Aquel niño me esperaba siempre en la puerta del cine de verano. Por entonces yo creía ejercer algún tipo de poder hipnótico sobre él, y algo había, pero no me daba cuenta de que era un viceversa, porque si algún día no estaba, mi estómago daba saltos de inquietud, como si hubiera perdido algo importante.
Como hago ahora, me sentaba en la primera fila. Me gustaba ver las películas como si las hubieran hecho para mí, y estar rodeada de gente no me ayudaba a aislarme del mundo real. Invariablemente, él se sentaba unas filas más atrás, yo miraba disimuladamente para comprobar que estaba allí, como un perrillo que no se aparta del amo, y me dedicaba a ver la película con una sonrisa tonta que mis amigos no entendían.
A veces, se sentaba justo detrás de mí y me tiraba del pelo, despacito, casi ni se notaba. O me soplaba en la nuca cuando llevaba coletas. Una o dos, le gustaba hacerme rabiar. Porque yo no me movía, pero sabía que él sabía. Y él sabía que yo sabía. Y sabiendo tanto dos personas una de la otra, es curioso como apenas ni tienen que compartir el aire.
Cuando decidí irme a vivir a otro sitio, me las ingenié para que la noticia le llegara sin tener que decírselo yo. Pero él seguía haciendo lo mismo. Como si no lo supiera, me esperaba en la puerta del cine de verano, y sin decir ni media palabra, entraba un poco detrás de mí y se sentaba lo más cerca posible.
Un día, por fin, se acercó a hablarme.
- Me he comprado una caña de pescar.
- ¿Y por qué me lo cuentas a mí?
- Para que sepas que estoy aprendiendo a esperar.
Ahora, cuando voy de paseo al río, me quedo mirando a los pescadores, intentando averiguar los motivos que llevaron a cada uno de ellos a comprarse una caña y pasar allí la mañana del domingo.
Hay uno que, por un instante, deja de mirar el agua y me sonríe.




