta es que yo no tengo autonomía como directora para decidir prácticamente nada, así que tampoco me voy a quedar con esto. El ministro ha puesto un mínimo que ha firmado el consejero. Y para contestar “rebota, rebota y en tu culo explota” a quienes han firmado a favor de más horas de Religión y se manifiestan en la puerta de la Consejería, que son sus presuntos votantes (a mí no me tiene que votar nadie, yo estoy aquí por méritos propios), dicen que la Dirección y el centro tienen autonomía para esas horas que “sobran” de lo estrictamente obligatorio (y que nos recomiendan en todas partes que sean para troncales y metodologías activas). Pues no. Yo no voy a decidir nada de eso. No me quedo con lo que no es mío. Yo no estoy despidiendo a nadie porque tampoco puedo contratar a nadie. Yo no elijo la plantilla (eso sería un sueño) y tampoco la dejo de elegir.

El profesorado de Religión no ha opositado, no concursa con méritos y dependen diabólicamente de la decisión de los señores arzobispos, que es humana que no divina. Y como humana que es, es injusta y además les sale gratis. Estoy hablando sólo de la Religión Católica, que es la que conozco. La que no conozco supongo que funcionará parecido o igual. De igual modo, con los recortes han engordado las listas del paro docente mucho personal interino por el que nada hemos podido hacer nadie. No opositaron. O lo hicieron y no aprobaron, y eso es así una vez más.

Yo no voy a pedir perdón por haber aprobado unas oposiciones que me costaron tres años. O por dirigir un colegio de la manera más honesta que puedo. No me voy a quedar sin dormir creyendo que yo perjudico a una familia con hijos. Todo eso no es verdad. Es manipulación. He aprendido a base de lágrimas y tropezones, de tiempo y de energía personal, de dinero y de talleres del perdón, que no soy responsable de las vidas ajenas, de las leyes que no he votado, ni de todo lo malo que pasa en el mundo.

Yo voy a apoyar cualquier cosa-actividad que crea buena para los niños y niñas que, de alguna manera, dependen de mí. Voy a apoyar lo que diga la comunidad educativa del centro que dirijo temporalmente, aunque no me guste. Voy a hacer propuestas de trabajo que me gusten y aceptaré que no salgan adelante por falta de apoyo. Voy a dejarme las pestañas en mi trabajo y a ganarme cada euro que me pagan y los que nunca me van a pagar y a pesar de eso recibiré críticas justas e injustas, demoledoras y constructivas. Me equivocaré diariamente una pila de veces también, y quién no. Puedo incluso ser la peor directora posible para muchísimas personas.

Pero en lo tocante a las clases de Religión, al personal que las imparte, a quien les contrata, a quienes les pagamos,  y a la buena o mala gestión de semejante estructura, soy absolutamente inocente.

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Diario lectivo de una directora en prácticas (febrero)

Venía pensando por la calle, que es cuando mejor pienso, caminando por la vida, y pensaba en eso que llaman ahora liderazgo y, más concretamente, liderazgo educativo. Como soy directora en prácticas, novata y poco aficionada a aparentar que soy lo que no soy, y además me cuesta la propia vida sujetar el entusiasmo (la gente lo llama genio, pero yo, que soy la que está dentro de mí, sé que es entusiasmo y ganas de hacer cosas diferentes), meto patas que siempre tienen arreglo y que me están haciendo crecer ligerita. Nada más recomendable y productivo para hacerse mayor que meterse en un buen lío profesional, emocional o de los dos a la vez. El remix de ambos es para cuando quiero sacar nota, y ahora no es el caso.

Y pensaba ese mismo día, también, en Sir Ken Robinson y su acusación gratuita acerca de que las escuelas no son lugares donde desarrollar la creatividad. Probablemente tiene razón si nos referimos al alumnado. Bueno, probablemente no, tiene razón. Pero si hablamos de escuela pública y maestras, maestros y directoras en prácticas, la escuela pública es un campo de entrenamiento perfecto para que nos distingan con el Nobel Pro de la Creatividad Mundial.

¿Y por qué la escuela pública es un gimnasio para la creación? Porque en la escuela pública cabe todo. Inclusión lo llaman. Yo entendía como inclusión la aceptación natural de la diferencia y la atención a las necesidades especiales de cualquier índole, tamaño y condición. Solidaridad, cooperación, atención, escucha activa… Pero cada día y casi cada hora se dan situaciones que van de lo normal a lo sorprendente y son situaciones que hay que resolver en un suspiro, incluyan o no. Casi todas tienen que ver, por regla general, con la inclusión de medio pelo que estamos siendo capaces de ejercer unos y otras. Olvidamos también que no sólo incluimos al alumnado con sus individualidades constitucionales, sino al profesorado y a las familias con sus ídem. Casi tres mil personas entrando y saliendo por la misma puerta cada mañana no puede ser más que una maravillosa oportunidad de ejercer la ciudadanía responsable, la profesionalidad de calidad, o la bajuna más impensable en el lugar sagrado donde pasan su infancia los niños y niñas de nuestra, presuntamente superior, sociedad.

Sobre el papel, en la legislación, en los proyectos educativos incluido el mío, y en las cartas al director, está todo muy bonito, muy bien: comunidad que aprende, equipo de profesionales, familias participativas, administración proveedora… Otra cosa es la perversa realidad, esa señora tan molesta de la que nos pasamos la vida huyendo sin caer en la cuenta de que ella es, precisamente, la Vida. Por ejemplo, queremos que lo diferente no lo sea (misión imposible, lo diferente es diferente), y queremos, sobre todo, que no nos afecte. Las familias no aceptan a sus hijos e hijas tal como son y las maestras y maestros nos irritamos cuando algún niño o niña no responde a lo que creemos que es lo adecuado. Creyendo, encima-además, estar en posesión de la verdad acerca de lo que es normal y adecuado. Queremos que niños y niñas que apenas pueden sostenerse o llevar una vida normal debido a sus enfermedades o circunstancias (de las que podríamos hacer un listado casi infinito) permanezcan cinco horas lectivas sin hacer nada inapropiado y además escuchándonos y aprendiendo de una manera muy determinada y única. Obviamente, no funciona.

Claro que hay casos que impresionan por su dureza. Precisamente ahí es donde sale, el profesional, la profesional, con su valentía, su capacidad de adaptación, su amor y su tiramiento de la programación diaria y cerrada a la papelera. ¡Ay, Sir Ken Robinson! ¿Ha probado usted a trabajar en un sitio en el que hay grandes expectativas y tienes que apañarte con el personal que haya en calidad y cantidad? Pues yo lo estoy probando ahora, y nunca pensé que esta que lo es, que según mi maestra no servía más que para las matemáticas, se esté convirtiendo en una artista de la creación y la originalidad. Si eso no es creatividad que venga usted y lo vea.

Me atrevería a decir, sin ánimo de molestar, si acaso para defender lo que es mío como madre, maestra y contribuyente, que la escuela privada no dispone de semejante recurso de aprendizaje. Por razones obvias. Seleccionan al personal mayor y menor, eligen su ideario, ponen puertas al campo con el apoyo de las familias y controlan hasta lo incontrolable. Sin embargo, la escuela pública es variopinta, la hay en buenísimos barrios y en el peor de ellos, en ciudades y sobre todo, en pueblos. Viene a ser entonces que el liderazgo educativo, en el que venía pensando, es uno y trino. O politrino. Y el desarrollo de la creatividad y el crecimiento personal se ven reflejados en la seriedad con que las personas desarrollan su trabajo y en la profesionalidad con la que ejercen ese desarrollo.

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