303 pasos de los míos (día II)

Día 2. Primera levantá. Laudes.

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Desde la ventana se ven venir las nubes por Huelva, como siempre.

A las 7.30 suena el despertador y me pregunto qué me lleva a hacer las cosas que hago. Pero me levanto sin hacerme caso, que ya me lo sé, y miro por la ventana. Ains. Me recojo el pelo y a juí, ¿quién se va a dar cuenta? Como decía Coco Chanel, vístete cada día como si tuvieras una cita con tu peor enemigo. El hermano hospedero, que discute con el hermano mayordeedad sobre si hay que hablar o no de las cosas del mundo. Cuatro generaciones de hombres-frailes conviven aquí. Pues él se dio cuenta: «No te reconocía con el pelo así, ayer lo tenías todo bonito, ¿por qué lo escondes?» Vale, anotado. Hermano, ¿el trabajo en qué consiste? Pues el tuyo consiste en descansar, e intentar ser buena (risas) y nosotros lo mismo de todos los días. Yo es que he venido a estar callada. Bien, pues calla entonces, yo no te pienso hablar. Se ríe y se aleja caminando como si bailara.

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Poniendo la mesa.

Entran en la capilla, como siempre, en silencio, chorreando paz, pero sin hábito. Gafas de motero uno, camiseta de propaganda otro, polo rosa un tercero, floripondios en la camisa, polo negro de marca #amímencantanesospolos el prior, qué guapos están casi todos los hombres con un polo negro, el prior también, otro con camisa azul con manga remangaíta como de la calle Sierpes lado afortunado, #túyasabes. Francamente atractivos varios de ellos. Las fotos de la web no están actualizadas, no los busquéis. Mientras mi cabeza intenta averiguar qué pasa aquí, suena el toctoc y a rezar. Busco en el libro y esta vez sólo me pierdo algo menos de la mitad de las oraciones y cánticos diversos.

Después de laudes, gracias siempre, nos vamos al desayuno y allí me entero de que los jueves tienen el día libre. Más informal que las comidas, autoservicio, si sobró pan, pues pan de ayer, sardinas en aceite, fruta, mantequilla y café. Hay también cereales, leche, infusiones, ¿y el cola cao? Y puedo tardar lo que quiera en comer, bendito sea Dios. Me limito a la fruta y el pan de siempre, por si acaso.

Cementerio en el jardín, rodeado por las ventanas y puertas del claustro.
Cementerio en el jardín, rodeado por las ventanas y puertas del claustro.

Al terminar el desayuno decido explorar el entorno, hoy no hay visitas culturales, que están holgando, y que no es moco de pavo visitar todos los caminitos que nos rodean, no hay manera de combinar ambas actividades sin perder la paz que he venido a buscar. Mucho que ver, mucho que andar, muy fácil de hacer todo desde el monasterio. Mucho turista.

Empiezo por el patio después de medir los pasos del claustro, y descubro el cementerio, vaya lujo, se ahorran la pena negra del tanatorio. En su casa, como debe ser. Claro que no todos tenemos un jardín así, ni queremos alimentar las plantas de cuerpo entero, sino siendo espurreados desde algún cenicero. Me entretengo haciendo cuentas con los números de las lápidas y deduzco que no hay centrales ni cementerios de residuos nucleares cerca. También me acuerdo de mi oculista: ¿este año te vas a comprar las gafas o tampoco? Prometo que me las compraré, en cuanto pueda y tache las prioridades de la lista de prioridades. A lo que iba. Mueren muy mayores. No me extraña. No les da el sol de pleno, no tienen familia gritona, no tienen hipoteca ni la quieren, ni se casan ni se divorcian, no se tienen que desplazar a los cementerios ni siquiera para que los entierren, lo mismo les da el hábito que el polo, llevan cada día los mismos zapatos y no se cabrean por comer fatal. El sonido del agua de la fuente central les acompaña y dan ganas de quedarse allí un buen rato. He dicho rato, que el de Arriba escucha y concede casi todo lo que pides. Ojito con eso. Yo pedí hace un tiempo que un tipo listo me quisiera y lo conseguí. Con los cementerios no quiero nada, salvo pasearlos y eso.

Por la puerta de la derecha salen señoras fantasmas ;)
Por la puerta de la derecha salen señoras fantasmas 😉

Subí a por ropa adecuada para caminantes, esto no lo hice bien, no esperaba este entorno y no vine del todo preparada, y al salir por la «puerta bajita» al claustro me di de bruces con los ojos muy abiertos de un niño de unos 9 años que jugaba dando saltos de piedra en piedra, y se quedó de ídem. «¡Ay!» ¿Cómo has entrado ahí? ¿Qué hay ahí dentro?» (pausa y escudriñe lento) … …  «Tú no eres monja. ¿Puedo entrar?». «Estoy viviendo aquí tres días, no soy monja y ven, que te lo enseño». La madre viene a reñirle por molestar, le digo que no me molesta, le dice que no me interrogue… y me interroga ella. En fin… Hago como que soy broker neoyorkina estresada y no maestra, que aquí no he venido a discutir, y se lo cuento todo… mirando al niño. Qué señoras más pesadas las madres. Yo también, claro.

Hotel con presunto encanto. Están de obras, habrá que ver.
Hotel con presunto encanto. Están de obras, habrá que ver.

Al salir del monasterio, a la derecha, están las obras del hotel que vendré a visitar cuando lo terminen. Un paso de peatones te lleva al Puente del Perdón y al camino hasta las Presillas, que visitaré al día siguiente. A la izquierda, la finca Los Batanes, que alberga el Bosque Finlandés y un albergue juvenil muy interesante para la chiquillería. En paralelo a la carretera, muy bien hecho y protegido, hay un camino peatonal para ir hasta el pueblo, Rascafría, donde descubrí la chocolatería más chachi piruli del mundo, y quedé con el dueño en volver el sábado a por mi pedido, que en el monasterio no tengo un sitio donde guardarlo sin que me preocupen los bichos, ni quería ir al pueblo en coche porque me sentiría culpable hasta el dolor. También estaba el peligro de que el silencio, el Zen, el cierre de la habitación a las 22:00 y algún detalle más, me obligara sin querer a zamparme la compra sin miramientos. La gente que somos de placeres, tenemos poca voluntad.

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Cero dificultad. Hay muchos bancos y sitios donde resguardarse si llueve. Y sombra, todo es sombra 😦

El viaje andando al pueblo se me queda corto. Muy corto. No hay ni dos kilómetros. Pero hay chocolate. Y fiestas de la Virgen. Misa a las doce. Me cruzo con una señora y me viene la abuela Lola a la cabeza. No puedo separar la Iglesia de mi familia y de mi infancia, está todo enmarañado, enredado, sujeto con pegamento del que no puedo usar porque soy una manoplas y se me quedan siempre los dedos pegados. 
 
Vuelvo por donde he ido y se me queda corto otra vez, ¿ya estoy aquí? Entro en el arboreto Giner de los Ríos que está enfrente. Tengo un amigo muy listo, listísimo, que tiene el carnet mensa y todo y que lo sabe todo, todo, menos los nombres de los árboles. Y que se acuerda todos los años de mi cumpleaños. Dice que aprender de árboles es muy complicado.

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Sin caeite de palma ni porquerías añadidas.

Aquí me acuerdo de mucha gente, de muchas cosas. Mi cabeza escribe historias por el camino y las olvido en cuanto las «escribo». Algunas son muy buenas y me da pena, otras me hacen reír, pero sé que es mejor que las olvide todas, y las olvido. Por eso no se las puedo mandar, porque las he olvidado, aunque me acechan debajo del flequillo.

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Una respuesta a 303 pasos de los míos (día II)

  1. Carmen dijo:

    A la espera del día III. Gracias por compartir.

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