El corazón de la mano izquierda

Cada vez que le enseño el dedo medio de mi mano izquierda a un médico, me lo corta. Dos veces en mi vida he ido al médico con el mismo dedo mirando al cielo y un poco deforme, el dedo, cada vez por un sitio distinto. La primera vez, engordó por la derecha. Ahora, tiene un chichón por la izquierda. No sé si eso tenga algo que ver con mi evolución personal, porque la primera vez era yo muy joven y muy ingenua, y estaba abducida por las ideas ajenas, absolutamente abducida. Y es que mi padre, por aquella época, sabía todo lo que había que saber de este mundo y del otro. Anda Dios preocupado porque cuando lleguemos al cielo los miembros de mi familia igual tiene que rehacer los sitios y sentarse a la derecha de mi padre.

Tenía yo aproximadamente 10 años y me comía las uñas. Ahora no tengo 10 años, a pesar de lo cual, me las como también. Claro que ahora hay un tipo con pantalones cortos que ya no me deja hacerlo con tanta alegría. Me da un manotazo, un beso en la frente y me dedica una sonrisa que yo, en vez de sentirme regañada, me siento adorada, así que lo estoy dejando (el hábito de la onicofagia, course).

En aquellos días, un padrastro del que tiré más allá de los límites físicos razonables en un dedo poco más grueso que un espagueti de los baratos, me provocó una infección tremenda. Tanto, que aquello acabó convirtiéndose en un ser aparte, alguien que vivía en mi dedo y que era casi más grande que yo. Y dolía. Ya lo creo que dolía. Mi tata, una mujer a la que debo más de lo que nunca le pagaré, intentó curarme aquel desaguisado con hierbas varias que solo conseguían empeorar las cosas y crearme un picor que, añadido al dolor, me convertían en la niña más desgraciada del Universo conocido, o sea, mi pueblo.

Después de una semana aguantándome la llantina constante, y viendo que la homeopatía no funcionaba, mi madre dijo: “Rosita, acompaña a tu hermana a casa de don Juan y dile que le mande una pomada para el dedo.” Ni mi madre, ni mi hermana, ni yo misma pensamos que algo más que una cremita pudiera ayudarme. Cruzamos la calle a casa de don Juan.

Don Juan era uno de los mejores amigos de mi abuelo, y el médico del pueblo, de la familia y de los amigos del Casino. Habían fundado juntos el Real Betis de mi pueblo. Un equipo de señores con ese punto y que se divertían leyendo el ABC en el Casino, jugando al dominó y paseando nietas como yo, eran como poco, particulares. Mi abuelo me daba pajaritos, caracoles y todas las “porquerías” que mi madre no me dejaba comer. Mi tío el cura, caramelos. Y el resto de señores mayores hablaban de sus cosas como si yo no estuviera, así que llegué a adquirir una cultura general que hoy día pasaría los estándares del informe Delors con nota, sin necesidad de gastar tanto en pruebas diagnósticas que nos cuestan un dineral.

“A ver Lolita, así que dice tu madre que una pomada, ¿no?… Bien, bien…” y se fue hacia un mueble de mil cajones, de caoba, de esos de médico que ahora todo el mundo quiere uno (yo no) y abrió un cajón lentamente y muy seguro de sí mismo. Cuando volvió sonriendo y con la mano derecha escondida, yo solo tuve tiempo de gritar después de quedarme sin aire. Cortó como un profesional y apretó como un atleta manchando el techo de sangre sin que pareciera importarle mucho. Entre alaridos, angustia y desesperación llegué a identificar un pensamiento inútil del tipo “Dios, ¿cómo van a limpiar eso del techo y quién lo hará?”. Un pensamiento premonitorio de lo que luego sería mi vida: una continua queja acerca del mal reparto de tareas del ¿hogar?. Caí en la cuenta mientras perdía aquel trozo de mí misma sin poderlo remediar, de que los hombres no limpian.

Mi hermana lloraba, yo lloraba y dos días después, cuando tocaba la cura y vi a ese hombre sacando la tijera otra vez, corrí alrededor de aquella mesa de caoba barroca a más no poder y mientras el médico maldecía, mi madre se quejaba hay que ver la niña el numerito que está dando, qué vergüenza… ¿Y a ésta quién la va a sujetar el día que tenga que parir? Mientras me quedaba sin resuello, aún pude gritar: ¡¡YO NUNCA TENDRÉ HIJOS Y MENOS LOS TRAERÉ AQUÍ!! Consiguieron darme caza y volverme a cortar un pellejito que, dadas las dimensiones de mis dedos, no podía ser muy grande. Como premio a mi calvario me castigaron sin salir por díscola, malhablada y poco sacrificada. Así no se comporta una cristiana, dijo alguien que tuvo la fortuna de no ser identificado.

Ahora tengo otro alien en el mismo dedo, se me ha ocurrido enseñárselo a una doctora, que se lo enseñó a otra y aún tiene que verlo un tercero porque, otra vez, hay que coger la tijera. Solo que esta vez me mandarán pruebas de todo tipo, me tratarán con delicadeza, me pondrán anestesia y me lo dejarán como estaba, o eso dicen. A mí gracia no me hace, pero siento un profundo agradecimiento a la vida por haberme dado la oportunidad de demostrar que pueden cortarme un trocito de dedo sin que tenga que montar una marimorena. Y mientras escribo esto me pregunto qué hará un inmigrante sin papeles cuando le salga una cosa extraña en su dedo medio de la mano izquierda.

(Me acaba de decir una amiga que ese dedo conecta directamente con el lado derecho de mi cerebro, que es donde está el corazón, y que esto me pasa por no usarlo -el corazón, no el dedo- así que corro ahora mismo a informarme, o a la calle, directamente)

Acerca de lolaurbano

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10 respuestas a El corazón de la mano izquierda

  1. Escribes tan bien que me has dejado intrigada con dos asuntos:

    A) Si, dos días después, la mancha de sangre del techo continuaba allí. No puedo imaginar una consulta médica que no luzca un blanco impoluto en todas sus paredes y techo.
    B) Si la atención en tus partos fue más parecida a la consulta de Don Juan o a la de la doctora.

    Y una certeza:

    Si tienes por costumbre hurgarte el orificio derecho de la nariz con el dedo corazón de tu mano izquierda y a continuación limpiarte en el pecho, fijo, tu amiga tiene razón. Quizá has interpretado mal su sutil advertencia.

    Bromas aparte, espero que se solucione pronto lo de tu dedo y no tengas -como diría un buen amigo mío- ninguna esperanzaguirre dentro.

  2. lolaurbano dijo:

    Esa casa siempre estaba como los chorros del oro. Mis recuerdos de allí y del resto de las casas que frecuentaba, son de olor a limpio, patios recién regados, guisos caseros, mujeres compartiendo, hombres fumando y haciendo su vida… La mancha no creo que durara, el segundo día me ocupé de correr por la consulta y no miré arriba ;)
    Los partos fueron feos, atada con unas correas a la camilla, tuve que engañar a la comadrona para poderme levantar de allí, encerrarme en el baño y ponerme en cuclillas hasta que El Fregonero decidió asomar la nariz, que así es como nació ;)
    ¿Qué haces?, me decía la paya… Y como yo intuía peligro, contestaba cada vez: “No se preocupe, estoy bien, estoy cag…” ;DDDD
    Cuando escuché la voz melosa de mi doctora, salí y entre las dos sacamos al nene, que ya empezó naciendo díscolo, un poquito. Igual habría que contar los partos en las catástrofes, qué dices? ;) ))

    • ¡Uy! De partos, lactancias, crianzas,… propias y ajenas tendría muchas catástrofes que contar. Me sobrecoge lo de las correas :-( y al mismo tiempo me alegra pensar que, en los últimos años, he podido contribuir a cambiar las políticas y procedimientos relacionados con la salud sexual y reproductiva de las mujeres.
      Pequeñas rebeldías, encierros en el baño y niños díscolos son grandes acciones que cambian el mundo día a día.
      Me alegra saber que, tampoco en esto de parir, eres neutral, ni tibia, ni término medio, ni te dejas atar,…

  3. manuel dijo:

    QUERIDA LOLA:
    YO TUVE UNA EXPERIENCIA SIMILAR CON UNA ASTILLA MALVADA QUE SE METIÓ ENTRE LA UÑA Y LA CARNE. YO NO LLORÉ. LOS HOMBRES NO LLORAN (LLORABAN). LE PEGUÉ CON LA MANO ABIERTA AL PRACTICANTE (ASÍ LO LLAMABAN), SE QUEDÓ MIRANDO A MI MADRE… Y ME DIÓ UN VOLANTE PARA EL CIRUJANO DE GUARDIA.

  4. Felisa dijo:

    Me encanta leer tus entradas, son geniales.
    Además me has hecho recordar a mi abuelo, que iba al casino, jugaba al dominó, me daba caramelos , alguna vez recuerdo pasear con él y que me comprara piñones, y…era el médico del pueblo, de otro pueblo, claro.
    Quería hacerte una aclaración: lo de las plantas de tu abuela, supongo que sería fitoterapia, no homeopatía….la homeopatía es otra cosa.
    Un saludo muy grande

    Felisa

  5. Como siempre, ¡me parto! Eres genial y directa. Punto a favor y cuidadín con el dedico.
    Un abrazo.

  6. operamiguel dijo:

    Pues yo diría que el corazón está bien. ¿Quizás el anular? Pero yo no soy radiólogo.

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