Jesús Duque Fernández

JesúsDuqueFernández

Nació en Hinojosas de Calatrava (Ciudad-Real), el 13 de febrero de 1947. Religioso de la Orden de Predicadores, en la que profesó el 21 de octubre de 1963 y en la que fue Ordenado presbítero 27 de junio de 1971.

Profesor de Sociología y bibliotecario en la Escuela Universitaria Sagrado Corazón de Córdoba, donde la vida me lo puso a tiro, era un hombre, un cura, un profesor, un alma y un amigo. Y me salvó la vida.

Mala estudiante donde las haya, pedí a mi padre que soltara la guita para estudiar al lado de la Mezquita, eso de cruzar el río a diario, que hubiera colillas en el suelo y una sentada cada pocos días no podía soportarlo una pueblerina de 19 años disfrazada de pija. Esa era yo.

Tras arduas negociaciones con su amigo el obispo, mi padre consiguió meterme con calzador previo pago de su importe y a Jesús le tocó recibirme como nueva alumna de 2º. Con sorna, me hizo preguntas difíciles y me tanteó de mil maneras para que me equivocara o confesara lo lerda que era. Nada más lejos. Si no sabía algo me lo inventaba y creía que me creía, pero solo fue compasivo para no hundirme la autoestima el primer día.

Te toca hacer un trabajo, Lola, a ver si puedes sacar una nota decente. Ok, un trabajo es pan comido. Cuando esperaba en la Biblioteca la montaña de libros que creí que me iba a dar y de donde imaginariamente haría un refrito de todo y sacaría un 9 por bien organizado, Jesús salió de entre los estantes con un libro de bolsillo en la mano y tendiéndomelo me dijo: A ver qué haces con esto. «La incomunicación», Carlos Castilla del Pino. Y yo sin wifi…

Contra todo pronóstico, acabé los estudios y hasta aprobé las oposiciones. Malabarista, me decía, qué poco sabes y qué bien lo disimulas… es casi imposible no ponerte un notable. El próximo oral, a ver a quién engañas.

Me fui a Alemania y se alegró, pero no me creyó, sabía que no aguantaría aquello. Me enamoré y se alegró, pero sabía que quizá no era para siempre. Me casó, bautizó a mis hijos, casó sin papeles (civiles) a mi suegra, conoció a mi familia y nunca me pidió explicaciones. Una vez le dije: ¿Por qué nunca me preguntas? ¿Para qué? Dios sí cree en ti, es suficiente.

Jesús conocía toda mi vida, nos escribíamos cartas, me contestaba con una paciencia infinita. Dame diez razones por las que debo ser madre. ¿Crees que debería casarme? No me preguntes por la obediencia al marido, sabes que diré que no, y me cambió la pregunta…

Anécdotas. Quién no tiene anécdotas con el mejor profesor de su vida.  Todas eran anécdotas divertidas, conversaciones interesantes, aprendizaje continuo, resolución de dudas existenciales y también materiales. Jesús, hay 8 plazas para Matemáticas y 69 para Preescolar, ¿qué hago? Ser lista, me dijo, y me atiborró de libros, esta vez sí, para ver si me enteraba medianamente de qué era un preescolar y de cómo lo contaba Piaget, ¿quién es ese? No tienes vergüenza, lárgate y lee si no piensas estudiar.

Anécdotas, todo eso son anécdotas.

Cuando me vine a vivir a Sevilla fue por amor. Y nada más llegar a Sevilla me fui a la mierda yo y se fue a la mierda el amor por ese orden (luego volvió, pero eso no es de aquí). Con 25 años algo se rompió dentro de mí y me volví loca (ahora sé lo que era, pero tampoco va aquí). No conocía a nadie, no podía salir a la calle como en mi pueblo, donde yo era yo y mis amigos estaban siempre allí, uno en cada esquina. En Sevilla aprendí lo que es estar sola en el mundo y no me gustó.

Pero la vida es tan vida que trasladan a un dominico al convento de San Vicente y resulta llamarse Jesús Duque. Jesús, ¿puedes venir? Son las seis de la mañana, Lola. Lo sé, pero me estoy muriendo. Cuando Jesús entraba en el apartamento de la calle Paraíso media hora después, mis miedos salían por la ventana.

¿Qué temes? Morirme. ¿Por qué? No lo sé. A la muerte no hay que temerla, es un hecho muy simple y después de ella solo podrá ocurrirte una de estas dos cosas: Que Dios exista. Genial, has pasado a una Vida mejor, nos vemos allí. ¿Pero los mismos? ¿También quieres elegir allí? ¿Hace diez minutos no te estabas muriendo? Y se reía.

Puede ocurrir también que yo esté equivocado y que Dios no exista. Si esto es así, no sentirás nada, no dolerá, no verás a nadie y volverás a sentir lo mismo que sentías antes de nacer: nada.  ¿No te tranquiliza? No lo sé, es que entonces no sentiré nada. ¿No estabas llorando porque sientes demasiado? ¡Fin del problema! Y volvía a reírse.

Otras veces iba yo y dábamos vueltas al patio del convento de la calle San Vicente donde le pedí asilo. Si fueras nene… y tampoco, en cuanto dejes la pena, no habrá quien te ate. ¿Se irá la pena alguna vez? Se irá.

Después vino la Parroquia de San Jacinto, allí bautizamos a uno, en Posadas al otro, se adaptaba a lo que iba necesitando y siempre gratis. Allí fue muy valiente y lo quisieron mucho, pero yo me iba separando porque me separaba de Dios aunque parece que Dios sigue conmigo como decía él. Mira que si al final… y en todo caso, por si acaso.

Terminó volviendo a casa, a Córdoba, allí lo vi la última vez,  y lo vi mayor aunque solo tenía 12 años más que yo y yo miles de cajetillas de Ducados menos.

Jesús Duque Fernández era un ser humano maravilloso, un hombre culto y un religioso honesto que escribía cosas como esta:

En más de una página evangélica encontramos llamadas de atención de Jesús a sus seguidores a propósito de los abusos y falsías de cierta práctica religiosa que los fariseos frecuentaban. El Maestro se encara con la patente incoherencia de los dirigentes religiosos de su tiempo en todo lo que tiene que ver con la traducción a vida de la Ley de Moisés. Un legalismo tan absurdo como opresor, como si al Dios bueno se le pudiera encerrar en dictámenes religiosos externos y al buscador de su rostro en los engaños inhumanos de la pureza ritual o legal. Bueno es marcar los nucleares argumentos críticos de esta página del evangelio para no incurrir en nuestra tozuda repetición de errores al respecto; Jesús de Nazaret, por ello, denuncia la mentira e incoherencia de vida, el legalismo obsesivo y avasallador y, si esto fuera poco, el hiriente exhibicionismo religioso de las autoridades de su tiempo. Todo esto con la guarnición de la vanidad y la búsqueda y/o disfrute de honores que tanto desentonan con el culto que demanda la Buena Nueva de Jesús el Señor, en espíritu y en verdad. El Pueblo de Dios bien haría, por el evangelio y por el servicio humanitario debido a los iguales, reclamar en la comunidad el gusto por la Palabra, fijar la atención en lo que es prioritario en nuestra fe, desterrar la exhibición de no pocas de nuestras liturgias y convocatorias religiosas, llevar los unos las cargas de los otros para estimularnos a una coherencia posible entre hermanos, inmunizarnos contra los privilegios en el seno del Pueblo de Dios. ¿Por qué? El evangelio no da lugar a engaño: porque solo hay un Maestro, sólo un guía, sólo un Padre, y esta es la obligada prioridad para vivir la alegría de ser todos hermanos y disfrutar en comunión con el encanto del servicio. Éste es, hoy también, nuestro honor y la mejor credencial de nuestro perfil de seguidor de Jesús.

O esta, su primera gran batalla en Triana cuando La Corona de la Star, nos reíamos comentando que saldría a porrazos por el Puente de Isabel II.

“No estoy en contra de la celebración, porque soy consciente de lo importante que es para el turismo de Sevilla esta fiesta. Pero me escandaliza lo que hay detrás de todo esto que llaman ‘religiosidad popular’ la “fortuna que se gastan en poner un paso en la calle, cuando hay personas que no tienen cubiertas las necesidades básicas”. Desaprueba las referencias militares en las cofradías o el “anacronismo teológico” latente en la estética de las procesiones en pleno siglo XXI. “Mi Jesús de Nazaret, camino del Calvario, de bordados llevaba poco”. “Entiendo que formas para celebrar la Fe como lo hacen en La Estrella hay un montón de sitios en Sevilla, pero como lo hace San Jacinto a lo mejor no hay tantos”

Honesto, honrado, cristiano de verdad, no soportaba a los meapilas y tuvo los mandamientos suficientes para conseguir su objetivo. Amigo de los pobres y la salvación de muchas prostitutas en La Habana donde pasaba trabajando las vacaciones de verano para salvarlas de la calle. Sigue con tu feminismo, todas las manos son pocas.

Estaría días escribiendo y contando cosas de JesúsDuque, lo que me dijo, lo que le contesté y lo que vino de vuelta… Y por muchas páginas y páginas y más páginas que llenara, solo habría una que dijera la verdad absoluta y tal como fue:

JESÚS DUQUE FERNÁNDEZ ME SALVÓ LA VIDA A MÍ TAMBIÉN

Y LO HIZO MUCHAS VECES

(JesúsDuque murió en mayo pero por alguna razón que desconozco, me enteré hace dos días, así que sumo mi tercer muerto en Navidad y cada año saldré huyendo hasta aquí donde las lágrimas son una gota más y los muertos parecen menos muertos).

 

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2 respuestas a Jesús Duque Fernández

  1. blogmaniacos13 dijo:

    Narrar desde las tripas y desnudarse en cada párrafo no es fácil.
    Acabo de sufrir una pérdida familiar importante; envidio tu maestría con las palabras…

    Un abrazo.

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