Por fin fui a verla el otro día, en francés y subtitulada. Cuántos lugares comunes, menos la nieve en el recreo, menos mal.
No sé bien qué esperaba después de tan buenas críticas, así que salí del cine decepcionada. Y llorando a moco tendido. Pero después me han ido viniendo a la cabeza un montón de cosas que tienen que ver con la película y con cosas que he visto, vivido, o cosas que creo, o intuyo que son.
Leo todavía por ahí a gente que dice que en la escuela se instruye, que educar, educan los padres. Y las madres, digo yo. Es gente que delega en la escuela en forma de transversales, planes y programas varios, un montón de cosas que se necesitan para paliar la desatención generalizada que tienen niños y niñas en sus hogares o casas de familia “normal”. La lista es larga y la noche corta, así que no lo escribiré todo aquí, es fácil de “adivinar”. Como ejemplo: “Por favor, que se coma el desayuno, que yo no he podido conseguirlo”. O ponerles uniforme porque la niña, con 4 años, ya es una déspota y fashion victim, y las discusiones para vestirla son insoportables. Resumiendo, los padres, la sociedad, no puede con ellos pero sí tiene que poder la escuela, ese sitio infesto de funcionarios que no dan palo al agua ni saben hacer la o con un canuto, salvo cuando adoctrinan. Lo que no sabemos es si solo se adoctrina en una dirección o en ambas. En la clase de Biología o en la de Religión. En ese engendro del diablo que es la Ciudadanía o hablando de Aristóteles.
Y me acuerdo de Lazhar, y me pongo a imaginar con los ojos cerrados. Como si meditara, me veo a mí misma entrando en mi clase seria, derecha, con buen porte, arreglada, elegante pero sobria. Y bien peinada, algo con lo que tengo serias dificultades. Hablando sosegadamente, pido a mi alumnado formalidad y empiezo mi clase sin ningún asomo de emoción. Ni buena ni mala. Por supuesto, elimino malos hábitos como sentarme en la mesa o subirme a la ídem para llamar la atención (es infalible, escuchan como si no te hubieran visto nunca). De esta forma, a ninguno se le ocurrirá venir a contarme su vida, pedirme ideas, consejos, opiniones y muchísimo menos, se atreverán a darme esos besos y abrazos tan impropios en un lugar dedicado a eso tan importante que es la instrucción. Tampoco, de ninguna manera, se me ocurrirá decir que tengo un mal día, o sonreír sin ton ni son.
Al poco rato de sentarme como es debido, una niña llora, pero yo no debo saber qué le pasa, no es asunto mío. Le pido a una compañera que la acompañe al aseo, hasta que se le pase. Y sigo con mi clase. Vienen dos niños del patio. Uno de ellos trae el dedo anular en forma de L lateral imposible de comprender, ¿cómo se puede doblar un dedo de esa forma sin que se caiga un trozo al suelo? Pues yo lo he visto. Lo que no tuve fue talante ni serenidad para hacerle una foto y subirla al Instagram para que todo Twitter dijera: ¡Oh! ¡Ah! ¡Dios mío!. A lo más que llegué fue a coger al niño en brazos y salir corriendo al centro de salud cercano intentando evitar las lágrimas y no asustar al chiquillo más de lo que ya estaba. Fui incapaz de mantenerme en mi sitio y esperar impasible a que vinieran sus padres a recogerlo. Si nos llegan a atropellar en la calle, ahora estaría en prisión con Urdangarín. ¡Ah no, que él no va a la cárcel de mujeres!. A fin de cuentas, salí a la calle con aquel niño sin que sus padres me hubieran firmado un permiso especial. Y tampoco debí decirle nada ni ayudar al que rompió aquel dedo sin querer, y que andaba perdido entre la culpa y el resentimiento contra la gente que lo acusaba.
Si yo fuera una buena profesional seguiría a pies juntillas la última moda pedagógica, el último currículum visible (el invisible haría como que no existe) y seguiría al pie de la letra los dictados de la penúltima Ley General de Educación, se llame como se llame y sea del año que sea, pensada e ideada por seres humanos absolutamente imparciales y honestos, y lo haría mientras espero que me manden, antes de acabar de leer ésta, el borrador de la siguiente. Si fuera una buena profesional, no me fijaría tanto en cada uno de los 26, no pensaría si a éste, que no entiende así, podría venirle mejor asá. O si aquella parece que tiene algo dentro que le duele y no la deja pensar. ¿A mí qué me importa?. El que pueda que aprenda y el que no, a pecépí, que diría un ministro. Necesitamos mano de obra y nos sobran cerebros, por eso los mandamos a Alemania. Como no me emociono para bien, tampoco me emociono para mal, así que nunca me enfado con ninguno, ni ellos conmigo. Somos personas razonables y controladas, como debe ser.
Habría temas, si yo fuera una buena maestra, perdón, una buena profesional como la Reina Sofía de España, que no solo no tocaría, sino que ni los pensaría. Da igual que mi aula sea un polvorín de hormonas a punto de reventar, las mías incluidas. No importa si hay un niño que perdió en verano a su padre. O un niño a su madre. El sexo y la muerte no existen. Son cosas que les pasan a otros. Presumimos de evitar a los niños momentos “desagradables” con respecto a estos temas cuando, en realidad, los únicos que tenemos miedo a hablar o sentir somos nosotros, los sabios y todopoderosos adultos. Hablar de sexo con niños es un riesgo porque puedes descubrir carencias que no sabías que tenías. O te pueden denunciar. Hablar de la muerte con niños es caer en la cuenta de que tú, también, tendrás que irte algún día. Y qué coño, ¿quién quiere mirar y ver tanta cosa que pueda doler? Es mucho mejor cantar las tablas de multiplicar que, a modo de mantra, te sacarán de la realidad por un ratito. Mejor si es en una PDI, porque motiva más y una se siente innovadora.
Una vez me contó una niña de 5 años que la noche anterior vino la policía a su casa porque su padre había tirado todos los muebles de la cocina de un golpe. “Para no matarte a ti, le dijo a mi madre”, me dijo la niña. Cuando empezó a llorar entrecortadamente, como si le faltara el aire, no debí abrazarla de aquella manera, quizá ayudé con mi actitud débil a que se convirtiera en una psicópata irresponsable. ¿Qué sientes?, le pregunté. Miedo, dijo ella. Y lloramos juntas un ratito. Nunca más quiso hablar de aquello ni yo la forcé. Ahora la veo en la calle, se acerca a mí y me abraza muy fuerte, como si me fuera a escapar. “Estoy muy bien, Lola”, me dice sin que yo le pregunte. Y nos sonreímos.
Francamente, creo que para mí sería muy cómodo no implicarme en nada de lo que me implico. Es solo que, para eso, tendría que cambiarme la sangre del cuerpo, toda, y que me pusieran la de… sí, ese mismo valdría… esa sangre que servirá para convertir las aulas en jaulas, en lugares grises llenos de gente gris, donde los sentimientos se fiscalizan y el contacto físico que consuela y sana, se considera pecado. Jesucristo no sanaba con libros de texto, medicinas, órdenes o decretos. Él tocaba, miraba y escuchaba a la gente. Digo, por si la coherencia del predicado-r.
De la película, que me removió todo esto, saco dos conclusiones principales:
1. Cualquiera puede ser maestro o maestra muy profesional. Los contenidos se pueden dar solos a sí mismos, con un buen libro de texto analógico o en pdf también llamado digital, o buscarlos en la Khan Academy. Lo otro, o se tiene, o no se tiene, como la vergüenza y la dignidad. Estas cosas, a lo sumo, se pueden cultivar, y al tiempo que crece la maestra, crecen niños y niñas con ella. O con el maestro. Pero el título, a día de hoy, solo sirve para que te paguen.
y 2. A la Vida no se le pueden poner puertas. Tal vez momentáneamente sí. Pero algún día, lo vea yo o no, la ausencia de vida, de amor y de compasión, provocarán un cataclismo tal que sus propios hijos acabarán bailando sobre sus tumbas. Lástima que a algunos eso ya nos pillará tarde. En lo que pueda, y en silencio, sembraré todos los vientos que pueda para que se los lleven (a los malos) las tempestades. Repetiré en cada foto: ¡Bachir!

Imagen de la web oficial http://monsieurlazhar.com/
(Entre paréntesis y para que no lo lea nadie, diré que un tema muy espinoso y que nadie toca nunca es el de la salud mental y espiritual de la docencia. Tan importante o más que otros, ni se nos ocurre querer verlo, pero es un campo de estudio muy interesante. Y no, no hablo del estrés causado por tan dura profesión. De la misma manera que niños y niñas no vienen a la escuela en blanco, tampoco maestros y maestras llegamos virginales y sin historia personal, o incapaces de escupir en los demás, inocentes, nuestras frustraciones. Y eso, ya te lo digo yo, no es un asunto baladí. Au contraire… )
(Otro paréntesis secreto es para contar que yo nunca he tenido un problema con las familias de mi alumnado en todos los años que llevo trabajando de funcionaria abusona. Es decir, algunas diferencias de criterio sí, pero siempre se han resuelto suavemente, afectuosamente, respetuosamente, terminando muchísimas veces en una bonita amistad que permanece en el tiempo y que probablemente sucedió, o eso creo yo, por mi absoluta falta de profesionalidad. Intentaré no corregirme en lo venidero. Siendo que me conviene para vivir más cómoda, no me creo capaz de perderme tanta hermosura como me perdería).






Pienso que es una gran suerte tenerte Lola, a ti y a todas aquellas personas que son como tú. Es un post precioso…
No te dije nada aquí, precioso tú ;P
Que no cambies es algo que no necesitas que te digan, pues ya lo sabes. Lo que podrías hacer es enseñarnos a los demás cómo se hace. Te hecho de menos como compañera.
Yo también te quiero, Mario. Y como es de justicia, hay que informar a la gente de que otros compañeros me echan de más ;P
)
A mí también me gustaba muuuucho trabajar contigo, que lo sepas.
Y de lo que he escrito, creo que cualquiera de nosotros tendría para sumar cosas muy similares, vivencias iguales o parecidas, y hay que ponerse a salvo del oscurantismo. Lo que más siento es que tengo que volver a la manipulación… pero eso lo explicaré más pallá
Jo… Lola, ¡Que bien escribes! Y cómo me siento de reflejada en lo que dices… Yo tampoco quiero ser “profesional”, así no.
Ya lo he dicho antes, cualquiera de nosotras, de nosotros, podríamos contar lo mismo o parecido. Una escuela llena de niños y niñas nunca podrá ser un lugar libre de vitalidad y supervivencia, venga quien venga, nos hagan lo que nos hagan.
Hacía mucho tiempo que no lloraba …. la Vida no se puede “meter” en ninguna Ley ….
Hay una frase que suelo repetir: “Como dice Lola, a quien no le gusta el chiquillerio que se vaya a trabajar a la Nasa” ¡me encanta!
¡Gracias!
;´)
Como siempre, ya te lo dicen todo. Yo simplemente animarte a seguir escribiendo para yo disfrutar leyéndote. Un abrazo desde Albacete.
Que me da mucho apuro…
Jo Lola ¡Qué bonito! ¿Dónde dejé mis posibilidades de escribir como tú? ¡Qué privilegio haberte conocido! (Aunque fuera en San Juan Barrio Alto).
El lugar importa, pero menos. Seguimos estando cerca y lo que escribo lo podría contar cualquiera, ¿te haces un blog?
)
Da igual que seas maestra, tiene que ver con tu forma de ser. Si fueras médico, banquera, antropóloga… serías igual: vital y cariñosa. Es lo que tú dices: se tiene o no se tiene.
Me alegro mucho de ser una a las de le ha tocado la lotería, porque el que mi hijo sea tu alumno es una garantía para mí de que se está formando como persona.
Eah, ya me has hecho llorar, qué bruja.
No podría hacer nada sin madres como tú, y lo sabes. Este trabajo que nos ha tocado, mal mirado el mundo docente, mal mirado el mundo femenino, hasta por las presuntamente iguales, tiene un lado oscuro que me niego a que me ahogue, pero lo tiene. Eso sí, nos tenemos a nosotras, y sobre todo, están ellos, ese Juan que cada vez que abre la boca pienso: Joder, qué buen trabajo está haciendo “la Mela”
Vamos a ir pensando ya en quedar…
Yes, yes. Estoy en idas y venidas, veranito ajetreado que me viene muy bien, hoy aquí mañana aquí. Me asentaré en breve y te avisaré, una cervecita en Triana estaría divina. Day or night, whatever baby.
Corrección de error: … a las QUE le ha tocado la lotería… (la manía de no revisar, :S)
Casi nunca te pongo comentarios, ,,,¡es tan complicao expresar con palabras los sentimientos¡,, por eso aprovecho los ratitos que nos vemos y lo primero que hago es darte un fuerte achuchòn. Te aprecio mucho y te quiero Lola, lástima no poder estar el otro día en la playa.
¡Besos¡
Wapo!
Hermoso Lola, muy hermoso. Sólo quiero ser capza de regalar tanta vida como tu. Que tus alforjas estén siempre llenas!
Y, gracias otra vez, por escribirlo
Y lo que tú me has ayudado a llegar hasta aquí… qué?
Me has emocionado #sobruja. Ojalá te hubiera tenido al lado cuando me diagnosticaron la 2ª hernia cervical después de ya estar de una operada de otra, con a sentencia de no poder volver a trabajar con mis niños y niñas de Infantil. Cuando volví a despedirme lloraba desconsoladamente, se terminaba sentarme en el suelo con ell@s, jugar agachándome y adoptando posiciones imposibles para disfrutar. Nadie del claustro me entendía, repetían una y otra vez: ¡Qué suerte, te vas a Primaria! Sé que tú me habrías abrazado. ¡Bachir! Lola ¡Bachir!
Estoy de acuerdo, cada día me siento y soy más bruja. Lo que no sé es si eso será bueno o no ;P
Y sí, ese empeño de salvar vidas ajenas, las de quien sea, sin dejar que la gente sienta su dolor hasta que pasa, es una forma más de evadirse de la propia mugre. Cosas de la vida, de esas que nadie quiere ver, pero son como las meigas, que haberlas, haylas.
Al leer tu post he recordado un poema de Mario Benedetti, “Soy un caso perdido”. Te dejo el enlace por si no lo coneces. http://www.xtec.cat/centres/a8018376/mario_benedetti.htm#Soy_un_caso_perdido.
Un placer leer lo que escribes.
Muchas gracias, necesitaba leer algo así
)