Viviendo al revés

Son cosas que parece que supiéramos pero olvidamos. Vivimos en contra de nuestra propia naturaleza y los tranquimazines se venden por toneladas. La culpa dicen que es del estrés, esa cosa difusa que parece externa pero no lo es. La Educación, pobrecita mía, vapuleada por todos, sabida por más, practicada por casi nadie. Todo está dicho y escrito, más hablar es más marear. Tal vez haya que seguir denunciando lo que sabemos que no sólo no funciona para ser o no finlandeses, sino que practicamos una mala educación que MATA. Y no sólo mata la creatividad. Mata la alegría, las ganas de aprender, mata el alma de la chiquillería empeñada en quedar bien con nosotros, profesorado, padres y madres, a costa de sí mismos. Y a veces, mata físicamente.

El otro día escuché en la televisión que la gente no sabe nada de agricultura. Los alumnos universitarios megalistos de Cambridge preguntan en la cafetería si eso que hay en el plato es pollo o salmón… Y decían a modo de conclusión: “En la escuela debería enseñarse agricultura”. Y yo intentaba mentalmente con el poco aire del que disfrutan ahora mis pulmones encajar la agricultura en el horario de mi alumnado… ¿en medio de los 90 minutos de religión? ¿antes o después de la hora escasa de las clases de música? ¿mientras analizamos sintácticamente diez oraciones absurdas? ¿podríamos aprender a airear la tierra mientras uno de ellos lee en voz alta la conjugación del verbo sembrar? Sexualidad, emociones, matemáticas, lengua, idioma, segundo idioma, higiene, prevención de la salud, alimentación sana peleando contra el bollycao que le compra su madre, resolución de conflictos, habilidades sociales, historia, geografía, excelencia y su puta madre, ¿estamos tontos o qué? ¿quién ha troceado la vida en porciones tan chiquitas?

Anoche terminé de leer Diario de invierno de Paul Auster y subrayé este cachito, entre otros:

Las cosas eran como eran, y nunca dejabas de plantearte preguntas. En tu ciudad había colegios públicos y colegios católicos, y como tú no eras católico, asististe a los públicos, que estaban considerados buenos centros docentes, al menos según los parámetros que se utilizaban para evaluar esas cosas en la época, y según lo que tu madre te contó más adelante, fue por ese motivo por lo que la familia se había mudado a la casa de Irving Avenue unos meses antes de que empezaras el jardín de infancia. No tienes elementos para comparar tu experiencia, pero en los trece años que pasaste en ese circuito, los primeros siete en Marshall School (jardín de infancia–6), los tres siguientes en South Orange Junior High School (7–9) y los tres últimos en Columbia High School de Maplewood (10–12), tuviste educadores buenos y algunos mediocres, unos cuantos profesores excepcionales y alentadores y otros pésimos e incompetentes, y tus compañeros iban desde los brillantes, pasando por los de inteligencia normal, hasta los semirretrasados mentales. Eso es lo que suele ocurrir en la enseñanza pública. Todos los que viven en el barrio pueden ir gratis, y como tú creciste en una época anterior al advenimiento de la educación especial, antes de que establecieran colegios aparte para dar cabida a niños con presuntos problemas, cierto número de tus compañeros de clase eran discapacitados físicos. Ninguno en silla de ruedas que recuerdes, pero aún puedes ver al niño jorobado con el cuerpo torcido, a la chica a quien faltaba un brazo o (un muñón sin dedos sobresaliéndole del hombro), al niño al que se le caía la baba sobre la pechera de la camisa y a la niña que apenas era más alta que una enana. Echando ahora la vista atrás, consideras que esas personas constituían una parte fundamental de tu educación, que sin su presencia en tu vida, tu idea de lo que entraña el hecho de ser humano quedaría empobrecida, carente de toda hondura y simpatía, de toda comprensión de la metafísica del dolor y la adversidad, porque aquéllos eran niños heroicos, que tenían que trabajar diez veces más que cualquiera de los otros para encontrar su sitio. Quienes hayan vivido exclusivamente entre los físicamente dichosos, los niños como tú que no sabían apreciar su bien formado cuerpo, ¿cómo podrían aprender lo que es el heroísmo? Uno de tus amigos de la época era un chico regordete, nada atlético, con gafas y rostro poco agraciado, de esos que no parecen tener barbilla, pero los demás niños lo apreciaban mucho por su agudo ingenio y sentido del humor, sus proezas en matemáticas, y lo que a ti te impresionaba entonces era su singular generosidad de espíritu. Tenía postrado en[…]”

Esta entrada se la dedico a aquellos padres y madres que, sin ser en absoluto católicos, llevan a sus hijos a centros con esta ideología para que no se tengan que relacionar con niños y niñas con problemas. Presuntos problemas, dice Paul Auster. Y también dice consideras que esas personas constituían una parte fundamental de tu educación, que sin su presencia en tu vida, tu idea de lo que entraña el hecho de ser humano quedaría empobrecida.

Yo no tengo más que añadir a estos dos regalos que acabo de leer y escuchar en las últimas horas.

 

 

Acerca de lolaurbano

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8 respuestas a Viviendo al revés

  1. Miguel Sola dijo:

    Sí que son otros dos hermosos regalos. Gracias, Lola, por compartirlos. Tenía pensada otra cosa, pero empezaré la clase de esta tarde con este post, vídeo incluido. Encaja perfectamente en el proyecto que están trabajando por grupos mis 65 alumnos de primero de primaria (futuros maestros, se entiende, no chiquillos de 6 años), uno de los cuales tiene encargado entrevistarte sobre el particular, cosa que espero que hagan a lo largo de esta semana. Gracias también por prestarte a colaborar en eso.

  2. Acabo de leer tu reflexión , la imprimo y la pongo en la puerta de la dirección del centro y , ahora que comienza la escolarización , la hago de obligada lectura antes de hacer cualquier tipo de pregunta, besos!

  3. Manel dijo:

    En qué momento se perdió la sencillez, Lola? Recuerdo que mis abuelos y mis padres lo eran… Grande lo que generas en este post, me llega y sintoniza con algo que llevo dentro y no sé cómo expresar. Esta es una de las razones por las que me gusta Auster y especialmente este último libro que traes aquí, siempre me ha parecido uno de aquellos autores amigos en el que he identificado coincidencias vitales, ahora, con la edad, todavía es más fácil identificarse en lo que dice. Hay fragmentos, como el que destacas, que pulsan ciertas cuerdas interiores y las hace vibrar, la sensación que queda no es desagradable pero tampoco es agradable, quizás sea este el sabor que van tomando las cosas con el tiempo. Cuídate! Un beso.

  4. chelucana dijo:

    Enseñar agricultura o ganadería es equivalente a meditar, esperar, aceptar el curso natural de las cosas sin intervenir (o muy poco) sobre ellas, tener vida espiritual,…
    Fíjate que sé de uno que hasta escribía poesía mientras cuidaba el ganado…
    Nota: suelto esta estupidez porque lo cierto es que me he quedado con la boca abierta, una vez más, al leerte… y no se me ocurre algo más inteligente que decir.
    ¡Ay! Me temo que esta epidemia de neumonías va a ser consecuencia, y no la causa, de la falta de aire.
    Besos

  5. María dijo:

    Imprescindible la lectura de este post, en un momento en el que el término imprescindible es tan ambiguo

  6. Nati dijo:

    Yo no puedo añadir nada más tampoco. Gracias por los dos regalos, ¡me han emocinado muchísimo!

  7. ¡¡¡Amén!!! Lola. (ni un punto ni una coma más)

  8. Pingback: "¿Quién ha troceado la vida en porciones tan chiquitas?"- Viviendo al revés | Orientación Educativa - Enlaces para mi P.L.E. | Scoop.it

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