Bridges of Babylon

Lo que más me gusta de los mega puentes festivos son los días laborables.

Captura de pantalla 2014-05-02 a las 13.45.19Cuatro horas de atasco hacia cualquier playa para encontrarme con la gente de todos los días no me emociona. No puedo ir a NYC, así que disfruto jugando a “yo no trabajo, soy una mujer normal de mi edad”, que diría mi madre.

Me despierto sobre las 9 de la mañana y me pongo a marinear con el pensamiento mientras miro los visillos moverse despacito en mi balcón. Los pensamientos son muy variados y los dejo ir y venir a su antojo. Ninguno me inquieta. Los planes de futuro son ilusionantes y los males del pasado, instructivos. Claro que me preocupan un par de cosas, pero sé que no soy yo, que es mi cerebro, así que no hago caso y respiro.

Café, tostada, zumo y tele… ¡Dios mío! Las televisiones son aún peor por las mañanas. Catástrofes, hijos problemáticos (los colegios privados pinchan y de qué manera, ¿no?) sin intimidad porque sus padres son famosos, gente ganando dinero a costa de las miserias de los demás y lo llaman trabajo. Enfermedades, asesinatos, vidas ajenas, ese es el temario mañanero ofertado por las teles cochambres, incluida la que yo pago sin querer pagarla. Pienso en mi hijo. Prefiero que pase hambre. Que trabaje en otra cosa. Pero que no caiga en eso. Quito la tele y agradecida como cada mañana, disfruto de lo que yo solita he conseguido. “Hija, qué distintas somos”, me dijo mi madre ayer. Yo no creo que seamos tan diferentes. Sólo nos distancia la capacidad de aguante.

la balanza

la balanza

Miro el correo. Doscientos veintisiete. Todos son de trabajo, menos alguna cosa. Dice la Sra. Gomendio que gano mucho. Yo creo que ella es mucho. Al menos yo no beso a cualquiera. Y sigo a lo mío. Ah no, que dice que tengo que enseñar competencias, casi veinte años hace que no necesito un libro de texto para trabajar en cualquier aula del mundo, y ella se entera ahora porque alguien ha debido decírselo. En inglés, claro. Los niños ricos hablan inglés, tocan el piano y se ponen unos polos horribles con un caballo más grande que ellos. Sí, yo adoro a Ralph Lauren, pero se ha pasado con la jaca. Llevar un polo con un escudo más grande que el de los penitentes de la Macarena no es de recibo. Escribo a las familias de mi alumnado, organizo el mercado matemático y una salida al cine del proyecto Cero en Conducta. Sigo sin hacer vida normal. Ah sí, tengo que ingeniármelas para que, además de hacer de mi alumnado gente de provecho para el mundo social y laboral, salga airoso de las pruebas que nada tienen que ver con eso que dicen que debo enseñar. La esquizofrenia que estamos padeciendo, propia y ajena, hará estragos como no estemos muy atentos al Ser.

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Zumba en el iPad

Y por fin me decido a hacer algo muy “femenino” de día laborable y me voy al gimnasio a la clase matutina de Zumba. Hay unas diez mujeres de todas las edades, desde 15 a 68 que tiene la mayor. El profesor es un chico-muchacho-señor de unos 30 años que no para de sonreír-nos. Me ha encantado la clase, vengo súper relajada, pero he aprendido algunas cosas sobre sexo y sexualidad. Sí, a bailar y sudar también.

Veamos… cuando nos tenía ya sin resuello, para la música y nos informa de que él tiene pelo, cabeza, tetas y culo, igual que nosotras. Que nos va a poner a bailar sexualmente. ¿Cómo?, dice la señora de 68 (ella dio la información, ya puede presumir de cuerpo). “Sexual, sexual, no sensual. Deshiníbanse, yo soy una más”. Francamente, un detalle por su parte. Pero no se da cuenta del detalle más importante: él no es una más y nunca lo será por más depilado que esté. Constato, por si se me había olvidado, que no es el caso, que así como no me gusta el modelo Cro-Magnón, tampoco me gusta el depilado total masculino. Las cosas que pasan… para esto soy muy equilibrada.

A lo que iba. Sexual, no sensual. “Les va a gustar, chicas”. Y entonces se me mueve algo dentro que dice “No, no me va a gustar”. Y acierto. Los gestos, los movimientos, la velocidad de los movimientos, el meneo de cadera palante, patrás, palante, patrás, son absolutamente masculinos. Y vuelvo al tema recurrente entre mis amigas de por qué seguimos sin decirles a los hombres que su sexualidad no es la nuestra. La respuesta ya saben, es fácil: porque ni siquiera nos lo decimos a nosotras mismas. Hemos asumido un papel que alimenta el de ellos y debemos estar perdiéndonos cosas interesantísimas, pero parece que es lo que hay. Peor para el mundo.

Efectivamente, a mí no me gusta el meneo. Además, hay que ser franca, cuesta mucho no preguntarse dónde y cómo usa él esas habilidades que nos demuestra encantado. Miro a derecha e izquierda y veo las caras de mis compañeras de baile. A ellas tampoco. Pero nos reímos mucho. Él sigue afanoso sus movimientos de cadera espectaculares, lo confieso, y me acuerdo de caderas menos airosas. No creo que sean imprescindibles para el buen amor, pero él sigue dale que te pego. Termina, por fin, la copla reguetona, pienso también en Guatemala, y grita: “Chicas, merezco que me griten”. La señora (más) mayor, da un grito hipohuracanado y volviéndose hacia mí, muerta de risa, me dice: “Lo más grande”. Me parto de risa y me dispongo a los estiramientos pensando en un artículo que leí hace poco sobre las causas de que las mujeres finjan orgasmos. Y veo a la señora satisfecha por haber hecho al muchacho feliz. ¿Qué quieres, un grito? Yo te grito, hombre. Lo más grande, pienso, ya lo creo que es lo más grande.

Termina la clase y, como soy la nueva, no me quedo a la charla que parece habitual. Me despido dando las gracias y oigo: “¡Gracias por venir, Reina!”, y descubro, por fin, el secreto de su éxito: sabe llamar a las cosas por su nombre.

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Los dos folios de Fidelia y Gibraltar

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Avión chiquitillo despegando. Paso cerrado. Es como un paso a nivel pero con aviones en vez de trenes.

He ido a Gibraltar. Por razones familiares, he ido a Gibraltar. Mi hijo pequeño tenía que hacer una prueba allí y, como en el extranjero la gente no es como aquí, he ido a cuidar en la distancia. A hacer eso tan complicado pero no imposible que es cuidar sin inmiscuirse… Así que le dejé en la misma puerta del Peñón, que dicen que es de ellos y que se atasca cada día, que no hay que entrar en coche, y se fue con su bolsa de deporte en busca del sitio donde iba a bailar. “Niño, que mires al cruzar el aeropuerto”.

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Si los y las españoles viajáramos más fijándonos bien en los detalles, ni PISA podría hacernos daño.

Mi amiga Montaña y yo nos fuimos a buscar aparcamiento. El día pide a gritos un paseo y lo damos hasta la frontera. Que si la miras bien, más que frontera parece la puerta de Moratalla, pero en muy feo. Llegamos andando al mostrador de personas que etran andando y donde todo el mundo enseña su DNI, requisito imprescindible para entrar en Gibraltar. La señora joven que estaba en ese momento controlando el acceso de las personas que entran andando, mira, cabecea hacia abajo y da el visto bueno para que la gente pase.

Como adonde fueres haz lo que vieres, le enseño el mío, metido en la cartera y me dice con acento llanito: “No veo la fecha”… “Oh, perdón, voy a sacarlo”. Lo saco y totalmente inocente, se lo enseño. “Está caducado”. “¿Cómo? No es posible… lo miré hace poco… un par de años, parece… ” Justo el día de mi cumpleaños caducó el DNI. “Vaya, lo siento. Un momento”. Y le doy el carnet de conducir. Y entonces empieza la batalla…

- ¿Qué es eso?

- ¿No lo ve? Mi carnet de conducir.

- Eso no sirve para entrar.

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Adorno estropeador de farola. Como en todas partes, pero en peor.

Toda mi vida pasó por mis ojos en un segundo. Mi hijo yendo a un sitio que no conozco. Mi amiga queriendo ver Gibraltar que nunca lo vio. Y yo sin el DNI bueno (tengo otro sin caducar, pero estaba en la otra cartera y es para otra entrada de blog).- ¿Cómo que no? Yo lo uso para todo. esa soy yo, la fecha está bien… y no tengo multas pendientes, murmuro para mis adentros.

- Ya. Pero estamos en otro país.

Oh, Dios mío, la mato… La llanita, con esa cara que… ¡¡Gibraltar español!!… pienso… pero digo:

- Verdad, perdone, es que vengo tarde y muy estresada, apenas puedo pensar…

- ¿Tiene pasaporte?

_ ¿Yo? ¿Pasaporte? No… Yo no viajo nunca. Es la primera vez que vengo y no, no tengo. Cuánto lo siento, ¿de verdad no sirve el carnet de conducir? Mire, mire, es lo mismo…

- Ya le he dicho que no.

Y me mira ejerciendo su poder. Una llanita con mi domingo en sus manos… No sé exactamente en qué momento empecé con mi actuación, pero sí sé que ni un solo segundo (lección rápida de coaching) pasó por mi cabeza, ni una sola vez, ni por asomo, la peregrina idea de que yo no iba a poder entrar en Gibraltar. No me importaba cuánto tiempo tardara, ni cuántas mentiras tuviera que decir, yo iba a entrar en ese montón de ladrillos mal puestos.

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La Línea. Arena española, arena andaluza.

- Señorita, yo tengo que entrar. No tengo más remedio que entrar.

- Pues hoy no podrá ser.

- Mire, soy profesora.

Y con la poca vergüenza que da la necesidad, le enseño el carnet DIPA que no me sirve ni para subir a “Las Setas” en Sevilla.

Me mira seria… Como si estuviéramos jugándonos un póker a vida o muerte, le pongo los tres carnets en fila encima del mostrador. La gente sigue entrando sin parar, saludan, muestran sus credenciales, cabecean y pasan. Siento todo el rato la mirada de mi amiga Montaña pero no la miro porque sé que si lo hago se acaban mis posibilidades.

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- Ya sé… le dejo aquí los tres. Le doy lo que me pida. Yo tengo que entrar, dejo aquí todo esto y a la vuelta lo recojo. Y la miro a los ojos como el basilisco a su víctima. Tengo que entrar, voy a trabajar y vengo de muy lejos.

Me visualizo a mí misma muy tranquila y me siento muy segura: soy una bailarina buscando trabajo en tierra extraña. No dejo de mirarla y voy transmitiéndole telepáticamente y con suavidad el mensaje a su llanito subconsciente: #voyaentrar #voyaentrar #voyaentrar… En mi cabeza se forma una nube de hastags, etiqueto mi necesidad y se la lanzo.

- Voy a trabajar, necesito entrar.

- ¿Trabajar?, me mira incrédula.

- Sí. Le digo. Y lo digo con tal convencimiento y tono, que me llueven ofertas de Hollywood.

- ¿En qué?… Dios mío, en qué dice…

- Bueno, en realidad, voy a hacer una prueba para un trabajo.

- ¿Qué trabajo?

Mi cabeza grita otra vez: ¡¡Gibraltar español!!. Pero me aguanto, sé que estoy más cerca, la he visto flaquear y mirarme con cierto afecto. Le caigo bien. Ni idea de porqué, pero le gusto.

- Voy a hacer una prueba para bailar, necesito el trabajo, ya sabe cómo estamos, le contesto amable, y segura de que ya llegué.

- ¿Dónde?

Dios mío, es la polla insaciable del chiste, cuanto más le doy más quiere…

- Pues… oh, es que no sé inglés y me cuesta… Un momento, disculpe, y rebusco en la foliosfideliamochila con movimientos torpes, la miro con cara lastimosa mientras pienso en lo poco glamuroso y mucho útil que es saber manipular,  y entonces encuentro milagrosamente los dos folios de mi compañera Fidelia, dos folios que dibujó en el colegio el jueves para orientarme en mi periplo gibraltareño. Un par de folios con unos teléfonos de familiares, y  un plano de cómo llegar al Kingsbastion,  el lugar del ensayo, es un mapa hecho a mano con tanto interés y cariño en esos dos folios que… válgame la paya,  fueron mis credenciales para entrar en Gibraltar.

La llanita mira los folios como quien examina la fórmula de la eterna juventud. Mira uno, mira el otro. Les da la vuelta. Los vuelve a mirar y yo, que huelo el peligro, le explico lo que recuerdo que me contaron Javier y Fidelia y lo voy repitiendo entrecortadamente, como si no hubiera ido nunca a la escuela y no pudiera interpretar lo que allí ponía.

Insisto porque tiene ese aire de las mujeres que mezclan la compasión con el castigo. Primero te hacen rabiar un poquito, juegan a creerse importantes  y luego te perdonan la vida. Claro que es su trabajo, pero ni siquiera los trabajos en la vida suceden por error… Qué de cosas da tiempo a pensar cuando dependes de la cuchilla de un verdugo…

Y entonces, con voz tristona, le dije: “¿Estará muy lejos? Porque voy tarde…”

Intentando aparentar frialdad y con aire magnánimo, dejó caer lenta y suavemente su cabeza de llanita, y dijo: “Venga, pasa”.

“Gracias, guapa”, y sin esperar a que me diera las gracias, entré en territorio comanche.

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Probablemente, lo único que me gusta de…

Mi amiga Montaña ya sabe algo de mí que no sabía. Y yo… ¡¡tambien!! (Gracias, mamá))

Gracias, Fide ;))

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Otra vez es #25N

Dicen por ahí que para un hombre el amor (de pareja) es una parte de su vida. Y que para las mujeres, el amor de pareja ES su vida.

Yo no lo creo. No en lo esencial. Y no es una cuestión de fe, es que lo sé porque lo vivo ahora (más vale tarde que nunca) después de haber crecido creyendo lo contrario.
Claro que me educaron para creerme incompleta y vacía si estoy “sola”. Para creer que la soledad tiene algo que ver con tener pareja. Yo sé que muchas personas comprenden de sobra por haberlo vivido alguna vez, aquello que a Gala tanto le gustaba decir de que no había peor soledad que la soledad acompañada. Lo suscribo totalmente y me declaro incompetente para vivir de esa manera ni un solo segundo (más) de mi vida.

Sobre lo importante que sea tener o vivir en pareja (aquí no hablamos de amor, sino de tener, compartir… allá cada quien…) no sé nada. Pero cada vez es más obvio que el amor nada tiene que ver con el comercio de las bodas y las familias estructuradas (que no funcionales) que tenemos montado. Menudo chiringuito a costa de Dios y las buenas maneras. Qué manera de sembrar enfermedad. Y qué difícil acabar con eso, con la de dinero que mueve.

Sin embargo, sobre las consecuencias que para muchas mujeres tiene esta obsesión de estar con, tener a, vivir con o para, etc… Pues sobre eso sí que sé algo. Puede que no mucho, pero lo suficiente para saber que el #25N lo alimentamos entre todos y todas y que en nuestra mano está, más de nosotras que lo necesitamos con urgencia que de ellos, acabar con la lacra. Porque si ya hay leyes que nos amparan, ¿por qué retiramos denuncias o no nos vamos de donde nos pueden matar? ¿Alguien sabe la respuesta? ¿Una mujer que se quiere a sí misma, que sabe que vale sólo por haber nacido, se quedaría con un tipo que le pega o le hace ascos o la engaña?. Me caerá la bulla sobre que victimizo a la víctima y es que eso ni siquiera es necesario. La víctima ya lo es. Lo que yo pido es POR FAVOR, que dejemos de alimentar más víctimas potenciales y que hagamos ver el origen de nuestro mal. Poner en sus manos nuestro cuidado, como pedía hace poco Concha Caballero es volver a ponernos en situación de indefensión. No podemos cambiar a nadie, pero sí podemos cambiar el mundo si cambiamos nosotras. Utilizar las leyes en caso de necesidad pero antes, mucho antes, aprender a identificar al agresor (no me digan que no lo saben), al que te infravalora (se les ve venir de lejos), al chulo en definitiva. ¿No distingues un chulo de uno que no lo es? ¿Sientes que esa chulería te abre los grifos de la adrenalina? ¿Sabes que te la vas a dar pero sigues? ¿Te quieres como eres o crees que él te dará más valor? ¿Haces cosas que no quieres hacer, por pequeñas que sean, sólo por no disgustarlo?. Porque no olvidemos que para vivir muerta ni siquiera tienen que matarte.

El “desamor” que nos enseña el vídeo es fácil de educar. Veamos, no le gustas a ese niño, no puedes gustar a todo el mundo y no eres ni princesa ni la más guapa del mundo, pero eres tú y te queremos como eres,  y aceptando esa realidad creces saludablemente. Pero ahí se muestra una expresión clara de sentimientos. El problema viene, creo, cuando el rechazo no es tan claro. Cuando la violencia es sutil. Por ejemplo. Te dice que quiere “meterte en una campana de cristal para que veas y puedan verte pero no tocarte” (literal). Sales corriendo, tienes pocos años y tus amigos te dicen: “No seas mala, ¿no ves cuánto te quiere?” Yo he vivido esto y las niñas de ahora lo viven igual. Quiero decir que sigue pasando, que ha cambiado poco el fondo del asunto. Trabajar, estudiar, salir, ya podemos, qué suerte tenemos… pero eso no es estar libre de situaciones como ésta. No en sí mismo. Las estadísticas sobre malos tratos no tienen narices de encontrar el perfil de mujer maltratada porque el perfil que buscan es externo (edad, nacionalidad, estudios…)  y lo que tienen en común, lo que todas tenemos en común, es interno y ha cumplido ya dos mil años de existencia. Eso deja poso en el ADN, y es la cadena que hay que romper.

¿Y si lo tenemos todas, por qué unas se quedan y otras se van? Buena pregunta. Me la llevo haciendo años. ¿Por qué algunas personas tenemos alergia al más mínimo conato de agresión y otras parece que les gustara? Pues no lo sé. ¿Y que si hay hombres que les pasa lo mismo? Claro que sí, muchos. ¿Y que por qué no hablamos nunca de eso? Porque no sabemos cómo sienten y estamos deseando que lo cuenten ellos. El día que los hombres pierdan el miedo a hablar, a equivocarse, a que les digan “chiquillo, tú no estás bien”, como me lo dicen a mí y me hace llorar, ese día todo habrá empezado a cambiar. Mientras tanto, no podemos quedarnos quietas. Y no me refiero a las manifestaciones, que también, pero urge más un cambio interno: dejar de actuar como siempre para pensar distinto y sentir diferente y es perder el miedo a perder y por fin, ser libre. Ya no te quedas a que te den la segunda.

Que todo el mundo, o casi, quiera disfrutar del amor carnal, de la compañía de sofá mirando la chimenea, del polvo salvaje, de… de todo absolutamente, me parece un regalo. Ah sí, y la hipoteca, el niño que no estudia, las enfermedades, las arrugas, los kilos de más… eso también entra, pero se nos olvida. Pues yo a eso, Mariquilla la primera, no me rindo ni me rendiré.  Gracias a Ellos, a cada uno sin excepción (mamá, lo siento), soy mejor mujer, mejor persona. Gracias a Ellos, he aprendido a hacerme responsable de mi propia felicidad, de mi vida; he aprendido a no poner en su espalda mi equipaje y he aprendido, sobre todo, a dejar que me lleven un ratito las maletas de mutuo acuerdo. Porque dejarse querer es casi más difícil todavía cuando has perdido la confianza. También he aprendido a mimar sin manipular y a amar sin condiciones. Y he aprendido a estar sola y a estar bien. Todo eso me ha costado mucho trabajo, muchas lágrimas, muchas pérdidas, muchos juicios y muchas condenas.

Pero sobre todas las cosas, he aprendido que el amor no duele, que no hace daño y que quien bien te quiere no te engaña, no te manipula, no te pone grilletes y sobre todo nunca, pero nunca, te hace llorar. En caso contrario, debe llamarse de otra forma, pero nunca, nunca, eso es Amor.

Gracias Ana N., muchas gracias ;))

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“La negación responde a una tendencia humana natural. A menudo nos son necesarios varios grados de catástrofes para eliminarla” Meditaciones para mujeres que aman demasiado. Robin Norwood.

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(Co)Evaluando la experiencia “Rincones familiares”

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Por fin hicimos la première de los Rincones en el aula de 2ºD

Voy a intentar ser breve, comedida y ordenada, ya si eso mañana lo corrijo, jeje.

1. Seis madres seis. A cual más encantadora, colaboradora, guapa y buena gente. Una niña se preocupa por mi bienestar y me dice que, si quiero, podría traer también a mis padres a verme trabajar. Le digo que acepto su sugerencia. Buena idea.

2. Llegan con tiempo y esperan a que suene el timbre que anuncia el final del recreo.

3. Las invito a ver cómo se organizan en la ¿fila? para entrar a clase.

4. Respiramos. Respiramos. Nos tranquilizamos. La agitación del recreo sumada a la emoción de ver a las mamás allí es mucho hasta para un monje budista. Así que volvemos a respirar y hacemos el minuto (contar mentalmente 60 segundos a ver quién termina al mismo tiempo que el reloj) que funciona mejor que el grito.

5. Nos presentamos, introducimos el trabajo que vamos a hacer, distribuimos a las responsables procurando respetar gustos y capacidades (estoy hablando de las madres) y les explicamos el sistema de tarjetas para el autocontrol y la redistribución de las mesas para este trabajo. Niños y niñas saben que, si no queda hueco en un rincón porque ya hay seis tarjetas en el panel de control, tienen que esperar hueco y trabajar mientras tanto en otro sitio.

6. Lola say: “And now, vamos a poner las mesas en modo rincones”. Es una pena no poder poner un vídeo de este momentazo. Veintiséis mesas, veintiséis sillas, veintiséis mochilas (afortunadamente quedan pocas del tamaño transporte de abuelas troceadas) y veintiséis criaturas organizándose para pasarlas del modo posición U al modo posición grupos de 5-6 mesas. Y todo esto en menos espacio que el despacho de un ministro. Una injusticia mundial.

7. Las madres, sorprendidas, sonríen viendo el espectáculo. Algún atasco. Un empeño en pasar una mesa por el ojo de la aguja. En menos de tres minutos las mesas están felizmente colocadas y el ruido y las discusiones han sido mínimas. He de decir en su descargo que sólo es la segunda vez que lo hacen. Así que estuvo mejor que bien.

8. Sacamos los materiales. Elena se va a la Biblioteca (tenemos la suerte de estar “puerta con puerta”, literalmente) y empiezan a crear un cuento colectivo. Olvidamos llevar papel, lápices… La coordinatriz los lleva. Hablamos por encima del resultado y hemos acordado continuarlo, dibujarlo, y cuando esté terminado hacer un epub con el cuento que resulte.  Nuestro primer cuento digital. O mejor aún, con otra herramienta que permita narradores y narradoras. Igual lo podemos representar… Y hacer una biblioteca completa.

IMG_47359. Lola, mi tocaya, se siente algo abrumada ante tanto bote de pintura alineado como un ejército de colorines y los cinco que le tocan sin mucha paciencia (la chiquillería, ella sí), pero enseguida se hace al grupo. Reciclamos lienzos y les enseño a cubrir el fondo rápidamente: con la palma abierta de la mano. Éxito rotundo, claro. Pintura hasta en las cejas. Vamos bien. No tenemos un lavabo en clase, así que hay que inventar algún sistema para necesitar poca agua. Ya casi lo tengo.

IMG_473310. Rosa se hace cargo del rincón de modelado. Trabajar la figura humana. Mientras voy cinco minutos a otra cosa que no recuerdo, le han inundado las mesas con un campo de fútbol y andan dando “balonazos”. Se nos fue de las manos. Anotado.

 

11. Regletas. Muy divertida la cara de Raquel cuando se le plantean problemas que “no sabe” resolver. Los mayores aprendimos Matemáticas con cuatro mecanismos eso, mecánicos, y ahora nos cuesta comprender lo que no comprenden. O explicárselo. O, mejor aún, nos cuesta seguirles cuando los peques sí que son capaces de inventar y resolver. Una experiencia muy gratificante. Consiguió que al menos ocho pasaran por allí IMG_4732y trabajaran descomposición de números, sumas y restas. 

12. En el pasillo, porque tenemos un magnífico pasillo, Leti y Berta se encargan de hacer un árbol de otoño. En algún momento la palabra otoño no la escucharon, cosa que agradezco porque hicieron el árbol más bonito del mundo y también tuvieron mucho público con excelentes resultados. (Salí tan cansada que olvidé hacerle foto al árbol; el lunes).

13. Momento limpieza. Algunos escaqueos descarados y maliciosos son abortados por la coordinatriz. Limpiamos pensando en Ángeles, la señora que nos limpia la clase cada día y que nos ha nombrado los mejores del colegio. Hasta nos pone de ejemplo. Descubrimos que el spray les encanta y que dominan el mundo de la toallita húmeda. Pero eso es mucho contaminar, así que sacamos bayetas. Queda todo en orden.

14. Co-Evaluación. Valoran su trabajo de maneras muy diversas y las calificaciones van desde el Bien al super super superbien, genial, muy genial y superior. Se nota que han disfrutado mucho. Las madres evalúan también la experiencia. Cómo se sienten, qué han aprendido, qué creen que han aprendido niños y niñas… Y se-nos ponen un diez y queremos repetir. La maestra está contenta, nota alta a las madres que no han ejercido de madres encimonismadas, a sus respectivos que no han ejercido tampoco y a sí misma por haberlo avisado, y dice que anotará los fallos como, por ejemplo, el cálculo del tiempo. Llegan tarde al comedor y el timbre suena antes de que terminemos, pero eso tiene arreglo. La próxima vez, claro.

15. Conclusiones: La autoestima se puede recuperar sin grandes aspavientos y queda establecida la actividad para todo el curso.

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Etiquetas no, rincones sí.

Aunque mis hijos tuvieran defectos, que no es el caso, yo les seguiría considerando las dos mejores personas del mundo. Porque son mis hijos y, de alguna forma, como quiera que no les pregunté si querían venir o no, estoy en deuda con ellos. A mi vez, agradezco a mis padres que me dieran la vida aunque me pasara toda mi bendita y disruptiva adolescencia dando por saco con aquello de “yo no te pedí nacer”, que es demoledor si una no tiene los trigéminos relajados. Pero nunca he culpado a ningún amigo o amiga de sus errores. Creo que me ocupé de que supieran elegir bien, y hasta ahora no se quejan. Ellos. Yo no tengo nada que opinar en sus elecciones de vida.

No pensaba contar esto, pero he visto una foto en Twitter que me ha arrastrado hasta aquí. La pusieron @creandyy y @Mamenjg12. Y la pongo porque hay un problema que no sólo no sabemos remediar sino que empeora con los años y, a veces, con… otras cosas que aparentemente deberían ayudar a lo contrario.

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Mañana tengo estreno. Trabajo cada mañana con 26 personas de 7 años, algunos a punto de cumplirlos, que un día sin saber cómo, perdieron la autoestima como grupo y muchos de ellos como individuos. Y la estamos recuperando a una velocidad que me despeina el flequillo y me hace muy feliz. No voy a decir que no me iría ahora mismo a la playa a quedarme un mes en una tumbona sin hablar con nadie, porque sería mentira. Lo necesito, de hecho. Pero eso no me quita ni felicidad ni bienestar.

En busca de la autoestima perdida andamos y necesito que las familias, padres y madres vean y sepan cómo lo hacemos y que estamos mejorando mucho. Porque sin ellos no vamos a poder. Porque padres y madres, cuando escuchan que su hijo o su hija están en un grupo “malísimo” se asustan, se preocupan y tienen tendencia a salir corriendo, a pedir traslado, a desear un colegio mejor o incluso un concertado. Lo cuento en un blog que tenemos en la intimidad. Este año no tengo blog de aula. O mejor dicho, tengo el blog de aula más blog de aula que he tenido jamás. Un sitio donde nos comunicamos, nos contamos, les cuento, y se tranquilizan. Es decir, lo que haya que contar, se lo cuento a los y las implicados. Pero esto creo que es importante y me vine aquí.

No nos va a costar tanto aprender que no necesitamos ser los mejores y que eso no nos impedirá mejorar. Que tenemos muchos problemas de adaptación al medio pero que, mientras aprendemos a estar más sosegados y a no molestar a nadie, podemos aprender a multiplicar porque todo se puede aprender a la vez. Y, sobre todo, aprendemos que cada quien es responsable de sus cosas, que dos no pelean si uno no quiere, que aceptar las diferencias nos hace mejores porque aprendemos precisamente de esas diferencias. Y el bagaje personal que lleva un grupo de alumnos y alumnas que han convivido con dificultades propias o de algún niño o niña de su clase, no se lo da ningún colegio de élite ni ningún libro por bien escrito que esté.

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En poco tiempo hemos pasado de no saber a saber. De no hacer a hacer. De no escuchar a escuchar. Y eso es difícil de creer en algunas ocasiones. Confiar tus hijos a una desconocida no es fácil cuando además te dicen que las condiciones no son las mejores. Las familias se preocupan mucho cuando creen que sus hijos e hijas están en un sitio donde no pueden avanzar (generalmente, se refieren a los contenidos) y, sin darse cuenta, y hasta amorosamente, acaban etiquetándolo todo, sin tener todos los datos. 

En dos meses escasos que llevamos de curso, han hecho campaña electoral, han aprendido a estar mejor que bien en una asamblea, a hacer dictados creativos, a consensuar normas de aula, a respetarlas (casi) siempre, a comer tranquilos, a gastar bromas sin sacar los pies del tiesto, a decirme Lola en vez de seño y a comprender el porqué de mi presunta manía, a leer en la biblioteca como se lee en una biblioteca, a escribir además de a copiar lo que otro ha escrito, que una mochila con capacidad para llevar a tu abuela troceada (esto les encanta) no es necesaria y ocupa mucho sitio, a restar con llevada de tres maneras diferentes, a dar discursos, a escribirlos antes, a imitar a Lobezno con los dos mil lápices de colores que NO necesitan, que la decena no es un número rojo,  ni la centena uno verde, y a saber que si la multiplicación es una suma, ya no les asusta (esto es literal, un niño estaba aterrado porque no sabía lo que era multiplicar). Y otro montón de cosas que es alucinante ver cómo las aprenden sin dificultad. A veces, pocas, pero a veces, no quieren que acabe la clase.

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Las aulas cerradas son un agujero negro que nadie sabe cómo funciona y eso causa desazón a los progenitores sufrientes de esta chiquillería espléndida. Así que ahora entramos en la fase familias en el aula trabajando con metodología de Rincones. Porque si no creen que vamos bien, tendrán que venir a verlo, pero no a mirar, sino a participar. Y no un día, sino todos los viernes del curso. Yo mañana me relajaré un poquito y haré de coordinatriz del evento. A ver qué sienten…

Ya no necesitaremos la etiqueta de ser mejores o peores, ahora sólo necesitamos paz, ciencia, y mucho amor para que esta experiencia salga como va a salir: muy bien, independientemente de lo que los jueces dictaminen.

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Personalmente he aprendido que cuando no tengo miedo, cuando no escucho al agorerío y cuando lo tengo claro, siempre encuentro la manera de llegar. Han sido dos meses de los de “quepamísequean”, pero está siendo muy interesante. Y mañana es un día muy importante en este proceso que vivimos en “mi” aula cada día.

(Lo he contado muy farragoso y tengo un poquito de inquietud, pero ya conseguiré organizarme y contarlo mejor… espero ;))

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Y esto quién lo hace, ¿tú o yo?

(Y esta la escribí el día de mi cumpleaños y la publicaron el día 17 de octubre)

Y se quedó la casa sin barrer…Captura de pantalla 2013-11-02 a las 20.43.44

Ando estos días de tutora en un curso sobre Coeducación del INTEF y, al tiempo, aprendiendo a manejarme en un interesantísimo grupo de segundo de Primaria, de manera conjunta con sus familias. Y ando también pensando en la gente que dice que la Escuela está para instruir y no para co-educar. “Para eso, para educar, ya estoy yo, que soy su padre”, me dijo hace años un profesor de Universidad muy sabio, mientras me sobrevolaba con su autoridad y sabiduría. Y eso que yo no enseñaba ni Ciudadanía, nimucho menos Religión, en ninguna de sus versiones.

Muchos días de mi vida laboral he pensado en empezar a dar la razón a esa gente que sabe tanto. Porque así viviría mejor, infinitamente mejor, si me dedicara sólo a instruir, eso que algunos llaman ser profesional. Sólo que eso no es posible, o yo no sé hacerlo. No consigo reducir las tutorías a mera información sobre el estado de las decenas en la cabecita del alumnado. Ni soy capaz de ignorar el dolor, la alegría o los comportamientos (todos) de mi alumnado, tengan la edad que tengan.

¿Podría alguien empezar a enseñar la resta con llevada con las regletas Cuisenaire, pongo por caso, y digitalizadas en la PDI por aquello de innovar, mientras una niña llama a un niño “gordo gafotas” y el niño se deshace en lágrimas? ¿Podemos elegir delegado de aula sin presentar candidaturas, sin explicar qué es votar y por qué lo hacemos así? ¿Sería posible ignorar el dolor de una niña que cuenta en la asamblea que su padre tiró anoche el mueble de la cocina de un golpe y tuvo muchísimo miedo?

Independientemente de que los políticos sigan jugando a que creen que saben, de que además lo hagan con nuestro alumnado, con nosotros mismos y con nuestro dinero; independientemente de que las familias sigan algo perdidas buscando lo mejor para sus hijos e hijas, sin acabar de encontrarlo; e independientemente de que los papeles se acumulen en mi mesa mientras busco soluciones, la respuesta a cada una de mis preguntas anteriores y otro millón de preguntas parecidas que podríamos hacer, es: NO.

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(Hasta el gorro que voy a terminar de ver esa foto, pero me hace ilusión que lo vea mi madre, a ella le parece que esto es importante, que yo escriba y diga cosas, las que sean, “hija tú siempre haces lo que te da la gana, qué capacidad”, me echa en cara sin creérselo del todo ;))

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Y tú, ¿para quién trabajas?

 

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Artículo en el Periódico Escuela del 19 de septiembre de este mismo año. Decía así:

Más de 50 años llevo en la educación, como alumna, maestra, colaboradora, formadora TIC, tocapelotas o mediopensionista. Y eso son muchos años. He ido a la escuela con uniforme, con minifalda, con vaqueros, con tacones, en chanclas y hasta disfrazada de flor.

Mi primer día de escuela fue antes de los tres años. Iba enchufada y el colegio era de pago. Recuerdo la angustia que me produjeron las risas de un montón de gente a la que tenía que mirar desde mi abajo hacia su arriba. ¿De qué se reían? Y pienso en el alumnado de tres años que viene a nuestras escuelas cada año y pienso en los debates sobre su periodo de adaptación en cada uno de los colegios del mundo. Hay de todo y para todos. No siempre bueno.

Desde mis tres años de vida no duermo bien la noche anterior al inicio de curso, y desde hace 30 años no duermo dos noches en pocos días: el 31 de agosto y el 9 de septiembre. El primero, porque no sé cómo me van a recibir, y el segundo porque tengo que pensar en cómo voy a recibir yo.

Este año vuelvo a empezar de cero. Nuevo ciclo, nuevo nivel, nuevo alumnado, nuevas familias, lápiz nuevo y olor a goma Milán. Me emociona tanto como me “asusta”. La ventaja de llevar tanto tiempo en la escuela es haber ganado una cierta confianza en mí misma, un no tener miedo a pedir y preguntar lo que no sé, y un importarme menos la aprobación ajena y eso alivia mucho “el susto” y todo.

Pero hay algo todavía mejor. He aprendido, tengo claro, estoy segura, he comprobado, me han dicho y yo lo sé, que la prioridad no son los planes, los programas, las leyes, los horarios, las familias, la vecina, el municipio o el sindicato. La prioridad es sólo una. Bueno, en realidad son 25 y tienen 7 años, pero así, teniendo claro a qué me dedico, y a quién me debo, todo resulta mucho más fácil.

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