Katmandú, un espejo en el cielo.

(Una vez más, un doblaje pésimo)

recorte de la web de la película

Para mí, la película tiene dos mensajes clave: la identidad personal de las mujeres y la educación de calidad, que reclama la maestra, también para los pobres.

No pude evitar pensar en PISA, Finlandia, la Escuela Pública, los uniformes desgravados, la connotación de esos uniformes (el femenino, claro) en las películas porno, las PDI, los técnicos que las arreglan (o no), el 3D en un concertado de monjas, una familia que te cuida y te quiere, que te acompaña al colegio, que te besa, y otra familia con la que te da miedo vivir, una madre que te pega… Y me meo de risa en PISA, la misma prueba para animalitos distintos, circunstancias distintas, dineros distintos y hasta amores distintos. Decía la maestra: ¿Qué pasa, que porque no tienen dinero hay que darles menos de lo que merecen? (traducción personalizada)

recorte de la web de la película

¿Lo mejor de la película? Cuando la maestra consigue que Badima diga su nombre. Lo que se emociona cuando se da cuenta de que le ha devuelto a esa niña su identidad. La excelencia en esta escuela se llama resiliencia. Caer en la cuenta de que eres una persona por derecho propio, que tu nombre no es menos que el de tu hermano, es un momento tan glorioso como doloroso. Hay personas que, mientras otras prosperan, tienen que dedicar su vida, única y exclusivamente, a caer en la cuenta de que tienen derecho a existir, y a hacerlo de la mejor manera posible. O a recuperarse de la brutalidad de quienes la obligaron a prostituirse; odiarse a sí misma es otra lección bien aprendida por muchas mujeres. De alguna forma, los malos consiguen que la víctima se sienta culpable por haber sido violada.

recorte de la web de la película

Y mientras iba viendo en la película lo que ocurría, me preguntaba por qué unas mujeres son capaces de vivir, mientras otras prefieren morir antes que cambiar las cosas, sus vidas, la vida.

La película muestra crudamente las dificultades que sufren las mujeres para elegir la vida que quieren. Si tienen un gran objetivo, han de renunciar al amor. Si tienen una hija, mueren o las matan. Tan arraigado el deber familiar, tan bien enseñado el miedo, tan asustadas viven, que no quieren perder a quienes las maltratan, por no quedarse sin nada. Viendo la película siento otra vez que el dolor de cada mujer es mi dolor, aunque a veces no haya sido buena con alguna de ellas.

Trabajamos con la película en Cero en conducta

Katmandú es una película sobre mujeres y Educación. Dos caras del mundo continuamente abofeteadas. La educación es la manera, y las manos de las mujeres son las necesarias para cambiar las cosas, porque la educación está en manos de las mujeres, y porque las mujeres necesitan más que nadie acabar con la mala educación.

Si las mujeres del mundo supieran lo que se siente cuando no necesitas que te salven la vida…

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14 de febrero

Los niños y las niñas son los mejores maestros del mundo, especialmente cuando se trata de pisotear tiernamente la estupidez de los mayores. Por ejemplo, arruinando al cortinglés #eldíadesanvalentín, como el hijo de un buenísimo amigo. El niño se llama I. y lo voy a contar tal como fue.

En el colegio donde trabajo, hay una urna donde quien quiera, futuros y futuras codependientes si no tenemos cuidaíto,  deja su mensaje de “amor” a quien quiera el 14 de febrero, y el 15 se reparten los papelitos a los agraciados (agraciados dobles, porque les toca premio y porque son los y las más guapos, hay cosas que de momento no cambian ni mejoran). A fuer de sincera, odio la urna y la actividad. Observo el proceso y los resultados y no me gustan ni los unos, ni los otros.

I. estaba, como cada mañana, esperando en su fila antes de entrar. Y, como siempre, me saludó muy cariñoso. Esa mañana de 14 de febrero, una niña le acababa de dar un corazón que se abre, lleno de más corazones, una dulzura tela de bien hecha, casi ni resultaba cursi. Me lo enseña y me dice: Es de mi novia. ¿Se lo vas a dar?, le pregunto. No, no, ella me lo acaba de dar. Mientras me cuenta, no deja de dar vueltas al corazón de papel, pensativo… Es muy bonito, le digo, ¿qué dice?. Me lo da, y mirándome muy serio, me ordena: Léelo.

La cartita decía: I., te doy mi corazón porque yo ya tengo el tuyo.  Me asombra tanta seguridad en sí misma. I. tiene 7 años y ella debe andar por ahí.
¿Y tú qué sientes?, le pregunto.
Pues… No sé.
Algo sentirás, ¿no?
Y me dice un poco “mosca”: ¿Es que no lo has leído? Está claro… ¿no?
Le digo que sí, que lo he leído, que está claro, no entiendo su inquietud, y le repito: Es que no me dices lo que sientes.
Subiendo un poco el tono, me contesta: Pues le tenía que comprar una cosa, pero según lo que pone ahí, lo que siento es que ya no tengo que comprarle nada… Me mira, espera, me sigue mirando, se me escapa una sonrisa y añade: ¿No es así? Claro que es así, pero sobre todo, es lo que tú quieras.
Eso es, añade. Y se vuelve a quedar pensativo. Me dieron ganas de achucharle, reírme y esas cosas que a los adultos nos salen tan bien, pero me dio tiempo a frenar y le dejé en paz sintiendo sus cosas y tomando la gran decisión.

Su lógica era aplastante, si la nena tenía su corazón y además le regalaba el propio, ya no había que pensar en nada más, el mejor regalo, el más barato (en euros) y el más lógico, había llegado solo. Estaba claro, era lógico, y aún así…

Ya en el mundo adulto, venía yo escuchando en la radio del coche una canción de Sabina que dice mucho, como casi siempre. Salvando que algún verso no lo comparto, como que no creo que besar cicatrices sea algo de lo que nadie debiera privarse, la libertad no es ausencia de compromiso, entrega o brutal intimidad (que es lo que son las cicatrices besadas), sino todo lo contrario…

Decía yo, que me encanta esta canción y lo que, más o menos, viene a decir. Por supuesto, incluye #eldíadesanvalentín como non grato, y no le falta razón.

En cualquier caso, cada quien que haga lo que quiera con sus quereres. Personalmente, dos manzanas a la semana sin ganas de comer, no es lo mío… Donde se ponga un buen atracón…

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Los Descendientes. Cine y Educación.

He visto Los Descendientes en inglés y en español. Y he visto Katmandú, un espejo en el cielo, doblada… y es lo único que no me ha gustado de la película, el doblaje, así que tengo que volver y verla en versión original, si es que la hay, porque de momento no la encuentro.

Imagen de la web oficial de la película

Imagen de la web oficial de la película

En las dos películas, y desde mi punto de vista, la estrella es la Educación. La buena y la mala, pero Educación. Y se ven muchas cosas. El cine, como la literatura, puede hacer visibles muchos asuntos que nos empeñamos en que sigan siendo invisibles. Aún así, en digital y hasta poniéndonos altavoces debajo de los asientos, el del cine, y el de la vida, hay gente que sigue sin enterarse, porque no quiere. Y es que si nos enteramos de todo, resulta que hay que cambiar muchas cosas, y eso es trabajo de verdad, y da miedo.

Hay muchas cosas en Los Descendientes que me llaman la atención, y todas tienen que ver con lo que aprendemos, y con lo que elegimos ser a partir de eso que aprendemos. Y también, faltaría más, con lo que no nos dejan aprender, con lo que no nos dejan ser. Esta parte oscura de la (mala) educación suele ser muy sutil, suele estar consensuada por medio mundo y consentida por el otro medio, y nos parte el alma.

En Los Descendientes, una niña compara su trabajo con el de una famosa artista y no entiende que no la dejen hacer lo mismo. En ningún momento los adultos se sientan con ella a reflexionar sobre lo que dice, que es más que interesante. En la misma película, una adolescente ridiculiza las amenazas de su padre y, entre otras cosas, le espeta: ¿qué me vas a hacer? ¿llevarme a la silla de pensar? Y pienso en la inutilidad de los castigos y en cómo amenazamos continuamente con eso, a sabiendas de que no lo vamos a cumplir, con lo que sumamos el ridículo a lo inútil. El amigo adolescente lo tiene claro: soy así y es lo que hay. Siente lo que siente y no oculta quién es, y eso descoloca a los demás.

Imagen de la web oficial

En esta misma película, un hombre que creía tenerlo todo bajo control, que estaba en su micromundo masculino y egocéntrico (él no tenía la culpa, es que las cosas -dicen- son así), se da de cara con la realidad entera, de sopetón: hospitales, muerte, desamor, cuernos, hijas de las que nunca se ocupó y que ahora, lógicamente, no sabe qué hacer con ellas… el progenitor de repuesto, y un marido que siente, luego algo habrá de verdad, que su mujer acabó en el hospital solo para llamar su atención. No siendo matemática pura, tiene mucho de interesante… ¿qué hemos hecho a lo largo de nuestras vidas para llamar la atención de quienes amamos y no nos hacían caso? ¿Hacemos caso a la gente que queremos? ¿Les tratamos bien, con respeto, sin mentiras, estamos disponibles emocionalmente además de presentes físicamente? Magnífico e intenso tema de íntima y compartida reflexión.

No deja fuera la película los intereses económicos y la muerte de la Naturaleza, de la Madre Tierra. Las grandes familias unidas por la tierra, que se adoran… cuando todo va bien. Una película que nos recuerda que en todas partes cuecen habas. Los lugares paradisíacos, mucho ladrillo en Hawaii, no garantizan la felicidad eterna y la salud permanente de sus habitantes. Solo en los folletos de las agencias de viajes. También mola ver como en un colegio que cuesta una megapasta las hijas se pueden emborrachar de madrugada sin que nadie lo remedie. Me tienta extenderme, pero no lo haré… no quiero acabar llorando.

Un matrimonio, el del amante de ella, que vive en la mentira bajo la capa del amor. Una cosa que yo no entenderé jamás. Ella intuye, pero mira hacia otro lado, él miente como un bellaco, pero dice que la quiere, y que no quiere perder a su familia… y ella acaba dándose de boca con la cruda realidad, mientras él se humilla para no salir perdiendo. Finalmente, la naturaleza lo pone todo en su sitio. Se sepa, o no.

Probablemente a alguien pueda parecerle absurda la historia, a mí no. Todo lo que pasa en la película, absolutamente todo, lo he visto, vivido u oído alguna vez, aunque el paisaje no fuera el mismo, ni las camisas de los señores, afortunadamente, tampoco. La realidad no solo supera a la ficción, sino que es, a su vez, más ficción. ¿Eres lo que eres o eres lo que haces, tienes, dices y callas? No, no es una película absurda, ni una historia sin sentido…

Es una belleza llena de ternura, situaciones difíciles y gente que se pierde y se encuentra, a sí misma y con los demás, a cada paso. Eres tú y soy yo. Por eso lloramos en el cine aquella tarde helada…

De Katmandú hablamos luego…

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Borja Vilaseca

Después de leer alguna de sus entrevistas, visitar su web y verme como en un espejo que me hace sentir menos sola, y ver el tráiler de su libro “El SinSentido común”, voy a comprar cuarto y mitad de ejemplares de sus libros y regalárselos a mis hijos, especialmente “El Principito se pone la corbata”…  y ya veremos a quién más.

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El silencio como castigo

Un clásico. Lo usa(mos) los mayores contra los mayores y también contra la infancia indefensa. “Si no eres buena, no te hablo, te ignoro”, mensaje demoledor y silencioso. Algo que los niños y las niñas aprenden, también, a hacer muy pronto.

No recuerdo un castigo peor que ése. Porque cuando te gritan, al menos sabes qué palo está tocando el otro, o la otra, y con qué intensidad. Lo ves venir, podríamos decir. Si te pegan, puedes culpar de que te han pegado e incluso devolverla, como hice yo alguna vez y me costó irme al pasillo del Instituto, o a mi cuarto una semana. Los tirones de coletas eran humillantes, y aún así dolían menos.

Pero el silencio… ¿qué estará tramando?. Pensamos lo peor… ¿Se habrá olvidado de mí?, me preguntaba un niño, hace mil años, al que su maestro había castigado dentro de un armario de una escuela pequeñita de un pueblo en la Sierra de Cádiz. Con ese frío… “Seguramente viene ahora”, le mentí. El muy cerdo no solo le ignoró, sino que se le olvidó que le ignoraba. Y yo mentí una vez más a un niño.

A veces me pregunto si las técnicas de modificación de conducta como el tiempo fuera o el ignorar las conductas disruptivas será lo que hay que hacer, que si será lo mejor para ellos, o para mí. (El perro de Pavlov me caía gordo, por tonto). Y entonces vienen, como siempre, los recuerdos. De cuando era pequeña y también, a veces, de hace dos días, o dos horas.

Para mí hay pocos castigos más duros que éste. Tanto, que nunca lo he practicado hacia nadie. Eso sí, lo diferencio de cuando ya no hay nada más que decir, cuando algo se ha acabado o muerto, y no tiene sentido seguir dándole vueltas. Pero cuando tienes una relación, del tipo que sea, y la otra persona te niega la palabra, ignora tus preguntas, o dicho en roman paladino, pasa de ti absolutamente, pues a mí personalmente, me molesta muchísimo, a veces me duele y a veces, sencillamente, me dan ganas de sacarlelosójos. Imagino lo que sentirá un alma cándida, chiquita y limpia que no entiende de mala leche, todavía. O a lo mejor, como siempre, exagero. Pero, fundamentalmente, me siento manipulada. Casi puedo oír el murmullo de la maleza que se mueve con la respiración entrecortada de los barbazules que en el mundo han sido. Y me da un vuelco el estómago.

Afortunadamente, a mí ya no me daña como cuando era pequeña y menos pequeña. No me deja indiferente todavía (me queda un suspiro), pero la pregunta ha cambiado, si es que me hago alguna (esto va en función de lo importante que sea la relación para mí). La pregunta ya no es ¿qué está haciendo-sintiendo-pensando el otro acerca de mí? La pregunta es qué siento yo, cómo me siento yo, qué quiero yo,  y enseguida me doy cuenta de que nada de lo que hacen los demás tiene que ver conmigo, sino con ellos. Es su vida, no la mía. Alguien que elige no hablarme, ignorarme o borrarme de su vida, está ejerciendo un derecho legítimo, y no es asunto mío. O, sencillamente, no puede hacer otra cosa, no sabe, no quiere, no puede… Igual que cuando lo he hecho yo. Comprender esto elimina la sensación de castigo y alivia el alma y la perola, que es la causa de casi todos los males, esa cabeza que somos algunos. (Aprovecho esta cuña publicitaria del punto y aparte para reivindicar El Cuerpo y minimizar la mente).

Pero lo peor de todo, para mí, ha sido cuando me han castigado las personas que, presuntamente, más habrían de quererme, cuidarme y respetarme de este mundo. Las madres solían chillar, parecían histéricas, aunque solo estaban cansadas y viviendo al revés, pero los padres… y los novios… esos hombres tan serenos… Los hombres (de mi vida y aledaños, que no son pocos) solían castigarnos al silencio si éramos malas. Y éramos algunas muy malas, ya que ser mala significaba que no hacías lo que ellos querían, como ellos querían, cuando ellos querían. Y, desde el silencio, se manipula un alma asustada y se va minando la autoestima.

Hilando, hilando, volvemos al oscuro mundo de las mujeres muertas por amor, que yo llamaría más bien asesinadas por desamor. Una mujer a la que nadie animó de pequeña a ser ella misma, a la que nadie le dijo lo gordos que tenía los huevos y que con eso podría comerse el mundo (sí, se le podría dar la vuelta, pero el prestigio no sería el mismo, no sé si se me entiende), a la que nadie dijo que valía mucho por el solo hecho de haber nacido… a esas mujeres pisoteadas de alguna forma, sutil o no, desde muy chiquitas, cualquier gañán las puede asustar solo con el silencio y así, poquito a poco, irles comiendo la moral hasta que ya no son capaces de moverse y huir. Y si se mueven…

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Regalos fuera del calendario

Son, sin duda, los mejores. Los que no esperas. Los que te hace alguien que no te debe nada, a quien no debes nada… Llegar al colegio, mirar el paquete, preguntarte qué será, de quién será, por qué… (costumbre la del por qué que intento dejar, pero me cuesta).

El caso es que abro el paquete y es un libro. Pesa muchísimo. Desde unas fotografías preciosas, me miran unos ojos enormes, una sonrisa amplia, unas caritas tristes, otras dolidas, voy pasando las páginas y leo “Escribir es mejor que vivir” Y pienso que sí, que es más fácil sobre todo, que tal vez no se pueda escribir sin vivir, ni es vivir la vida que no se puede escribir de alguna manera, para concluir, finalmente con lo de siempre: “Lola, ¿y tú qué sabes?” Sigo pasando hojas, qué bonito es, ¿por qué se habrá molestado en enviarme a mí un libro así?… Qué pesada, tía… Es catalán. El libro. Y quien lo manda, puede que también… Moltes gràcies, un paso más hacia mi jubilación en Girona ;)

Leo la carta que lo acompaña y qué ilusión más grande, qué palabras tan bonitas, con mi letra favorita, además. Y recuerdo entonces que me dejó un comentario en el blog… Y sonrío. Nunca en la vida pensé que hacer terapia gratis en un blog me trajera tantas alegrías. Y ésta ha sido muy, muy importante. Ya se lo diré al interesado como es debido. Quede aquí constancia, solamente, de que Internet es, en sí misma, un maravilloso regalo. Otro más… Te llamaré… ;)

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Programación de aula: dame con el látigo que me gusta.

Comentario de texto, Ciudadanía, Coeducación… ¿Quien necesita libros de texto a poco que mire a su alrededor un poquito? La vida es el libro de texto y hay prisa, el poquito a poco con según qué cosas no sirve para que la gente viva mejor, sea más feliz y no duerma con el enemigo. La solución es fácil: amor del bueno y Educación.

Primero, escucho en la peluquería la canción que pongo abajo para escarnio público, y después @chelucana publica esta noticia en Twitter. Yo ya no sé para dónde mirar…

(Ahora me voy a pasear con gente buena, luego hago el comentario de texto, pero acepto aportaciones)

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